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Artículo correspondiente al número 215 (19 de oct al 01 de nov 2007)
“Chile se ha convertido en un país rico, pero poblado por gente pobre”
Tanto se habla del Bicentenario y del camino al desarrollo, que un análisis crítico de nuestra realidad resulta bienvenido. Porque como dice este historiador, periodista y abogado “sostener que estamos progresando me parece inverosímil”. Una conversación entre historiadores. Por Patricia Arancibia Clavel; fotos, Enrique Stindt.

Abogado, periodista, historiador. Protagonista de nuestra historia reciente, Gonzalo Vial Correa es un hombre multifacético que combina una serie de talentos difíciles de encontrar en una figura pública: agudeza intelectual, clara inteligencia, “pluma” excepcional, memoria prodigiosa, gran sentido del humor y un envidiable conocimiento de la historia de Chile.
A sus 77 años, retirado del “mundanal ruido” dedica todo su tiempo a escribir en su sobria pero acogedora casa de Lo Barnechea, donde vive con su señora, María Luisa Vial. Allí nos recibe con la cordialidad y sencillez que lo caracterizan.
Incómodo –porque aunque no lo parezca es muy tímido–, espera que el fotógrafo termine su tarea, para que a propósito de la proximidad del Bicentenario, pasemos revista a nuestro último siglo.
-Don Gonzalo, antes de entrar en materia, me gustaría que explicara las ventajas de ser historiador a la hora de analizar la contingencia, ejercicio que usted realiza semanalmente en el diario La Segunda.
-Son cosas distintas y necesarias, pero cada una tiene su espacio. Los periodistas y los historiadores buscan la verdad, e intentan retratar la realidad tal como ha sucedido. Pero la verdad que conoce el periodista es una verdad a medias, que está condicionada por la urgencia, la rapidez. No puede tener acceso a todos los antecedentes, por lo que habla en forma provisoria. En cambio, como historiador, uno trata de encontrar verdades más definitivas y, para ello, investiga y contextualiza con más detención y cuidado.
Por otra parte soy un apasionado lector de periódicos y quizás por el hábito de historiar descubro en las noticias un sentido diferente al del lector común. Creo que el conocimiento de la historia proporciona ciertos puntos de referencia. Por ejemplo, el tono de la prensa desciende en algunas épocas a la injuria personal más irresponsable y yo puedo deducir de ahí que se aproximan tiempos de crisis, incluso de violencia. Así ocurrió en la primera anarquía, la que frenó Portales; ocurrió antes de la revolución de 1891, antes de la intervención militar de 1924 y de manera incontrolada en los años previos al golpe de 1973. Es un síntoma muy decidor.
Quiero decir con esto que algunas cosas a las que uno atribuye importancia, para otros pasan inadvertidas. Por supuesto, la facultad de intuir “los signos de los tiempos” es personal, no corresponde a una profesión determinada, pero conocer la historia ayuda.
-¿Tuvo en algún momento interés por dedicarse a la política activa?
-Nunca he tenido ni gusto ni aptitud para ser político. No tengo ni la intuición ni la audacia ni la ambición. Los análisis puramente racionales no funcionan en política y mi interés por ella es esencialmente histórico. La historia sí me atrajo desde siempre. Yo viví en una casa llena de libros, con tradición de lectura y, poco a poco, fui desarrollando mi vocación, en un proceso muy personal.
-¿Qué lo llevó a iniciar esa gran aventura de escribir una historia de Chile del siglo XX?
-La idea surgió después del golpe militar de 1973, cuando me pregunté qué era lo que en verdad había pasado en el país. No existían historias generales y la de Francisco Antonio Encina llegaba hasta la guerra civil de 1891. Había pues un largo período sin estudiar, donde habían sucedido muchas cosas que podían explicar lo que nos había pasado.
-Ya se han publicado cinco volúmenes de su obra y recién vamos en el Frente Popular. ¿Está escribiendo los siguientes?
-Escribiré hasta que Dios me dé vida y cabeza… y puede que me dé vida y no cabeza. Por si acaso, y dado que creo tener una idea global de la historia de Chile, desde Diego de Almagro hasta Michelle Bachelet, decidí que era mejor dedicarme primero a escribir un libro general y sintético de toda la historia del país, para después retomar los tomos faltantes del siglo XX. Y, bueno… entre otras cosas, en eso estoy.
-Entre medio, ha publicado varias biografías, entre las que destacan por su amenidad y éxito editorial las dedicadas a Arturo Prat, Salvador Allende y Augusto Pinochet. ¿Por qué eligió a esos personajes?
-Porque son chilenos y fueron importantes para nuestra historia. Además, para escribir una buena biografía hay que tener algún cariño por el biografiado, una simpatía especial que nos ayude a comprenderlos, no a juzgarlos. Por ejemplo, yo le tengo cariño a Allende. Me parece un personaje que cometió grandes errores y probablemente algunos que nos llevaron a la catástrofe. Pero él fue un hombre que quería hacerle bien a Chile. Lo mismo digo de Pinochet. Fueron personas que tuvieron responsabilidades gigantescas y que tuvieron aciertos y errores como cualquiera de nosotros. La diferencia está en que si nosotros nos equivocamos el problema queda circunscrito a nuestra casa, pero si ellos lo hacen, es todo el país el que sufre las consecuencias. Ahora, el caso de Arturo Prat está en otra esfera, en otro nivel. La esencia de su vida fue el cumplimiento del deber. El no tenía ambiciones ni de honores ni de gloria, solo cumplir con su deber. Eso es lo admirable de su persona.
La mirada país
-En una mirada global, ¿cuánto hemos avanzado y qué nos falta para llegar a ser un país desarrollado?
-En la pregunta va implícita la idea de progreso que, a mi juicio, es completamente falsa, una ilusión. No tenemos por qué convertirnos en tal o cual realidad. La historia no es necesariamente una línea ascendente. Todos los días tomamos decisiones buenas y malas. El futuro permanece en el misterio. Creer que el porvenir se puede determinar es un sueño muy viejo de la humanidad, pero la historia real muestra otra cosa. Al celebrarse el Centenario, Chile parecía avanzar resueltamente al desarrollo, todos lo creían así, pero esa posibilidad se frustró. En la década 1987-1997 nuevamente parecía que estaba al alcance de la mano… y nos volvimos a estancar. Podemos y debemos esforzarnos en ir adelante, pero el resultado siempre será incierto porque, además de los errores propios, hay muchos factores que no está en nuestra mano controlar. Ahora mismo, gracias al excepcional precio del cobre –en cuya determinación no tenemos la menor influencia– Chile se ha convertido en un país rico, pero poblado por gente pobre. El fenómeno no es una novedad: en 1930 nuestra riqueza todavía estaba en el salitre y era extraordinaria… hasta que dejó de serlo por situaciones absolutamente ajenas a nosotros. Entonces, al repasar el último siglo lo único que podemos hacer con provecho es una especie de inventario de cosas positivas y de problemas pendientes, lo que está muy alejado de la idea de progreso.
-Pero coincidirá conmigo en que el Chile de hoy es más y mejor que el de 1910…
-En algunos aspectos, en otros no. Hace mucho vengo sosteniendo que toda sociedad, para marchar en alguna dirección, necesita de ciertos consensos básicos en materia política, económica y social y que dichos consensos tienen que darse simultáneamente y ser compatibles entre sí. Cuando éstos se quiebran la crisis está ad portas. El paso del siglo XIX al XX está marcado por el declive de la oligarquía y el ascenso de la clase media. Entre 1920 y 1973 la clase media ocupa el escenario político y social, afirmándose en ciertas aspiraciones ampliamente compartidas por la población, en unos consensos básicos que se fueron erosionando hasta sucumbir en 1973. Lo que ha sucedido desde esa fecha hasta ahora no está totalmente claro. Hay luces y sombras, como en todas las etapas históricas.