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Entrevista a Fernando Savater

Artículo correspondiente al número 253 (29 de mayo al 11 de junio de 2009)

 

Un filosofo que defiende el progresismo. Pero no esa etiqueta que viste en la actualidad a sectores moderados de izquierda. De hecho, la definicion de Savater les pondria los pelos de punta: “es la combinacion de las aspiraciones sociales de la izquierda con las aspiraciones constitucionales de la derecha lo que forma el verdadero progresismo moderno”. Por Jorge Abasolo; fotos, Veronica Ortiz.


Fernando Savater es uno de los intelectuales europeos más brillantes, influyentes y controvertidos de su generación. Nacido en el País Vasco, catedrático de Etica en la Universidad Complutense de Madrid, suele ser presentado de muchos modos: como azote de estúpidos, filósofo provocador, eterno disidente, defensor del amor propio contra el amor altruista o como filósofo de lo posible contra lo probable.

Se trata, sin duda, de un filósofo atípico, un personaje entre dos aguas: el escepticismo y el sentido común. El mismo achaca humorísticamente esta aparente ambigüedad al hecho de haber nacido un 21 de junio, a caballo entre dos signos: géminis y cáncer.

La ficha policial franquista llegó a definirlo como “anarquista moderado”, definición que Patxo Unzueta ha traducido como “fuego frío”, una de las definiciones de Savater más certeras, ya que el filósofo vasco es fuego, entusiasmo, inquietud creadora, incluso en su modo de hablar, de gesticular, de reír, pero es también frío: tiene los pies bien colocados en una sólida formación filosófica y cultural, atento siempre a no dejarse arrastrar por las modas, por los clichés intelectuales ni por lo que piensen de él los demás.

Vino a Chile una vez más para presentar y hablar de su novela La hermandad de la buena suerte (Planeta), ficción con la que se dio el gusto de ganar los 600.000 euros del Premio Planeta. Más gordo que la última vez que en su última visita, con Capital habló de todo, “porque filósofo que eluda algún tema, no es filósofo”, me aclaró de partida. Con proverbial facilidad de expresión, es un gozador de la tertulia. Gesticula y hace inflexiones de voz como el mejor de los declamadores y sazona la conversación con más de un chascarro.



-¿Por qué una novela en torno a la suerte? Uno tiende a creer que los filósofos creen más en la ley de la causalidad que la de la casualidad.

-Bueno... en algún momento de la novela eso se dice, ¿eh? Que el azar o la suerte es un poco como el límite de la razón. Allá donde la razón no opera, empieza el azar o la suerte. Los personajes de mi novela tienen un poco todas las actitudes respecto a la suerte. Hay quien no cree en ella en absoluto y es más racionalista en esta línea. También hay quien cree en la mala suerte, pero no en la buena. Hay diversas posturas. Es una experiencia de trasfondo en mi novela, porque yo creo que todos en la vida estamos pendientes de la suerte. La verdadera hermandad de la buena suerte somos todos los seres humanos. Todos estamos esperando el golpe de suerte que nos libre un poco de nuestras desdichas, de la carga de nuestro pasado y que nos regenere.


-De las cosas que usted ha dicho de esta novela hay una que me llama mucho la atención: que se trata de una novela mística. ¿Por qué?

-No, no, no. No hay que interpretarlo tan literalmente. Yo diría que se trata de una novela que tiene elementos reflexivos, elementos metafísicos. Místicos, no. Pero sí metafísicos, ya que se habla de la muerte, se habla de la memoria, de la amistad, aunque no en plan de elección filosófica. Yo creo que todos los seres humanos hacemos alguna reflexión acerca de la muerte en algún momento, o sobre lo inexorable del destino, sobre una pérdida, sobre lo que la vida nos ha llevado, en fin. Todo eso está unido en mi novela con elementos de humor, de aventura y con un trasfondo de caballos, que es mi pasión.



El progresismo


-Ha dicho usted que la democracia tiene dos enemigos: la miseria y la ignorancia.

-Vamos, no descubro gran cosa con eso, ¿eh? A mi juicio, la miseria y la ignorancia son los elementos que impiden que un ciudadano pueda realmente hacerse dueño de su vida. La democracia pretende que todos los ciudadanos sean políticos. Pero la diferencia que hay entre una autocracia y una democracia es que en la democracia somos todos políticos por obligación. Todos tenemos que ejercer como políticos y los políticos que están mandando no son más que aquellos a quienes nosotros mandamos mandar. Es decir, son el efecto de nuestra actitud política. Entonces, si la gente está agobiada por la miseria lo más probable es que no tenga tiempo para reflexionar, ni debatir o preocuparse de las cuestiones públicas, porque la miseria es acuciante y se lo impide. Y la ignorancia hace que las personas no puedan opinar, juzgar o decidir de una manera verdaderamente fundamental. Los ignorantes son pasto de los demagogos, de los que prometen el cielo en la tierra. Miseria e ignorancia imposibilitan el transcurso de la democracia. Por eso que la búsqueda de la igualdad o, por lo menos, el evitar la discriminación y la exclusión social, sumado a una educación pública eficaz, son elementos imprescindibles para el ejercicio de una sana democracia.


-En Buenos Aires le escuché una expresión que jamás he oído en Chile. Dijo usted que hay progresistas de derechas y progresistas de izquierdas. Acá el término progresista parece propiedad exclusiva de la izquierda.

-¡Pero si hay gente muy reaccionaria en la izquierda! Si por progreso entendemos el avanzar hacia un ideal de emancipación, de libertad e igualdad, es evidente que Stalin ha sido el hombre más reaccionario del mundo. Fidel Castro también me parece muy reaccionario. Hay mucha gente ubicada en el campo de la izquierda que es muy reaccionaria. Esa es gente de izquierda de una determinada manera. Hay mucho reaccionario en la derecha, pero también personas que son constitucionalistas, que apoyan una sociedad de derechos y garantías, etcétera. Creo que la imagen constitucionalista de nuestras sociedades se debe más a la derecha que a la izquierda. De modo que la combinación de las aspiraciones sociales de la izquierda –donde algunos sí son progresistas– y las aspiraciones constitucionales de la derecha, eso es lo que forma el verdadero progresismo moderno. Es una mixtura de lo mejor de ambas tendencias. El progresismo no es propiedad de un determinado sector político.




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