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Artículo correspondiente al número 209 (27 de jul al 08 de ago 2007)
Siente angustia cuando piensa como persona en Michelle Bachelet, pero tiene claro que es oposición y que hay que hacer la pega. Parte de eso es mostrar que Ricardo Lagos no fue el presidente que “nos quiso hacer creer”. Ve a la UDI en un momento clave: institucionalizándose y generando liderazgos que sobresalgan. Piensa que su partido debe llevar candidato propio y siente que hay tiempo para alcanzar a Sebastián Piñera, a quien ella misma le está saliendo al camino.Por Cony Stipicic H.; fotos, Enrique Stindt.
Los escépticos que apostaban a que la unidad de la Alianza era apenas circunstancial han tenido en estos días argumentos de sobra para corroborar su tesis. La reacción mayoritaria de la UDI ante la sanción de la SVS contra Sebastián Piñera, por su compra de acciones de Lan, devolvió a la memoria viejas historias que claramente están más frescas que olvidadas. Y validó la decisión del gremialismo de llevar un candidato presidencial sí o sí en 2009, aunque sea su “socio” el que lleve la ventaja.
Luego de que Pablo Longueira se “bajara” de la carrera a la que él mismo se había lanzado, la UDI parecía tener un problema. Acostumbrada a llevar el pandero presidencial en la Alianza, tras años con candidato propio y fuerte, comenzó a evidenciar la ausencia de liderazgos capaces de instalarse competitivamente en la escena. El caso Piñera se presentó entonces como una oportunidad y dos nuevos nombres saltaron con fuerza: el del presidente de la colectividad, Hernán Larraín, y el de Evelyn Matthei.
La historia de la senadora está estrechamente cruzada con la de RN y también con el camino de confl ictos y desconfi anzas que parecen no desaparecer. Cuando se conoció el fallo contra Piñera, los micrófonos de la prensa buscaron su reacción en primer lugar. Y ella fue todo lo dura que se esperaba: esto le pasaba por no haber separado aún los negocios de la política. Pero ese es apenas uno de los cuestionamientos y apenas el capítulo más reciente de los muchos que permiten explicar el actual estado de cosas en la UDI.
Nada parece haber tenido más efectos en la historia de la UDI –y por consiguiente en la de la Alianza– que el caso Spiniak. Siguen convencidos, y Matthei lo está, de que se trató de un complot diseñado para destruir a Jovino Novoa, a la UDI y también la carrera presidencial de Joaquín Lavín. “El daño fue gravísimo, gravísimo... Fue de los tiempos más duros que nos ha tocado enfrentar. Primero, porque aun cuando Gema Bueno dijo que era todo mentira, a la larga algo queda. Segundo, porque durante más de un año, la UDI solamente se dedicó a ver cómo defendía la honra de Jovino. Y porque, además, afectó muy fuertemente las relaciones con RN. Muchos pensamos que la actitud de Sebastián Piñera fue muy poco feliz, por decirlo suavemente”, recuerda.
-¿Qué responsabilidad le atribuye específicamente a Piñera?
-Le dio cuerda a Pía Guzmán. Le dio el soporte político, dijo muchas veces que él le creía y ante la opinión pública dio sustento a acusaciones feroces.
-¿Deterioró todavía más la irrupción presidencial de Piñera la relación entre los dos partidos?
-No, no. Si RN quería llevar un candidato tenía derecho. No había por qué obligarlos a apoyar a Lavín. Además, había que ser muy ciego para creer que Piñera no iba a irrumpir. No porque unas pocas figuras de RN hubiesen dado garantías de apoyo a Lavín las cosas no iban a cambiar. Creer eso era una ingenuidad. Fue un hecho político, razonable y legítimo; no quebró confianzas. La lógica política no tiene por qué tomarse en términos personales. En relación al caso Spiniak, son cosas totalmente distintas.
-¿Toda la gente de la UDI hace esa distinción?
-Puede que algunos hayan quedado más heridos. Pero quienes nos dedicamos realmente a la política, lo comprendemos. Qué te pasó Pablo
-Sumemos un tercer episodio traumático para la UDI: el debate interno sobre el amiguismo y la necesidad de institucionalizarse. Públicamente lo lideró Francisco de la Maza, quien en un comienzo salió medio derrotado, pero a la larga sus planteamientos parecen haber primado.
-No, De la Maza no tenía la razón. Porque él no fue el primero en tocar el tema. El primero en plantearlo fue Jovino, que era el presidente. Y De la Maza usó un argumento que estaba siendo debatido dentro de la UDI para posicionarse en los medios. Me molesta que se atribuya todo esto a De la Maza, porque él lo único que hizo fue vocear, y de muy mala manera. Afortunadamente, su estilo fue derrotado. Y me alegro porque no es la forma de discutir las cosas.
-¿O sea, el conflicto no existía?
-No existía. Todo el mundo tenía claro que el modelo de conducción de la UDI, que era razonable cuando tenías pocos diputados y senadores, no resultaba aplicable si sumas más de 30 diputados, nueve senadores y decenas de alcaldes y concejales. No había ni una sola persona que disputara el punto.
-Pero producto del proceso de cambio de directiva, quedaron heridos en el camino, específicamente Juan Antonio Coloma.
-Sí, efectivamente, quedaron heridos. Pero es muy raro que cuando tú eliges a uno, el que queda fuera se declare feliz. Son heridas que duran algún tiempo y que tienen que ver con sentimientos personales. Pero son cosas normales y las heridas se han restañado. Hay un clima de realmente espectacular dentro del partido.
-¿Y Hernán Larraín está representando el cambio que debía venir?
-Hernán ha hecho dos trabajos espectaculares. Uno, adentro de la Alianza, con Carlos Larraín, que nadie discute. Y dentro del partido, hay un esfuerzo permanente suyo por estar con las distintas estructuras del partido. Ha viajado desde Arica a Punta Arenas tratando de hacer un trabajo de institucionalización. En función de las razones por las que fue electo, está cumpliendo en forma impecable.
-¿Por qué en este nuevo contexto Pablo Longueira depone su candidatura?
-Dentro de la mesa había dos posiciones. Una, nombrarlo ya como candidato, de la que él mismo participaba, tal vez porque sentía que tenía que ser validado para no aparecer como en una aventura voluntarista. Otros, creíamos que no tenía sentido nombrar un candidato oficial, ya fuera Pablo u otro, porque no tenemos una figura que destaque y porque faltaban –a comienzos de año– tres años para la elección. Cuando tú ves a la gente sufriendo por el Transantiago y la delincuencia, priorizar en la UDI el tema presidencial es como una bofetada al sentido común. Pero hay más: cuando tú eres candidato por tanto tiempo, te expones a todo tipo de ataques. Además, la gente no está pensando en este momento en una candidatura. El nombre de Pablo estaba demasiado lejano y, por lo tanto, nacía muerto. ¿Y qué hace la UDI si después tiene que bajar a Pablo? ¿A quién pone después de él, que es un símbolo? Entonces, yo por lo menos, sentía que había puros riesgos y desventajas y ninguna buena razón para nombrarlo candidato en ese momento.