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Reportajes y Entrevistas
Fiesta en Bilbao

Artículo correspondiente al número 204 (18 al 31 de may 2007)

Con su taller instalado en pleno bosque de la selva de Oden en Alemania, donde va y viene después de la caída del Muro, Anselm Kiefer está considerado hoy como uno de los más relevantes y coherentes artistas vivos de la segunda mitad del siglo XX. No en vano en los años 70 revalorizó a la pintura alemana con garra en el circuito internacional, pues sus grandes telas y acuarelas fueron expuestas en los mejores museos del mundo. Kiefer es de esos artistas con un estilo de trabajo muy propio y peculiar: puede guardar obras inacabadas hasta por doce años (“solo pinto lo que siento
intuitivamente”), toma cientos de fotos que suelen estar dispersas en el suelo de su taller y los materiales invaden casi todos los espacios, especialmente cuando se trata de remotos libros comprados en librerías de viejo e incorporados a su lenguaje pictórico. También le son características obras sobre soportes y de dimensiones gigantescas, que en su mayoría guarda para sí mismo y que, según él, solo después de los 65 años empezará a donar a los museos.

Por supuesto, el Guggenheim de Bilbao está entre los prioritarios. Cuando el proyecto de este museo se puso en marcha –en octubre de 1997– la muestra de la colección inicial replicaba un estilo iniciado a fines de 1920 por Guggenheim y su asesora artística, la baronesa alemana Hilla Rebay, cuyo norte en el arte era sobre todo la abstracción moderna como respuesta y rechazo de la objetualidad.
Luego se adquirieron colecciones de artistas de la segunda mitad del siglo XX, entre los que estaban Kiefer, además de Motherwell, Rothko, de Kooning, Tapies, Chillida y muchos más.

Nombres todos frente a los cuales el arquitecto Frank Gehry no fue para nada indiferente. Al contrario: creó y diseñó galerías y espacios dentro del museo expresamente pensados para acoger la obra de los artistas de esas colecciones en un diálogo entre el arte, la institución artística y la arquitectura. Un diálogo tan bello como emblemático y en el cual esos espacios perdieron su tradicional condición de lugares presuntamente neutros. En otras palabras, justificaron con creces la propuesta y el sentido de esta inteligente y poco frecuente pero decisiva conversación abierta entre arquitectura y contenido artístico y museal.



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