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Artículo correspondiente al número 248 (20 de marzo al 2 de abril de 2009)
…Pero eso no implica que estemos frete a un Ollanta Humala más moderado ni menos convencido de su ideal nacionalista. Por el contrario, este candidato presidencial sigue de cerca la presencia empresarial chilena en Perú, la presentación de su país ante la Corte de la Haya y todo lo que tenga que ver con unas relaciones bilaterales que, a su juicio, están marcadas por la desconfianza mutua. Por Patricia Arancibia Clavel, desde Lima.
Nacido en junio de 1962, Ollanta Humala Tasso tiene 47 años y fue oficial del ejército del Perú hasta hace cuatro. Comandaba un grupo de artillería en el Fuerte Arica, ubicado en Locumba, al sur del país, cuando se levantó contra el gobierno de Fujimori. Dado de baja por medida disciplinaria, luego fue amnistiado y volvió al servicio activo, desempeñándose como agregado militar en Francia y en Corea del Sur. Al dejar definitivamente el ejército, se introdujo de lleno en la arena política, postuló a la presidencia de la República y, a punta de frases fuertes y muchas veces amenazantes, su fama traspasó fronteras y se transformó en un personaje de constante seguimiento para los intereses chilenos.
Recibe a Capital en la sede central del Partido Nacionalista Peruano, desde el cual encabeza una firme oposición al gobierno de Alan García. Es una casa de dos pisos ubicada al costado del Parque de los Olivos, un barrio residencial tranquilo y acogedor, parecido a lo que en Santiago fue Providencia hasta fines de los 70. Todo luce pulcro y ordenado, amoblado con sencillez. Son las diez de la mañana y hay bastante movimiento. El comandante, como le llaman quienes le rodean, conduce desde este, su cuartel de mando, la estrategia destinada a instalarle en la presidencia de la República. Para lograrlo, deberá superar el “todos contra Ollanta” que frustró sus aspiraciones el año 2006, cuando descolocó al establishment obteniendo el 47,37% de los votos. No contaba entonces con mayor visibilidad política ni aparato partidista que le sustentaran. Ahora, en cambio, su nombre es popular y la fuerza política que lidera tiene presencia en todo el territorio. Si tiene suerte en su nueva aventura presidencial, no sería aventurado afirmar que le correspondería decidir la actitud del Perú cuando la Corte Internacional de Justicia de La Haya resuelva la contienda con Chile sobre el límite marítimo.
Luego de las presentaciones de rigor, le pregunto cuánto tiempo puede dedicarle a esta entrevista y me contesta que sólo veinte minutos. Sin embargo, en el curso de la conversación no miró nunca el reloj y nos despedimos luego de un diálogo llano y abierto que se prolongó por más de una hora. Acogedor, franco y directo para expresar sus ideas, Ollanta es católico, tradicional en materias valóricas, aunque respetuoso de la libertad individual. No conoce Chile y si bien no está en sus planes venir a nuestro país, no descarta la posibilidad de hacerlo en algún momento.
-Se ha armado todo un mito en torno a tu figura, por eso quiero partir preguntándote, ¿quien es en verdad Ollanta Humala?
-Una persona, creo que normal, que viene de una raíz militar y que, por circunstancias del destino, arriba a la política.
-¿Cuáles fueron esas circunstancias?
-Era comandante de un grupo de artillería en la zona de frontera con Chile y, en medio de una situación excepcional, se produjo la ruptura del sistema político en el país, lo que derivó en una seria convulsión social. Entonces la sociedad presionó para que el ejército interviniera recomponiendo el orden constitucional. Mi posición fue un poco sui generis porque, a diferencia de lo que ha sido frecuente en Latinoamérica, mi motivación no era interrumpir un proceso democrático, sino defender el orden constitucional que estaba siendo violentado por Fujimori. En ningún momento aspiré a marchar sobre el palacio de gobierno, imponer una junta
militar y declararme presidente. Pude hacerlo, o al menos intentarlo, pero esa posibilidad no se me cruzó por la cabeza. Cumplí la tarea con la idea de retomar mi carrera militar una vez superada la crisis, pero las circunstancias no lo permitieron.
-Pero regresaste a las filas…
-Después de que Fujimori escapa y asume el nuevo presidente Valentín Paniagua, yo me presento a la justicia militar, reconozco la autoridad del nuevo presidente y me internan en un penal militar. El Congreso de la República dio luego una ley de amnistía y me reincorporó nuevamente al ejército. Pero allí tuve serios problemas con el cuerpo de generales. Primero, porque en aquella acción tuve que llevarme prisionero al comandante general del Fuerte Arica. Segundo, porque denuncié a los generales que habían firmado el acta de sujeción al régimen de Fujimori. Esa acta era en realidad un pacto conspirativo contra el sistema democrático... Como yo les resultaba incómodo, el mando prefirió sacarme del país y fui destinado a Francia y después a Corea del Sur. Entre paréntesis, allí tuve la suerte de conocer al general Cheyre. Tomamos desayuno juntos, pero yo sólo era el chaperón del comandante general nuestro. Bueno, de ahí me invitan al retiro y entonces entro a la actividad política.
Mirando Chile
-¿Es cierto o parte del mito que tú seas antichileno?
-No, no es cierto. En realidad se está confundiendo el antichilenismo con el ser bien peruano; son cosas distintas. Me tildan de antichileno, pero lo que yo hago es sostener hechos. Por ejemplo, es un hecho concreto que el 60% ó 70% de los capitales que actualmente administran el sistema portuario del Perú son chilenos. Como se trata de una actividad estratégica, nosotros, en bien del país, proponemos que haya una presencia más fuerte del Estado y que haya un equilibrio entre las inversiones extranjeras –incluyendo particularmente a la chilena, que es la más fuerte–, con las inversiones nacionales. Más aún en estos momentos, porque el Perú no tiene marina mercante.
-¿Quién hace el cabotaje?
-Principalmente, los particulares foráneos que se interesan en el negocio. No hay una política de Estado que propenda a fortalecer a la marina mercante ni a crear una marina de bandera nacional. Es más, si tú tienes un barco peruano y entras a echar combustible a un puerto, pagas el impuesto general a las ventas, un 17% del precio; mientras que si tienes un barco de bandera extranjera, no pagas. Es una política antinacional que debe ser corregida. Ya ves lo que pasa con Lan...
-¿Qué pasa con Lan?
-El propietario de Lan es un candidato a la presidencia en tu país y tiene prácticamente el monopolio del transporte aéreo en el Perú. ¿Yo qué he dicho? He dicho que nosotros, en un gobierno nacionalista, lo que vamos a hacer es promocionar la creación de una industria nacional en este rubro, sea de capital totalmente nacional privado, sea de capital nacional mixto, privado y público. Yo convocaría a los empresarios, al capital nacional, a crear esta empresa ¿Para qué? Para competir con Lan, y esto beneficiaría la rebaja en los precios de pasajes y ampliaría la cobertura del transporte aéreo comercial. O sea, romper el monopolio de una empresa, sea ella chilena, australiana o de donde fuere. Este predicamento no es antichileno, no hay una agresión a la inversión chilena. Definitivamente, respecto a Chile, lo que nosotros queremos es buscar un equilibrio entre el capital chileno afincado en Perú, que supera los 6.000 millones de dólares, y el capital peruano invertido enChile, que no pasa de los 500 millones de dólares. Eso es un desequilibrio evidente que hay que corregir. Pero son cosas concretas, no una actitud general. Yo no soy antichileno ni me opongo a la inversión extranjera. Lo que pretendo es fortalecer el Estado nacional en el Perú.
-Vivimos en un mundo globalizado e integrado, ¿no te suena algo arcaico y peligroso un discurso nacionalista?
-Primero tenemos que entender el significado del término. Estados Unidos es un país nacionalista y nadie lo critica por eso. ¿Por qué entonces tendría que ser malo el nacionalismo del Perú o de Chile? Lo que pasa es que el nacionalismo del primer mundo es distinto al de los países tercermundistas. El nacionalismo de los países ya formados, con un Estado nacional constituido, lo que busca es una hegemonía sobre los otros, mientras que los nacionalismos tercermundistas lo que buscan es terminar de construir el Estado nacional. Nosotros partimos de la idea de que el Estado nacional peruano no está terminado y por eso planteamos, en un proceso que llamamos “la gran transformación”, la refundación del Estado, la composición de la nación y la integración latinoamericana, porque Chile tiene muchos problemas comunes a los del Perú, como por ejemplo el de la pobreza...
-¿Entonces...?
-Tenemos que hablar de un proceso de integración latinoamericana que no colisione con el fortalecimiento de los Estados. Porque la globalización, a mi juicio, tiene hoy un perfil ideológico y busca la hegemonía política. Pero como realidad sustantiva este fenómeno siempre existió. Hace más de mil años el Perú ya estaba globalizado. La región latinoamericana estaba globalizada por los imperios inca, azteca y maya...
-¿Qué hace diferente a la globalización actual?
-Que el desarrollo de la ciencia y la técnica hicieron posible la existencia de imperios que no tienen linderos geográficos. Antes había un límite, una barrera, como lo fue el río Maule para los incas. Una consecuencia de esto es que hoy, a través de las facilidades que les brindan la posesión exclusiva de los medios tecnológicos más avanzados, las grandes potencias están perforando las soberanías. Nosotros, los nacionalistas, no queremos eso: nosotros queremos mantener nuestra soberanía, es un atributo que nos identifica frente al resto del mundo. Tú no puedes pretender uniformizar a todos los seres humanos, ese ha sido el error de las ideologías totalitarias.