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Entrevista a Edgardo Boeninger

Artículo correspondiente al número 236 (5 al 16 de septiembre de 2008)

 

El abandono del modelo

 



-¿Se fue haciendo más difícil con el tiempo mantener la unidad entre los partidos y el gobierno?

-Las cosas había que manejarlas con discreción. El año 93 Aylwin presentó un proyecto de ley para nombrar a jueces especiales de las cortes de Apelaciones para acelerar los procesos de derechos humanos, pero los familiares de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos creyeron leer en ese proyecto algo así como una ley de punto final y el Partido Socialista se negó a aprobarlo. El presidente Aylwin pidió mi opinión y yo le recomendé retirarlo y así lo hizo. Ese ejemplo muestra que había que tener criterio para mantener la unidad de la Concertación. Con el tiempo, los partidos fueron adquiriendo más independencia, la lealtad e incondicionalidad inicial no fueron iguales y empezaron a aflorar las distintas visiones de país que había dentro del conglomerado de gobierno.


-¿Es decir, los elementos díscolos vienen desde hace mucho tiempo dentro de la Concertación?

-Claro que sí. Hay que recordar el debate que se dio a comienzos del gobierno de Lagos entre autocomplacientes y auto flagelantes dentro de la Concertación, y que es lo mismo que se ha acentuado después. Un sector de la Concertación, y desde luego toda su tecnocracia, ha sido partidarios desde el inicio de una economía con preponderancia del sector productivo privado, abierta al exterior, globalizada, con elementos de regulación y con una política social fuerte. Con el tiempo, el país fue haciendo avances espectaculares en todo orden de cosas, pero también fue creciendo un grupo dentro de la Concertación que estaba disconforme y que quería menor énfasis en el crecimiento y avances mucho mayores hacia un país menos desigual. A ese grupo autoflagelante, la estrategia económica de la Concertación cada vez se le fue haciendo más insoportable.


-¿El apoyo de los partidos fue siempre total o la estrategia era resistida por el ala más de izquierda?

-No hay que olvidar que este programa de desarrollo se instaló sin que los partidos lo hubieran avalado expresamente, ya que el compromiso inicial con el gobierno fue que cualquier controversia sería dirimida por el presidente, y los partidos, probablemente más los de la izquierda que la DC, por el temor a la regresión autoritaria, nunca chistaron. No fue una imposición, pero dadas las difíciles circunstancias políticas que se vivían al inicio del gobierno de Aylwin, se concordó en que era necesario que el presidente tuviera mucha autoridad, y por eso los partidos acataron mantenerse detrás de él.Ç


-¿Qué pesaba más en la unidad, la fuerza del proyecto común o el temor al fracaso?

-Había de todo, pero si lo miro en retrospectiva creo que era más fuerte el ethos unificador de la vuelta a la democracia. La lucha contra Pinochet generó un espíritu de cuerpo transversal e hizo muy fuerte a la Concertación, porque primaba el interés colectivo. Cuando desapareció ese factor comenzaron a aflorar visiones distintas de gobierno y dentro de los partidos fueron tomando fuerza los líderes individuales y los parlamentarios, con lo cual la unidad se fue resquebrajando. Hoy día, una parte muy importante de la Concertación no cree en esta estrategia de desarrollo que hemos llevado adelante y que la hizo exitosa.


-¿Cuánto ha influido este descreimiento en el modelo en la baja del crecimiento?

-Hoy se ve un deterioro importante no sólo de la Concertación, sino de la política en general y de la capacidad de los partidos para canalizar las demandas sociales y percibir con claridad cuál es el rol que deben cumplir para llevar adelante las agendas del gobierno del que forman parte. El sistema binominal ha tenido el mérito de mantener pocos partidos, pero uno de sus defectos más claros es que genera una alta autonomía de los parlamentarios, ya que ellos se convierten en representantes casi exclusivos de los partidos y, salvo los pocos casos de doblaje, también de la coalición en cada distrito, lo que les otorga un poder enorme. El fenómeno de los díscolos ha generado desorden y un deterioro de calidad de la política. Los gobiernos hace rato que dejaron de tener a los partidos como un seguro de apoyo, lo que se ve claramente en las intensas negociaciones que hace el gobierno con cada parlamentario cuando tiene que aprobar un proyecto difícil.


-¿Cree que las agendas propias están motivadas principalmente por una visión distinta de país o están añorando como una manera de aumentar el poder individual?

-Es muy difícil apreciar eso, porque cualquier cargo político otorga poder, influencia y fama; pero está claro que hoy se ve mucha mayor incoherencia política, lo que se traduce en desorden e indisciplina, porque el proyecto personal y la propia carrera pasan a ser más importantes que el programa de gobierno. Sin embargo, no hay duda de que el desorden también está alimentado por el factor ideológico, porque cuando el senador Navarro, por ejemplo, decide apoyar a ciertos candidatos del partido comunista para las municipales que compiten con los de la Concertación, está expresando que no está conforme con el sistema que impera en el país, que no le gusta la preponderancia de la empresa privada y cree que hemos olvidado la igualdad. Así como él, hay un montón de gente que siente un antagonismo visceral con lo que hemos hecho en el pasado.


-Aún así, la presidenta mantiene en el ministerio de Hacienda a Andrés Velasco, que está lejos de recelar del modelo.

-El apoyo de la presidenta al ministro de Hacienda ha sido absoluto, pero en el último tiempo el gran aliado de Velasco ha sido la inflación, que genera en la clase política el temor más espantoso y que le va a permitir al ministro aprobar un presupuesto razonable para el año 2009 y tomar medidas específicas que no habrían sido aprobadas, sobre todo por la izquierda, en otro escenario. La relación entre políticos y tecnócratas siempre ha sido difícil, porque en términos generales el tecnócrata considera al político un ignorante y el político recela del tecnócrata por insensible... y una de las cosas más perjudiciales del último tiempo es que veo un distanciamiento progresivo entre estos mundos, con mucha desconfianza y desprecio.





El costo de la indisciplina
¿Por qué Bachelet no ha logrado armar un buen equipo político?

Boeninger se niega a calificar a la presidenta Bachelet, pero tiene muy claras las razones de una agenda que aparece bastante desdibujada.

El naipe se ha desordenado por factores ideológicos, por la irrealidad política de muchos proyectos y por la autonomización de muchos parlamentarios que están privilegiando sus propias agendas al ver que la política cada día es menos valorada por la gente. El hecho indesmentible es que no ha sido posible realizar una gestión de gobierno coherente y disciplinada, y creo que también ha influido en esto el tipo de relación que ha mantenido la presidenta con los partidos. No hay que olvidar que la de Michelle Bachelet fue una candidata impuesta por las encuestas y no por los partidos que antes habían generado las de Aylwin, Frei y Lagos. La base de su propuesta política era el llamado gobierno ciudadano, que luego abandonó, pero que muestra que nunca la relación con los partidos fue fluida. Si a esto se agrega que los partidos ya habían entrado en una línea más individualista y que los propios ministros no sintieron una lealtad compartida y eran, al final, más representantes de los partidos que del gobierno, es obvio que la cohesión del equipo político tenía que resentirse, no sólo entre ellos, sino también respecto al ministro de Hacienda. Nunca antes hubo el disenso que se ha visto ahora en el gabinete. En este gobierno los partidos, el Parlamento y el gabinete político no han tenido la unidad, autoridad y capacidad de mantener un accionar coherente y disciplinado que se dio en los gobiernos anteriores. Creo que la llegada de Pérez Yoma a Interior ha significado una mejoría no despreciable, pero la situación con la que se encontró ya era muy incoherente. Hoy día, el gabinete político sólo se las arregla.






Ni los unos ni los otros
¿Por qué la Alianza tampoco es alternativa?

Boeninger no cree que Chile esté frente a una catástrofe, sino que corre el riesgo de quedarse estancado mientras otros países avanzan. El desafío, por tanto, es tener un gobierno fuerte y con un liderazgo claro, para establecer luego a la educación como la gran tarea de futuro. Sin embargo, la Alianza tampoco le da garantías en este sentido y enumera tres problemas básicos del bloque opositor:

Acuerdos parlamentarios.
Casi con seguridad un eventual gobierno de la Alianza no tendrá mayoría parlamentaria y, al igual que los gobiernos anteriores, van a seguir existiendo dos bloques fuertes, porque no creo que grupos como el PRI figuren ni que haya voluntad real de dar un espacio a los comunistas. Al igual que Aylwin necesitó a la Alianza, Sebastián Piñera va a necesitar votos de partidos de la Concertación para llevar adelante su agenda, pero no veo que se estén generando los puentes para que eso ocurra. El actual ambiente político es de confrontación; y si la Concertación pierde, va a ser tan grande el grado de frustración y resentimiento de los perdedores, que veo muy difícil para un eventual gobierno de Piñera generar mayorías parlamentarias. Creo que Lavín actuó sabiamente al definirse como bacheletista-aliancista, porque para gobernar no basta ganar, también hay que generar un ambiente de concordia... y eso no se logra hablando de desalojo.

Grupos de presión. A diferencia de la Concertación, la Alianza no tiene una presencia importante entre los grupos de presión e instituciones gremiales y sindicales como la CUT, el Colegio de Profesores, los estudiantes, los funcionarios de la salud y otros. Esta realidad le juega muy en contra, porque la indisciplina política ha dado rienda suelta a demandas callejeras de todo tipo y no veo cómo un gobierno de derecha, que no ha generado canales de comunicación con estos entes mayoritariamente controlados por la
izquierda, pueda controlarlos.

Unidad del bloque.
La Alianza está formada por dos partidos que no se quieren bien, y la prueba más clara de esto es que la UDI no reconozca que es muy difícil que surja un candidato de sus filas que le haga pelea al 40% de adhesión que genera Piñera en las
encuestas. La falta de apoyo a Piñera no es un buen augurio sobre la unidad que puede esperar de la Alianza como apoyo para su gobierno.








Transparencia y probidad
¿Cuánto pesa hoy el poder por el poder?

Boeninger afirma que en los inicios de la Concertación operaba una sensación un tanto épica de misión, pero hoy eso se acabó y opera la política pura y simple. Es en este escenario donde se abren mayores espacios no sólo de indisciplina, sino también de rebaja de los estándares éticos.

En términos generales, la calidad de la política ha sufrido un deterioro y en buena medida se ha convertido en una carrera profesional de toda la vida. Pero más que un problema para el que llegó al tope de la escala, la real dificultad está en los cuadros intermedios de la administración pública. Uno de los problemas más complicados que se perciben en Chile en estos últimos años es un deterioro en los índices de probidad y transparencia, aunque en este último factor creo que va a haber un cambio muy sustancial con la reciente ley de acceso a la información. En probidad, sin embargo, si bien no hay una ideología de la corrupción, como denunció Schaulsohn, creo que se han soltado las trenzas y existe una tolerancia a la incorrección bastante más importante de lo que había hace diez años. Esta realidad responde a varios factores, uno de los cuales es el acostumbramiento al poder y que muchas personas que viven del Estado no ven manera de mantener su posición fuera de él, lo que también se relaciona con los precarios niveles de calificación de la gente. Los llamados operadores políticos son personas que acceden a cargos de bastante responsabilidad por el solo atributo de una lealtad a toda prueba a determinadas personas, y así se genera intervencionismo político del Estado, que es un fenómenos que existe. A veces se justifica este uso del poder del Estado diciendo que es un contrapeso al poder que el dinero le otorga a Piñera; pero en caso de ser cierto, se trata de un pésimo empate, porque ni el dinero ni la intervención del Estado deben decidir una elección.

 

 



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