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Artículo correspondiente al número 204 (18 al 31 de may 2007)
Por supuesto, el Guggenheim de Bilbao está entre los prioritarios. Cuando el proyecto de este museo se puso en marcha –en octubre de 1997– la muestra de la colección inicial replicaba un estilo iniciado a fines de 1920 por Guggenheim y su asesora artística, la baronesa alemana Hilla Rebay, cuyo norte en el arte era sobre todo la abstracción moderna como respuesta y rechazo de la objetualidad.
Luego se adquirieron colecciones de artistas de la segunda mitad del siglo XX, entre los que estaban Kiefer, además de Motherwell, Rothko, de Kooning, Tapies, Chillida y muchos más.
Nombres todos frente a los cuales el arquitecto Frank Gehry no fue para nada indiferente. Al contrario: creó y diseñó galerías y espacios dentro del museo expresamente pensados para acoger la obra de los artistas de esas colecciones en un diálogo entre el arte, la institución artística y la arquitectura. Un diálogo tan bello como emblemático y en el cual esos espacios perdieron su tradicional condición de lugares presuntamente neutros. En otras palabras, justificaron con creces la propuesta y el sentido de esta inteligente y poco frecuente pero decisiva conversación abierta entre arquitectura y contenido artístico y museal.