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Artículo correspondiente al número 229 (30 de mayo al 12 de junio de 2008)
El proceso de liberalización económica iniciado en los 90 ha posicionado a la India como uno de lo destinos preferidos de los inversionistas internacionales. La calidad intelectual de sus profesionales atrae multinacionales como miel a las abejas. Y aunque el rápido crecimiento ha dejado en evidencia importantes falencias en la infraestructura y educación básica, el boom se respira en las calles y en el ánimo de su pueblo. Entérese de una vez: si India no está en sus planes, corre el riesgo de quedarse en el andén. Por Guillermo Turner, desde la India.
El piloto de British Airways anuncia un retraso de al menos media hora en el aterrizaje a Mumbai, el nombre que recibe Bombay desde 1995. “Nada extraño para un aeropuerto de India”, añade con ironía uno de los sobrecargos.
Tras más de 30 horas de vuelo desde Santiago, se trata de una espera difícil de soportar, pero que se entiende: el aeropuerto internacional Chhatrapati Shivaji tiene el mayor movimiento de la India y del sudeste asiático, con casi 50 aerolíneas internacionales que transportan desde allí a más de 20 millones de pasajeros al año.
Cifras gigantescas a las cuales hay que acostumbrarse: en la India todo es grande y masivo, lo que termina por acentuar –como en el caso del aeropuerto– las deficiencias de infraestructura que arrastra un país que crece al 9% anual por los últimos cinco años.
Pero a pesar de ello, y de esa permanente mezcla de progreso con deudas propias del subdesarrollo, el país avanza, crece y funciona, al igual que sus aeropuertos. Curiosamente, no ocurre lo mismo en el counter de British en Mumbai donde, al llegar, decenas de pasajeros se agolpan para reclamar sus maletas perdidas en el ya impopular Terminal 5 de Heathrow.
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| Una de las primeras carreteras concesionadas | Agra | Artesanos de Agra |
Increíble, pero funciona
Un par de días después, a la espera de abordar un vuelo interno desde Pune a Chennai (ex Madrás), llegaríamos a la misma conclusión: todo parece muy desordenado, pero funciona. Es como el tráfico –otra gran característica que salta a la vista cuando se visita India por primera vez–, con cientos de vehículos, grandes y pequeños (como los tradicionales rickshaw, el popular sistema de transporte público en base a motos Piaggio), que inventan pistas de circulación donde no existen, cruzan las intersecciones sin importar quien tenga preferencia y –ante todo– dominan a la perfección el “arte” del bocinazo permanente. Cualquiera se alteraría, pero no los indios. Transitan lento, soportan los tacos, sin choques ni arrebatos de los conductores.
El aeropuerto de Pune es muy pequeño, pero allí operan casi todas las numerosas aerolíneas internas indias: Jet Airways, Kingfi sher, Air India, IndiGo, Space Jet, etc. No hay tantas puertas ni espacio para satisfacer tamaña oferta, por lo que los pasajeros deben estar atentos a un pequeño cartel que avisa el abordaje de cada vuelo. Uno detrás del otro; el final de una fila se confunde con el inicio de la siguiente.
“He aprendido a no desesperarme en India, porque al final todo funciona”, señala Guillermo Wille, managing director del John Welch Technology Centre, el impresionante instituto de investigación que General Electric levantó en Bangalore. Wille lo dice con la experiencia que le otorgan sus casi ocho años en el país.
Ese particular funcionamiento, en todo caso, sólo puede permitírselo un país con más de 1.100 millones de habitantes, que constituyen un mercado interno capaz de cubrir buena parte de las ineficiencias que supone, por ejemplo, construir un polo de edificios tecnológicos al cual se accede por un camino de tierra.
Los indios, en todo caso, están muy conscientes de estos requerimientos. “La infraestructura es uno de nuestros desafíos y esperamos que en los próximos cuatro o cinco años tengamos avances drásticos”, dice el jefe de políticas de la Confederación Industrial India (CII), Marut Sen Gupta. Al igual que ocurre con todo lo que diga relación con su potencial de crecimiento futuro, los indios confían en que serán capaces de superar estos déficit (no sólo viales, sino también en materia de puertos, vivienda, servicios de salud, centros de educación y, particularmente, en materia energética).
Marut lo explica: “la razón por la que estamos optimistas es que hemos visto mejorar las cosas en un sector de la infraestructura como es telecomunicaciones. Probablemente éramos uno de los países más atrasados a comienzos de los 90 y ahora los servicios de telecomunicaciones son de los más baratos del mundo y están entre los más avanzados. Y eso ocurrió porque permitimos que las empresas privadas jueguen un papel relevante. Se liberalizó anticipadamente, aunque con regulaciones muy controladas. Hay una dura competencia en el sector, pero las inversiones son numerosas. Hay más nuevas conexiones móviles al año que la población total de Chile y tenemos el segundo mayor sector de telecomunicaciones del mundo. Si pudo ocurrir en telecomunicaciones, no hay razón por la que no se pueda hacer en otros sectores. Todo lo que el gobierno tiene que hacer es relajar las regulaciones y el dinero comenzará a fluir”.
Y lo cierto es que el gobierno indio está, desde los años 90, apostando decididamente a la liberalización económica y al dinamismo empresarial como fórmula para alcanzar el desarrollo; una meta que –por cierto– concita el entusiasmo de los indios.
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| La Puerta de India | El metro se anuncia para el 2010 | Las cheerleaders del cricket desatan la polémica |
Algo de historia
La inestabilidad política, reflejada con especial crudeza en el asesinato de Rajiv Gandhi, y el fuerte impacto de la crisis financiera, eran motivos suficientes como para dudar sobre el futuro que esperaba a la India de comienzos de los 90. Pero sus habitantes supieron transformar ese trance en una oportunidad.
A mediados de 1991, Narasimha Rao –designado líder del Partido del Congreso, el movimiento sobre el cual Gandhi y Nehru montaron la independencia y que se mantiene hasta hoy en el poder– asumió como primer ministro e inició un potente proceso de liberalización económica que implicó, ni más ni menos, abandonar años de planificación centralizada en un país que, por constitución, se definía como socialista.
El timón de la economía se entregó a Manmohan Singh, el mismo personaje que hoy ocupa la primera magistratura (aunque siempre con la presencia de Sonia Gandhi, la viuda de Rajiv y presidenta de la coalición gobernante). Poco a poco, Singh encabezó la estabilización económica (con recortes en el gasto público, revisión de los programas de inversión, devaluación de la rupia y alza en las tasas de interés), desmanteló el complejo mecanismo de cuotas, licencias y permisos que regulaba al sector productivo, simplificó y liberalizó el sistema financiero, abrió las fronteras a la inversión, reestructuró el aparato público e inició un tímido programa de privatizaciones. Pendientes queda ron, quizá hasta el día de hoy, reformas en materia de legislación laboral, sindical y previsional, por mencionar algunas, pero lo concreto es que India inició un proceso de desarrollo que la llevó a convertirse en la cuarta economía más importante del mundo en términos de paridad de poder de compra y a atraer las inversiones de las más importantes multinacionales.
Con ventajas tan reconocidas como su alto nivel de educación técnica, el dominio masivo del inglés, su numerosa población y las características propias de su cultura, no es extraño que este impulso llamara la atención de compañías del tamaño de General Electric, IBM y Microsoft, las que no dudaron en expandir sus operaciones al país asiático.
Wille, el director del centro tecnológico de GE en Bangalore, cuenta que Jack Welch –el conocido ex presidente de la firma estadounidense– visitó India en esos primeros años de liberalización produce económica. “Le impresionó ver un país subdesarrollado, pero con infraestructura intelectual muy desarrollada”. GE montó una pionera operación de outsourcing –como lo harían y lo hacen muchas otras compañías hasta hoy– que llegó a contar con 12 mil trabajadores. Pero la apuesta de Welch era mayor: encomendó a sus ejecutivos comprar todo el terreno que fuera posible y que levantaran un gran centro de desarrollo tecnológico, el mismo que hoy emplea a 3.800 ingenieros y científicos y que trabaja para todas las áreas de negocios de GE a nivel global.
Comenzar por el outsourcing era previsible: mucha mano de obra barata y bien preparada, incluso con el necesario dominio del inglés para satisfacer –por ejemplo– las necesidades de un call center internacional. Eso fue, precisamente, lo que reflejó en su momento La tierra es plana, el best seller empresarial que escribió
Thomas Friedman, y que describió cómo cientos de indios trabajaban a distancia en las declaraciones de impuestos de miles de estadounidenses.
Pero ni siquiera para los propios indios se trata de una fórmula de desarrollo sostenible. Con más de 600 mil aspirantes anuales a las carreras de ingeniería (lejos la más popular de las profesiones), limitarse a atender clientes a distancia no resulta atractivo ni menos eficiente, si el objetivo es aprovechar esa enorme capacidad intelectual. Por eso es que ahora el desarrollo indio tiene otro sello: el del desarrollo científico, tecnológico y productivo.
“El costo laboral no es nuestra solución principal para la competitividad, no queremos seguir siendo un país de salarios bajos. La fortaleza sobre la que queremos construir nuestro desarrollo es la competencia, conocimiento e innovación que nuestra gente puede aportar. Nuestra mayor fortaleza es la gente”, dice Marut.
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| Religión y tradición | El centro de GE en Bangalore sigue creciendo | Casa de Gandhi en Mumbai |
El ejemplo local
Las grandes empresas internacionales apostaron por India, como en el pasado lo habían hecho destacados empresarios del mismo país. Casos como el fundador de Reliance, Dhirubhai Ambani, o el creador de Wipro Technologies, Azim Premji, son dignos de estudio. Pero hay un hombre que modeló el particular concepto de desarrollo empresarial indio: Jamshedji Nusserwanji Tata, el fundador del grupo homónimo, que se inició con una pequeña firma comercial en 1868.
Describir la India sin hacer referencia a Tata Group es una tarea imposible. La empresa está presente en los más diversos rubros: desde hotelería hasta la producción de acero, pasando por los negocios del té, energía, software, inmobiliario y automotor, entre otros.
La compañía es pionera en muchos ámbitos de desarrollo. Por ejemplo, a través de la subsidiaria Computational Research Laboratories (CRL) maneja el cuarto computador más poderoso del mundo y el más rápido de Asia, diseñado y construido por sus propios ingenieros. Tata Motors, su filial automotriz que acaba de adquirir Jaguar y Land Rover, está próxima a lanzar al mercado el modelo Nano, un auto que promete costar 2.500 dólares.
Pero no sólo en la innovación radican las particularidades de Tata. La empresa mantiene la vocación educacional que le imprimiera su fundador, quien fomentó la creación de los primeros institutos de ingeniería de India, y –en especial– su propuesta de desarrollo productivo y social.
“Lo realmente único de la filosofía de negocios de Tata es que el fundador y sus sucesores han dicho que ganamos dinero de la gente (en su momento, gente de India, ahora gente de Chile o de Argentina o de otros países) porque ellos compran nuestros productos, trabajan para nosotros, proveen materiales, distribuyen nuestros productos. Por lo tanto, cuando logramos ganancias, tenemos que devolverles una parte. Así, más de un tercio de nuestras ganancias después de impuestos pertenecen a fundaciones de caridad. Tenemos utilidades de unos 3,5 a 4 mil millones de dólares, y unos 1.000 o 1.500 millones de dólares van a fundaciones de beneficencia”, explica R. Gopalakrishnan, director ejecutivo de Tata Sons.
Sin duda, una forma de mirar los negocios que se complementa muy bien con la idiosincrasia india: sencilla, espiritual y, por cierto, consciente de las deudas sociales que aún tiene este vertiginoso desarrollo económico.
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| Tacos en Mumbai | Monos en Chennai | Barrio financiero en Mumbai |
La deuda social
Papul Jayakar, biógrafa de Indira Gandhi, le preguntó en una ocasión a la ex gobernante cuál era el problema fundamental de India: “la pobreza”, respondió. “Si resuelve éste, ningún otro problema cuenta”.
Quienes han viajado en el pasado al país dicen que se aprecia una mejoría. En las calles de Mumbai aún duermen centenares de personas, pero la imagen es menos fuerte que a comienzos de los 90. En términos de cifras, durante la década pasada la pobreza se redujo a un poco más del 25% de la población, lo que se compara positivamente con sobre el 50% que registraba en los años 50. El crecimiento en el ingreso per cápita alcanza al 7% anual.

“Vemos una explosión de clase media. La gente con ingresos de menos de 150 dólares mensuales representaba casi el 80% de la población hace 10 años. Ahora son el 70% y serán el 50% en otros cinco a diez años. En términos de consumidor, es un mercado que cambia y crece. La gente de ingresos altos, con más de diez millones de rupias al año, aumenta 30% al año”, dice Sunil Jain, editor senior del periódico Business Standard, en Nueva Delhi.
Contrario a lo ocurrido en el pasado, cuando las zonas rurales se mantenían al margen del progreso, Jain agrega que “este crecimiento no se ha limitado a lasgrandes ciudades, como Delhi o Bombay. También hay nuevos ricos en ciudades pequeñas y áreas rurales”.
Crecen los ingresos y cambian los hábitos de consumo: “cada mes, ocho millones de indios compran un teléfono móvil. Para muchas empresas, India es más grande que sus mercados domésticos. Ayer leía un artículo en el India Times sobre Maruti. En los 80, el gobierno quería una automotriz en India, así que firmaron un acuerdo de partes iguales con Suzuki. Ahora, las ventas de Maruti en India son mayores que las de Suzuki en Japón”, explica el periodista.
Pero esa nueva riqueza, así como la dificultad de la gente de menores recursos para acceder a los productos y servicios que ofrece esta nueva India, puede ser origen de problemas. “No creo que tengamos una revolución en nuestras manos, pero sí considero que tenemos un problema creciente de distribución de la riqueza que se está creando. Eso puede conducir a una agitación severa. El segundo problema es que las diferencias religiosas con las que hemos vivido armónicamente por mucho tiempo están saliendo al frente por la explotación política que se hace de ellas. Y eso es peligroso. Los políticos pueden iniciar esto, pero no detenerlo”, sostiene el profesor M.S. Ananth, director del Indian Institute of Technology Madras, ubicado en Chennai.
Similar percepción tiene Sunil Jain: “no tendremos protestas como las que se han visto en China, porque los indios tienden a protestar menos; primero, porque los pobres no pueden permitirse perder un día de sueldo y, segundo, porque igual ellos han mejorado sus ingresos, aunque un ritmo más lento”. Pero menciona, como señal de descontento, el crecimiento que experimenta el naxalismo, un movimiento maoísta armado que, según datos no oficiales, ya tendría presencia en casi un cuarto del país.
“Buena parte del problema –añade Jain– se origina en el completo divorcio del sistema educacional con el crecimiento. Mucha de la gente que debería haberse beneficiado del crecimiento no lo ha hecho porque no está capacitada. Hay grandes proyectos de construcción que están contratando obreros chinos, porque en este país lleno de gente no hay trabajadores con las habilidades para hacer esas tareas”.
Al respecto, toma la palabra el ya citado jefe de políticas de la Confederación Industrial India, Marut Sen Gupta: “tenemos más de 1.100 millones de habitantes; somos la segunda nación más poblada del mundo tras China y es, en gran medida, una población pobre. También tenemos la población más joven del mundo si consideramos menores de 25 años y seguirá siendo joven por otros 35 años. Nuestra demografía es un desafío enorme y también una oportunidad enorme. Si podemos educar y capacitar a esta población joven, puede ser un gran recurso para nuestro país. Pero si no, estaremos sobre una catástrofe social, con millones de personas ineducadas y posiblemente embarcadas en actividades indeseables”.
Curioso que se hable de déficit educacional en un país que generalmente se considera un ejemplo en la materia, pero ocurren dos situaciones: primero, una menor calidad en la educación pública básica y, segundo, una creciente incapacidad de las universidades e institutos para satisfacer la alta demanda de profesionales de una industria en desarrollo. Tal como en el caso de la infraestructura, la enorme población india impide reconocer la profundidad del problema, porque –a pesar de estos inconvenientes– más de la mitad de los jóvenes consiguen terminar su educación secundaria, y eso equivale a millones de estudiantes.
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