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Expediciones Capital
Entre el cielo y la tierra

Artículo correspondiente al número 216 (02 al 15 de nov 2007)

 

 

Encumbrados



El grupo de chilenos que aceptó el desafío Capital hizo cumbre no sólo en los Himalaya, sino que en su biografía personal. Rafael Quiroga, Agustín Quiroga, Magdalena Montero, Juan Carlos Vergara, Alvaro Gómez, Cecilia Besoain, Felipe Montero, Rodrigo León, Gabriel Becker y Eugenio Guzmán, forjaron lazos poderosos entre ellos y consigo mismos, y vivieron una experiencia única que algunos de ellos comparten a continuación:

 

 

Álvaro Gómez

Para mí esta experiencia no fue un viaje, sino que una expedición especial. Fue muy potente. Una experiencia notable para personas como yo, que estamos en el mundo de los negocios y que además te permite compartir con un grupo humano que está en las mismas condiciones. Si bien se necesita un buen estado físico, también se requiere de disposición mental para contemplar el entorno y caminar por horas bajo la nieve. De algún modo es una experiencia extrema que te pone a prueba en tus límites, tanto en lo físico como en lo mental.


Los guías de Vertical Kiko Guzmán y Gabriel Becker fueron pacientes y notables. Uno siente que terminada la expedición tiene nuevos amigos y muchos kilómetros por recorrer.


La verdad que el Desafío Capital efectivamente lo fue, y que valió la pena. Diría que la experiencia de la Cumbre del Kalapathar fue de lo más emocionante por lo que uno siente como persona y como equipo... no por su altura. Demás está decir que los sherpas son un pueblo noble y sencillo, que son parte de esas montañas y una parte esencial de la experiencia en Nepal.

Felipe Montero

Lo que pudimos ver de Nepal y en especial de la zona sherpa que accede al Everest, fue hermoso y sorprendente. Las enormes montañas, muy escarpadas, aparecieron en un momento mágico: luego de varios días de lluvia y nieve, nerviosos ante la posibilidad de no ver nada. Rezamos nuestros rezos y algunos incluso a Buda. De repente se abrió la esperada “ventana de buen tiempo” y sin creer lo que veíamos, estando ya próximos a la cumbre del Kalapathar (5.545 mts.), aparecieron frente a nosotros, impresionantes, el Everest (8.848), el Lhotse (8.501) la Cascada del Khumbu, el Collado Sur, el Ama Dablan (6.856), el Changtsé (7.550) y enormes montañas por todas partes. A ver eso habíamos ido. Fue lo máximo. Pero tan impactante como eso, para mí fue ver en todo el trayecto el trabajo durísimo del pueblo sherpa, que cargan en sus espaldas enormes volúmenes y peso apenas suspendidos de una tira en la parte superior de la cabeza, trasladando todo el suministro de innumerables poblados sin vehículos, sin el uso de la rueda ni siquiera carretillas, recorriendo senderos y escalas de piedra interminables que suben y bajan muy abruptos. Me conmovió imaginar cómo tendrá que cambiar en el futuro este pueblo encantador, esta cultura milenaria preservada en medio de los Himalayas, enfrentada a los avances inevitables del desarrollo.

¿Qué pasará cuando inevitablemente lleguen los caminos, los vehículos, la tecnología?

 

Rodrigo León

Para mí, este viaje fue un sueño que tenía postergado desde hace mucho tiempo. Sin ser montañista ni saber nada de montaña, estar cerca del Everest era una de las cosas que más quería hacer. Y este viaje superó absolutamente todas mis expectativas, en todo.


Detalles, millones y todos muy buenos. El lugar impresionante, pero sobre todo me encantó
la gente, los sherpas que es un pueblo feliz con lo que tienen, simples y afectuosos. Y bueno los cerros, el Everest notable en todo.

 

Rafael Quiroga Gutiérrez

Desde mis primeros años en la Universidad, a comienzos de los años 70, cuando escuchaba una y otra vez las canciones de Cat Stevens, había soñado con llegar algún día al mítico Katmandú.


Pasaron mas de 30 años para que ese sueño se hiciera realidad. Junto a Agustín, el mayor de mis hijos, y a un entretenido grupo, partimos a Nepal a una inolvidable aventura de tres semanas. Cientos de recuerdos se me vienen a la mente cuando trato de resumir lo que más me impresionó y emocionó en este viaje a los Himalayas.


Sin duda, al menos para mí, lo más maravilloso fue poder estar con mi hijo, quizás por última vez, 24 horas al día durante tres semanas, completamente alejados del mundanal ruido y estrechando nuestra relación como quizás nunca lo habíamos hecho.


Sumado a esta experiencia familiar invaluable, estuvo volver a gozar de las cosas simples que nos ofrece la vida y que están al alcance de la mano. Caminar en medio de la naturaleza, conversar, jugar y reír en familia, compartir experiencias con personas diversas, no ser interrumpidos por celulares mientras te tomas una sopa calientita en un día de frío, tienen costo cero. Sólo hace falta la firme decisión de practicar estas y muchas otras pequeñas actividades cotidianas que le den un poco más de sentido y alegría a nuestra existencia.



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