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Artículo correspondiente al número 240 (31 de octubre al 13 de noviembre de 2008)
La exhibición que se presenta actualmente en el Museo Andino logra tanto conectar en forma personal al público con los artistas como reconocer la inspiración y la motivación individual de cada uno de los cuatro escultores. Por María Luisa Vicuña; fotos, Verónica Ortiz.
A cuatro destacados artistas nacionales, Benjamín Lira, Pascale Lehmann, Keka Ruiz-Tagle y Ruth Krauskopf, se les pidió que trabajaran con un mismo material: la cerámica. Así fue como se formó la exposición que en estos días se despliega en el Museo Andino, “Reflejos de barro”. Esta muestra de esculturas es un testigo fiel de la libertad e individualidad con que cada creador manifiesta sus propias inspiración y motivación al momento de realizar una obra. A pesar de utilizar una misma materia prima, los resultados son asombrosamente diversos.
Esta exhibición cuenta con una particularidad especial, y es que se le pidió a cada artista que explicara con sus palabras el trabajo de su arte y por qué hacía lo que hacía. Este ejercicio logra acercar al autor de la obra con el público, porque aunque puedan no conocerse personalmente, se logra una íntima conexión al leer las palabras del escultor mientras se aprecia el resultado de cerámica.
El poeta Raúl Zurita escribió Sueños de la tierra, que presenta en forma general la exposición y el arte de trabajar con la cerámica. Estas palabras adquieren un sentido mayor al admirar el emplazamiento del museo, entre los viñedos de Santa Rita en Alto Jahuel.
La muestra –acogida a la Ley de Donaciones Culturales – contó con la curatoría de la Galería Artespacio y se mantendrá abierta hasta diciembre.
Aquí publicamos extractos, tanto de la presentación de Zurita como de la que cada uno de los artistas hizo junto a su obra.
Raúl Zurita
Sueños de la Tierra
El arte de los ceramistas representa siempre el punto de encuentro de dos emociones: la del artista que modela las piezas, y aquella de una historia inmemorial que lo sobrepasa y que no es otra que el deseo del mundo, de su materia, de que escuchemos el latido de su corazón mudo y sin palabras.
Fuimos forjados con ese barro, fuimos hechos a partir de él, habitamos el mundo porque la tierra modelándonos nos dio la oportunidad de la vida. La cerámica será siempre una imagen del diálogo de lo inmemorial de la muerte con la opción permanentemente renovada de la existencia.
Modelar entonces las piezas, darles sus colores, someterlas al fundido del horno, como lo hacen Ruth Krauskopf, Pascale Lehmann, Benjamín Lira y Keka Ruiz-Tagle, junto con mostrarnos un arte mayor, un arte no subordinado a ningún otro, viene a renovar el pacto inmemorial en el que lo humano selló su profundo gemelazgo con la tierra y el firmamento.
Volveremos a esa tierra, al barro original y profundo donde la vida y la muerte se renuevan y se abrazan.
Benjamín Lira
Desde el fondo de la cabeza
La metamorfosis y la alquimia de la pasta cerámica es una aventura. Levanto paredes que se transforman con rapidez en volúmenes germinales que recuerdan cabezas humanas, similares a las que habitan mis pinturas.
Voy apelando desde el interior, y los rasgos van despertando lentamente, desde adentro hacia fuera. Aparecen grietas, se manifiestan las cicatrices del proceso y voy adaptando los accidentes de la construcción, enriqueciendo las cabezas con incisiones, líneas e improntas.
Para instalar su forma divido la estructura en cuatro puntos cardinales. Como consecuencia del proceso, la nuca registra una formación abstracta, que representa el pasado. El rostro, al lado contrario, representa el futuro.
Casi todas las cabezas tienen el cráneo abierto. Me interesa esa apertura. Por la conexión formal con la tradición alfarera de la vasija contenedora. Como metáfora, la cabeza como contenedora de luz.