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Entrevista a Edgardo Boeninger

Artículo correspondiente al número 236 (5 al 16 de septiembre de 2008)

 

Participación del ex ministro en el programa Ciudad Capital

 

 

 

Dejó el gobierno hace catorce años, pero todavía se le menciona como el más brillante ministro que haya ocupado la clave cartera de la secretaría general de la Presidencia. Edgardo Boeninger analiza aquí el escenario político... y sus conclusiones no pueden dejar indiferente a nadie. La Concertación, dice, hace rato perdió cohesión y carece de un proyecto común, lo que está determinando una mediocridad que hará muy difícil que Chile venza el subdesarrollo. Por M.Angélica Zegers V. Fotos, Verónica Ortíz.


Son pocos los políticos que pueden mostrar una preparación intelectual como la de Edgardo Boeninger (83 años, casado, dos hijos) y tal vez por eso él mismo reniega de esa etiqueta y se siente mucho más cómodo con la de tecnócrata. Sin embargo, son las leyes y reglas de la política lo que de verdad lo apasionan y donde se siente más cómodo. Ingeniero civil de la Universidad Católica y economista de la Chile, su paso por la Universidad de Los Angeles, California, donde realizó estudios de ciencia política en 1975, fue definitivamente marcador. Ahí sistematizó su pasión por las ciencias sociales, aunque a esas alturas su currículum ya era bastante impresionante e incluía, entre otros, la dirección de Presupuestos en el gobierno de Frei Montalva y la rectoría de la Universidad de Chile en los convulsionados años de la Unidad Popular.

A la política se metió en serio en 1987, cuando aceptó la vicepresidencia de la Democracia Cristiana y luego, la coordinación del programa de la Concertación que finalmente lo llevaría a La Moneda como ministro secretario general de la Presidencia en el gobierno de Patricio Aylwin. En ese cargo definitivamente descolló. De la mano de un equipo político que todavía es recordado como el mejor que ha mostrado un gobierno de la Concertación, Boeninger fue pieza clave en tender puentes de confianza con la oposición y hacer viable una transición que en esos primeros años del retorno a la democracia no se veía para nada fácil.

Tres gobiernos después, y ya repuesto de un cáncer contra el cual batalló el año pasado, Boeninger sigue siendo el hombre pausado de siempre, pero sus juicios sobre el actual estado del país no son nada optimistas. Y cuando Boeninger habla, al menos una parte importante del stablishment político lo escucha. No por nada su alejamiento del Senado el año 2006, luego de ocho años como designado –vaya paradoja–, fue sentido transversalmente.

 

 

El ungido



-¿Qué siente frente a la idea de un quinto gobierno de la Concertación?

-La alternancia la determinan los electores, pero yo sostengo que no puede haber una coalición que gobierne 70 años, como lo hizo el PRI en México. Ahora, cuánto va a gobernar la Concertación, no lo sé, pero es un hecho que llega un momento en que los electores quieren un cambio de caras y que lo hagan ahora o después responde a circunstancias muy coyunturales.


-¿Se están dando esas circunstancias, hoy?

-Uno de los factores que más desprestigia a la política es que el conglomerado que apoya al gobierno desconozca un acuerdo firmado, y eso es lo que pasó con la Ley General de Educación. La discusión sobre el lucro conlleva una visión excluyente de la educación pública, lo que es una postura ideológica y es una muestra de que al interior de la Concertación hay diferencias de criterio muy importantes respecto al futuro. La idea de tener una economía privada preponderante, acompañada de regulaciones como factor de contrapeso, asegurando la coexistencia público-privada en temas tan relevantes como la salud o la educación hoy no es un principio compartido. Estos episodios han ido crispando el clima político; y si a esto se agrega que hay una posibilidad real de que la Alianza gane la elección presidencial, hoy no veo que existan los consensos básicos para llevar adelante una política coherente y sólida en el tiempo (toma agua y casi sin pausa comienza a hablar sobre la única salida que le ve al problema…)

-El tema de la autoridad es ahora clave porque no se saca nada con adscribir a un modelo si no se tienen la fuerza ni la autoridad para implementarlo. Creo que la única posibilidad real que tiene la Concertación no sólo de mantenerse en el poder, sino de poder llevar a la práctica un programa de gobierno, es que llegue un momento en que frente a la alternativa real de perder el poder haya que ungir a un candidato y entregarle un compromiso de apoyo extraordinario. Perder el poder es un acicate de enorme importancia, y creo que ese temor puede actuar de nuevo como un elemento unificador del conglomerado.


-¿Adiós primarias?

- Las primarias son competencia. Lo que nosotros necesitamos es que todo el conglomerado se cuadre con el candidato y que se le vuelva a dotar del poder que tuvieron los presidentes al inicio de la Concertación, con un apoyo efectivo de los partidos y con los parlamentarios cuadrados con la agenda de gobierno. Es evidente que hoy los problemas internos de la Concertación son muy superiores a los de la Alianza y es absurdo mantener algo distinto.


-¿Es casi un instinto de conservación lo que está operando en la Concertación?

-Es más que eso, porque tengo claro que la insatisfacción no es un fenómeno que se pueda alargar indefinidamente sin que se traduzca en algún momento en una opción política que sea factible de llevar adelante. Lo que más me preocupa es la gobernabilidad a futuro. Este país tiene hoy un ingreso de 14 mil dólares per cápita, ha hecho avances notables, sobre todo en reducción de la pobreza y, salvo los últimos años, ha tenido ritmos de crecimientos que nos podrían llevar a ser un país desarrollado en la próxima década. Pero temo que la mediocridad que se derive de la falta de una política coherente nos haga repetir en caso de desarrollo frustrado, como el que describió Aníbal Pinto a mediados del siglo XX.

 

 

 

La economía manda



-¿Qué elementos del primer gobierno de la Concertación echa de menos y cree que pueden estar inuyendo en el desorden político que se aprecia hoy es ese bloque?

-El nuestro es un presidencialismo de coalición y para poder gobernar se debe tener mayoría política. La bendición primera que tuvo la Concertación al nacer fueron el orden y la disciplina, con partidos leales al gobierno y parlamentarios que acataban la agenda gubernativa. La Concertación nunca ha tenido mayoría en el Senado y por eso resulta tan indispensable llegar a acuerdos con la oposición, y eso fue lo que nosotros hicimos. La clave fue operar sobre la base de un consenso con los partidos de oposición básicamente en orden a que en Chile iba a operar una economía de mercado abierta al mundo y que nuestra diferencia iba a estar en agregar la percepción de que el gobierno se hacía cargo de las demandas sociales. Este acuerdo básico de crecimiento con equidad nunca se explicitó, pero ahí estaba, y fue tan exitoso que logramos tender puentes de confianza y sacar adelante reformas tan relevantes como fueron la tributaria y la laboral. Lo que en su momento bautizó Allamand como la democracia de los acuerdos fue una estrategia absolutamente decisiva, y ya el año 93 la tasa de inversiones de las empresas había aumentado espectacularmente.


-Llama la atención que hable de este acuerdo de desarrollo como el centro del gobierno de Aylwin, cuando todos los ojos estaban puestos en la transición política.

-El gobierno de Aylwin fue por definición de transición y las tareas políticas básicas eran recuperar la democracia, hacer volver a los militares a sus cuarteles y empezar a preocuparse en serio del problema de derechos humanos. Pero siempre supimos que para poder llevar adelante esas tareas debíamos primero tener éxito y que la ciudadanía no iba a medir ese éxito por lo que hiciéramos en derechos humanos o en reformas constitucionales, sino fundamentalmente por el crecimiento, el empleo y la inflación. El buen resultado económico del gobierno de Aylwin, junto al enorme capital político de su nombre, posibilitaron la elección de Eduard Frei cuatro años después.


-¿Siente que para llevar adelante esa estrategia de desarrollo renunciaron a principios políticos?

-No creemos haber renunciado a nada, sencillamente porque creíamos en lo que estábamos haciendo. En líneas gruesas, la política macroeconómica que había implementado Hernán Buchi desde el año 85 en adelante no tuvo variaciones significativas; nuestra diferencia estuvo en la política social porque, por las razones que sea, la verdad es que el general Pinochet no tuvo política social. Nosotros elegimos deliberadamente como objetivo principal el desarrollo de esta estrategia de crecimiento con equidad por sobre los cambios políticos. Nunca intentamos, por ejemplo, derogar la Ley de Amnistía, porque al no tener los votos suficientes se iba a convertir en una pura cosa testimonial, pero que iba a despertar un gran conflicto, impidiéndonos llegar a acuerdos con la oposición en los temas económicosociales, que eran nuestra prioridad.



-¿Había temor a una vuelta de los militares?

-Nuestro gran temor no era un nuevo golpe, sino que en las siguientes elecciones Pinochet hubiera sido elegido presidente con los votos de la mayoría popular, lo que no era para nada impensable si se toma en cuenta que había logrado más del 43% en el plebiscito del 88 y que nuestro fracaso habría despertado todos los demonios del año 73. Teníamos que demostrar que la democracia no era caos, y por eso nos mantuvimos en márgenes razonables en materias políticas.


-¿No sintieron que en primer lugar debían pagar la deuda que había en derechos humanos?

-Estoy cierto de que sin haber cumplido la estrategia de desarrollo, todo lo demás hubiera sido imposible. Aylwin tuvo la genialidad de crear la Mesa de Verdad y Reconciliación y luego mandó a la Corte Suprema una carta en que dijo que no se podía declarar la amnistía sin previamente haber investigado e identificado a los culpables. La Corte Suprema fue cambiando con el tiempo, algunos ministros se retiraron y luego, con la reforma de 1997, se incorporaron más jueces, así que al final fue el tiempo el que se encargó de pavimentar el camino en el tema de derechos humanos.



-¿No cree que una carta del presidente a los ministros de la Suprema sería hoy considerado una presión indebida y una intromisión de un poder del Estado sobre otro?

-Aylwin dejó constancia sobre cuál era su criterio, porque a todos nosotros nos parecía que aplicar la amnistía sin investigar era atroz desde el punto de vista político. El secuestro permanente lo descubrieron los jueces en su momento, simplemente, porque las fuerzas armadas no tenían voluntad para entregar información y, cuando los jueces empezaron a preocuparse en serio de los derechos humanos, retrucaron con esa figura jurídica que puede ser discutible, y yo de hecho creo que lo es, pero que fue extraordinariamente eficaz.

 



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