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Artículo correspondiente al número 256 (10 al 23 de julio de 2009)
El negocio familiar, ese que don Antonio Martínez Ruiz fue montando desde mediados de los 70, consolida su profesionalización de la mano de una bien preparada apertura bursátil. Y mientras Enjoy se abre a mas accionistas, los Martínez se disponen a ordenar su patrimonio en una nueva estructura –M Holding– y su descendencia. Por Paula Vargas M.
Las cartas están echadas. La intención de los Martínez de abrir el negocio familiar al mercado e integrar a nuevos accionistas es una realidad. Ahora resta pensar en lo que viene, sobre lo cual –por cierto– ya tienen algo delineado. Es que si de negocios se trata, ahí sí que no dejan nada al azar. Por supuesto que hay planes de crecimiento en Chile y en el extranjero y, luego, también les queda una tarea pendiente que es algo más reservada. Tiene que ver con el reordenamiento de sus inversiones, con temas de sucesión y de las reglas que marcarán la cancha a las nuevas generaciones.
En medio del ajetreo del road show y la apertura bursátil, Javier Martínez se dio el tiempo de conversar con Capital. Cosa bien difícil de lograr en el torbellino de reuniones con inversionistas, asesores financieros y abogados.
Mientras esperábamos apareció brevemente el patriarca de la familia, don Antonio Martínez Ruiz; y es que a pesar de insistir en eso de que está “retirado de las pistas”, igualmente acude a diario a la oficina. Con todo, es Javier Martínez, el gerente general del Enjoy, quien finalmente viene a nuestro encuentro y lo primero que hace es ponernos al día respecto del proceso de apertura y de las inquietudes del mercado, con esa cercanía que de inmediato nos hace sentir como si lo conociéramos de toda la vida.
Confiesa que ha sido toda una experiencia. “La verdad es que yo nunca he estado muy ligado a estos temas, pero en general puedo decir que ha sido bien cómodo para mí y también muy significativo, porque llegar a un público que está acostumbrado al lenguaje del retail o del rubro eléctrico y presentar una industria nueva, profesional, con indicadores serios y con números atractivos, ha sido una buena sorpresa para buena parte de ellos, lo que nos deja muy satisfechos”, asegura.
Martínez se dio cuenta de que las palabras que Fernando Larraín le dijera en alguna oportunidad eran absolutamente ciertas. “El primer día que nos reunimos con él nos dijo que este es el tipo de compañías que quiere el mercado de capitales, una empresa que tiene más proyectos y más futuro que capital, de ahí su gran atractivo para los inversionistas”.
En el road show fue esa la sensación que les quedó. Se fijaron que existía un mercado financiero hambriento de oportunidades y no les quedó ninguna duda de que habían tomado la mejor decisión. “Por eso fuimos los primeros en tirarnos al agua”, destaca.
Tradicion de casinos
Pero llegar a esta instancia ha sido fruto de un largo recorrido, del cual el menor de los Martínez participó desde muy corta edad. Recuerda con gran detalle los comienzos de su padre en el negocio, cuando en el año 75, junto a un grupo de amigos, entre ellos Juan Cueto, se reunieron para tomar la concesión municipal del Casino de Viña del Mar. A esas alturas ni siquiera se le cruzaba por la cabeza que éste sería –décadas más tarde– la principal fuente de su fortuna. “Mi papá con sus amigos vieron el casino como una aventura, pero de a poco se fue metiendo en el tema y les fue comprando la participación a sus socios, hasta que en el año 83, después de la crisis, como familia decidimos dedicarnos de lleno a los casinos”. Ahí partió formalmente la tradición casinera de los Martínez.
Ese momento coincidió con el ingreso al negocio de su hermano, Antonio –Toño, como le dicen sus cercanos– y Pier Paolo Zaccarelli, su cuñado, ambos con apenas 23 ó 24 años de edad. Este hecho, confiesa Martínez, marcó un antes y un después en la firma. “Ahí se empieza a profesionalizar la empresa, se contrata a más personal, se mejoraron los sistemas y recuerdo que fue también en esa misma época cuando mi papá adquirió el primer computador para el recuento de la bóveda: ¡todo un avance!”, comenta soltando una carcajada.
Por ese tiempo, Javier Martínez sólo tenía 15 años, pero ya deambulaba por los rincones del lugar en esos días de elegancia que marcaron la época de oro del Casino de Viña... Aquel tiempo en que el traje y corbata eran imprescindibles a la hora de pisar sus dependencias. “Mi papá en ese tiempo ya visualizaba hacia dónde iba el negocio. En una época en que no había videos musicales ni recitales masivos, trajo los shows en vivo al Casino, introdujo los tragamonedas; en fin, el negocio pasó de ser un casino de garito a un lugar de glamour, donde llegaban artistas como Julio Iglesias, Roberto Carlos o Charles Aznavour”.
Nacidos y criados en ese mundo, para Javier y sus hermanos era normal convivir en esa escena y, aunque más de una vez fueron señalados por los prejuicios y pudores que algunos tienen contra el juego y la noche, para los Martínez éste nunca ha sido un tema. “Como familia sabemos muy bien lo que somos y lo que calzamos.Hemos trabajado como chinos para tener lo que tenemos: primero, haciendo carteras y luego en los casinos… lo que pasa es que quien nunca ha estado en este negocio carga con esa mitología gangsteril que pusieron de moda Hollywood y las películas de Las Vegas”, se defiende sin más.
Señala que, a diferencia de lo que piensa la gente, son bastante más “fomes y lateros”. Lo suyo es el gusto por el trabajo, por eso es que luego de salir de la universidad se sumó sin pensarlo al negocio familiar. “Para mí era algo natural, yo prácticamente vivía en el casino, iba siempre a la oficina de mi papá, sabía del negocio... entonces, estaba de cajón que tarde o temprano me iba a unir a la empresa”.
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| 1975. Adjudicación de la concesión del Casino Viña del Mar |
1975. Primeras máquinas tragamonedas | 1985. Incorporación de la mujer a la función de croupiér. |
Preparando el terreno
En los 90, mientras Javier Martínez se entrenaba en el negocio, comenzó la expansión de los casinos de la familia. Partieron en Coquimbo y luego se extendieron a Pucón. “Yo tenía 25 años cuando me hice cargo de la concesión de ese casino (Pucón), que no había funcionado muy bien, no por una mala gestión, sino porque el modelo del concesionario anterior no era el más adecuado”. Decidieron, entonces, incorporar a su operación un hotel que levantara el negocio y, quizá sin pensarlo, resultó el pie para el modelo integrado (casino y hotel) que hoy es el pilar de la industria que se está gestando en el país.
Mientras eso sucedía, Antonio Martínez (padre) decidió iniciar la sucesión. Sus dos hijos varones tomaron las riendas del negocio en un período de consolidación en la escena local y en pleno despegue internacional, cuando los españoles de Codere, a mediados de los 90, los invitaron a participar de un plan de expansión en Panamá, país donde los Martínez operaron cuatro casinos, a cargo de Antonio (hijo). Los hispanos, a su vez, tuvieron una participación en el negocio local, hasta que en 2005 la familia decidió separar aguas de sus socios para enfrentar una nueva etapa de expansión, marcada por la naciente Ley de Casinos.
“Cuando se tiene el 80% del mercado y se ve que la industria está frente a un inminente cambio, hay que repensar el modelo”. Lo que hicieron fue terminar la sociedad con los españoles, quedándose con los casinos en Chile y cediendo a sus socios la operación en Panamá. Claro que fue mucho más complejo que eso, pero el fondo del asunto era que con la nueva ley había que entrar a competir con peces grandes, muchos de ellos reconocidos conglomerados internacionales. Tenían que prepararse y concentrar fuerzas para dar la pelea. Y les fue bien, obteniendo las concesiones para la construcción de casinos en Antofagasta, Colchagua y, más tarde, en Chiloé.