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Artículo correspondiente al número 258 (7 al 20 de agosto de 2009)
La crisis salmonera dejo en evidencia la falta de profundidad en las evaluaciones de todos los involucrados. Aunque existía experiencia similar en Noruega, Escocia y Canadá, el riesgo ISA no fue anticipado por el regulador, no lo capturo la banca en sus análisis ni tampoco los empresarios del sector. ¿Habremos aprendido la lección? Por Víctor Toledo.
El caso de los salmones en Chile despertó en el país casi tantos análisis como la propia crisis financiera de septiembre del 2008. Pero la particularidad de este episodio radica en que, a diferencia de otros cuestionamientos a grandes industrias, esta vez quedó en evidencia el efecto directo que tiene para la banca la pérdida de competitividad de un sector.
La industria de salmones, alguna vez emblemática y ejemplo de desarrollo económico, estandarte del slogan Chile Potencia Alimentaria, está hoy en el suelo. La que alcanzó a ser líder mundial de producción y con valorizaciones de billones de dólares, hoy vale poco, dejando a sus accionistas y trabajadores en una situación crítica y, de paso, arrastrando al gobierno, bancos y proveedores en una mediática encrucijada.
Al final, todos hemos perdido.
La intervención de gremios, parlamentarios, ministros, banqueros, asesores y comunidades terminó dando a los medios de comunicación los ingredientes necesarios para hacer de este caso un hito en la historia empresarial del país. La prensa ha reporteado con inusual dedicación los detalles de la negociación entre salmoneros y banqueros; la cual, por cierto, aún no finaliza en su totalidad a más de un año de haber empezado. ¿Es este interés casual?
Las instituciones financieras han estimado que faltarían años para recuperar los más de 1.600 millones de dólares prestados a las empresas salmonicultoras, y tuvieron que aumentar fuertemente las provisiones dado que la recuperación del sector se proyecta en un horizonte no menor a los cinco años.
El problema de la industria de los salmones no es muy difícil de advertir: un virus bastante conocido, pese a su reducido tamaño, y aparentemente importado, se ensañó con los cultivos chilenos. En definitiva, un problema medioambiental, en este caso fitosanitario, que nadie previó a pesar de que experiencias similares se habían ya vivido en Noruega, Escocia y Canadá, países donde la producción y la exportación del salmón son igualmente relevantes.
El uso de procesos productivos no sustentables evidentes es la constatación empírica de que faltó profundidad en las evaluaciones de todos los actores mencionados. No lo vieron los reguladores, no lo capturó la banca en sus análisis y tampoco los empresarios del sector.
Cuestión de principios
La banca internacional conoce desde hace años la amarga experiencia de financiar negocios que afectaron su entorno desde el punto de vista medioambiental y social. En respuesta a ellos fueron suscritos los llamados Principios del Ecuador (PPE), que básicamente son guías para evaluar proyectos bajo criterios socialmente aceptables.
¿Estaremos ahora frente a nuestro propio punto de quiebre? ¿Podrá la banca local aprender de esta experiencia? ¿Cuál será la respuesta de las instituciones locales?
Algo de avance hay. En 2008 el directorio de la Asociación de Bancos e Instituciones Financieras (ABIF) acordó promover, impulsar y apoyar la adhesión de la banca a los PPE, convirtiéndose en la primera agrupación de bancos de América latina en sumarse, como gremio, a esta normativa avalada por la Corporación Financiera Internacional World Bank y a la que, a nivel mundial, adhieren 68 instituciones.
El objetivo de la ABIF es generar un marco de autorregulación común para que la industria local la incorpore en la implementación de sus propias políticas, procedimientos, estándares sociales y ambientales relacionados con sus actividades de financiamiento de proyectos y otros. Un tema que, en definitiva, vino para quedarse y cambiará la forma de hacer negocios globalmente.
El origen de las finanzas verdes
El siglo XX enfrentó al hombre, por primera vez en su historia, con la idea de que el mundo que conoce está en riesgo de desaparecer, como consecuencia de su propio quehacer. Si antes fueron las guerras mundiales con el avance tecnológico o la Guerra Fría y la amenaza del holocausto nuclear, hoy la sociedad global se ve enfrentada al cambio climático y, por ende, al desafío de compatibilizar las necesidades de desarrollo económico con el sustento ambiental.
En la reunión de APEC realizada en Chile en 2005, el presidente de China, una de las principales potencias económicas a nivel mundial, basó enteramente su discurso en cómo ese país podía alcanzar estadios de desarrollo económicos más avanzados guardando un equilibrio que no hipotecara los recursos para las generaciones futuras.
Otro ejemplo: en la Cumbre Mundial de Cambio Climático efectuada en París en 2006, los expertos hablaron de la certeza del aumento de la temperatura en el planeta, con una probabilidad del 95% de que ese incremento fuera consecuencia del quehacer humano. Basados en esa idea, los países se habían reunido y generado alianzas y acuerdos, como la Declaración de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente en 1972, Río de Janeiro, Protocolo de Kyoto, Protocolo de Montreal, la Desertización, el Convenio de Rotterdam y el Tratado Antártico, por mencionar algunos.
Sin duda, lo valioso de cada uno de estos acuerdos es que instalan un marco referencial y de autorregulación para los países, pero sin lograr resolver el dilema para las naciones en vías de desarrollo. Es una realidad que la riqueza de los países desarrollados se alcanzó sin las restricciones que hoy en día impone la sustentabilidad y así es fácil, dicen algunos, implementar estas políticas una vez que ya se han resuelto los problemas de crecimiento, pobreza, generación energética, etc. Lo difícil, agregan, es hacer desarrollo sustentable en países que, como China, tienen todavía un largo camino por recorrer para alcanzar el desarrollo.