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Artículo correspondiente al número 216 (02 al 15 de nov 2007)
Un puñado de chilenos convocados por revista Capital y Vertical aceptaron el reto, fueron al recóndito Nepal, avanzaron más de 150 kilómetros por centenarios senderos y tocaron con sus ojos el “techo del mundo”. La experiencia caló hondo en sus protagonistas, para quienes trabajar en equipo nunca más será lo mismo.

Himalaya para contemplar al Everest. Las nubladas jornadas previas en las que no cesó de nevar y no se pudo ver el cordón cordillerano, habían cargado el ambiente de ansiedad. Pero la fortuna se hizo presente. Cubiertas por un manto blanco impresionante, las montañas más altas del planeta hicieron su portentosa aparición ante los ojos de los expedicionarios, dejando sin aliento al grupo de trekkeros... Las palabras sobraban, las emociones se atragantaban en la medida que los contornos de los colosos se perfilaban contra el cielo...
Un año y medio después de que Capital se adentrara en estas lejanas tierras de oriente, acompañando entonces a Claudio Lucero y Nicolás Ibáñez en su ascenso al Lhotse (la cuarta montaña más alta del mundo), un selecto grupo de lectores de la revista aceptó el desafío de experimentar en persona esa travesía extrema... y el resultado no pudo ser mejor.
De la mano de dos excelentes guías de Vertical (Eugenio Kiko Guzmán y Gabriel Becker), los expedicionarios arribaron a Nepal a mediados de septiembre, tras unas breves jornadas de aclimatación a los nuevos husos horarios y luego de casi 50 horas de viaje, la aventura se inició cruzando la puerta de entrada a estos valles: Lukla. Enclavado en una verdadera terraza montañosa este pueblo permitió al grupo hacer un cambio de switch, dejando atrás la turbulenta Katmandú, con sus autos locos y polución para penetrar en un lugar donde imperan el silencio y, digamos, la tracción humana y animal.
Un acogedor grupo de 17 sherpas esperaba en ese lugar a los expedicionarios chilenos para acompañarlos durante este recorrido de 11 días que se extendería por más de 150 kilómetros de caminata y ascenso. Este noble equipo de apoyo conquistó a cada uno de los trekkeros chilenos tanto por su sencillez y buena disposición, como por su condición genética para la montaña.

El itinerario fue muy bien pensado. Jornadas de caminata diaria razonables (tres horas en la mañana y tres en la tarde), con ganancias de altitud calculadas para permitir una aclimatación progresiva de los expedicionarios, dieron forma a esta travesía. El día promedio comenzaba alrededor de las 6:30 con un té matinal “a la puerta” de la carpa y una palangana de agua caliente para el aseo personal. Poco después, ya sea al aire libre o en la carpa comedor si el tiempo no lo permitía, se daba cuenta de un consistente desayuno.
Mientras los expedicionarios compartíamos el tentempié matinal, un grupo de sherpas de avanzada se lanzaba por la ruta hacia el próximo punto de descanso. Su misión: tener todo listo y montado para la llegada de los trekkeros. Son fuertes y veloces, y pese a la carga que llevan a sus espaldas (carpas, colchonetas, sacos, bolsos y equipo), siempre llegaron adelantados y tenían todo montado con puntualidad inglesa a la hora en que arriban los excursionistas, alrededor de las 4 de la tarde.

Pero no nos adelantemos. Terminado el desayuno, y junto con el grupo principal, partía el equipo de cocineros, quienes normalmente pasaban corriendo al lado de los expedicionarios con sus cocinillas, ollas y platos apilados en gigantescas canastas que portaban a sus espaldas. Su tarea era apurar el tranco y ganar tiempo para preparar el almuerzo que dividirá en dos la jornada. Aunque se ven menudos, resultaba impresionante su resistencia y afabilidad.
La marcha de la tarde remataba siempre con una comida abundante, preparada por Palde Tamang, un cocinero notable que se afanaba por agradar y que sacó aplausos más de una vez. Terminada la comida, qué mejor que unas horas propias y personales para contemplar un paisaje único en la tierra, leer un poco y descansar.
A lo largo de la ruta nos fue posible contemplar las rutinas de esta noble raza montañesa. Es un pueblo laborioso y esforzado. Trabajan de sol a sol, construyendo lodges, cultivando la tierra, cuidando el ganado, ofreciendo servicios al turista. De sólo verlos se diría que son pobres, pero en realidad no lo son. Es que para ellos esos códigos no existen. Lo suyo es trabajar y tomarse la vida con felicidad.
Eso en lo que respecta al paisaje humano. Porque demás está decir que tan sobrecogedor como los sherpas, es el paisaje físico, con imponentes montañas que empiezan a encamararse al cielo por ahí por los 6.000 ó 7.000 metros, es decir justo donde las más altas de América terminan.
Las jornadas cruciales, sin ir más lejos, calaron hondo en todos nosotros. Trepar al Kalapathar, conocer el campamento base, mirar las montañas más altas del planeta, oír a lo lejos estruendosas avalanchas, sentir el viento fresco fueron para nosotros experiencias únicas e imborrables, que sin duda nos acompañarán para siempre.