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Enrique Barros. El día de la incompetencia

Artículo correspondiente al número 225 (4 al 17 de abr 2008)



-¿Ha hecho algún mea culpa sobre su papel en esta operación?

 

-Naturalmente fue un golpe fuerte, pero no siento culpa, sino frustración. Cuando se organiza un caso se hace sobre la base de la previsibilidad... y lo que ha ocurrido con este fallo es que todos los criterios de previsibilidad se fueron al tacho. Uno no se puede poner en hipótesis imposibles ni operar sobre la base de razones que nunca han estado en discusión en estos temas. El presidente del tribunal dijo que el fallo había sido bien recibido por la gente y es probable que sea así, precisamente porque veo que hay ciertos cambios culturales que son peligrosos. Puede ser que empresas grandes y potentes no sean ya tan valoradas por la gente, que puede desconfiar del rico o del poderoso, pero lo que no había ocurrido es que un tribunal actuara en base a este criterio.

 

-¿En qué pie quedamos si el órgano específico y técnico para analizar estos temas, que por algo no están en los tribunales ordinarios, no da la nota?

 

-Es necesario dar estímulos para que mejoren las nominaciones para el tribunal. Vi a sus miembros en reportajes y fotos donde parecían los protagonistas de la película Los Vengadores. Eso no es imaginable en ministros de una Corte. El completo desprecio por la opiniones de los técnicos más competentes es un síntoma de la soberbia que da vueltas por ese tribunal. Las incontables declaraciones de Eduardo Jara indican que ni siquiera conoce el expediente. Eso es inaceptable en un país que con urgencia necesita ser más serio.

 

Ineficacia inmoral

 

-¿Venía sintiendo este estado de ánimo contrario a los negocios incluso antes de este fallo?

 

-En los años sesenta y setenta, particularmente en el mundo anglosajón, se desarrolló una teoría del contrato muy confrontacional y que en el fondo planteaba que los mercados no funcionaban y donde todo se enfocaba al confl icto entre empleadores y trabajadores. El cambio cultural más grande que se produjo en los últimos treinta años en el mundo fue precisamente abandonar esta doctrina, pero veo que algo de eso está reviviendo. Y no es sólo este fallo, que es sintomático, porque proviene de un organismo llamado precisamente a resguardar la competencia, sino que también lo veo en otras situaciones del último tiempo. Basta ver lo que ha ocurrido con el mercado laboral, porque se está creando un clima donde impera la idea de que hay una especie de apropiación indebida de parte de los empresarios y que por eso hay que frenar su avance.

 

-¿No acepta que los organismos competentes del Estado tienen que legislar para mejorar las condiciones de trabajo y que también se cometen abusos de parte de las empresas?

 

-Yo tengo una concepción de la sociedad que es profundamente conservadora y liberal al mismo tiempo. Las cosas tienen un cierto desarrollo y cuando se interviene en procesos complejos, tratando tal vez de buena fe de solucionar problemas o evitar otros, los efectos son impredecibles y, en muchos casos, peores que la difi cultad inicial. Creo firmemente que la sociedad debe estar regida básicamente por contratos libres en todos los ámbitos y que la función del Estado se limita a prevenir el abuso. La creación de riqueza que proviene del desarrollo libre de las empresas es lo que en defi nitiva proporciona recursos al Estado, y es ahí cuando el Estado cumple su función distributiva, no antes. Es malo y peligroso para el país cuando seinterviene en las empresas buscando esa función distributiva, y las declaraciones del ministro del Trabajo son inequívocas en este sentido.

 

 

-Lo que se discute con fuerza es si basta el desarrollo para disminuir la brecha entre ricos y pobres porque, según Mideplán, la rebaja de la pobreza en Chile en los últimos años se debe a la acción directa del Estado…

 

-Eso es falso. La pobreza en Chile está hoy bajo el 14% y hace 17 años estaba en el 40%, eso es lo esencial y es producto del crecimiento. Yo no tengo idea de cuál es la productividad real de los programas sociales ni de cuánto más podría haber disminuido la pobreza con una buena acción del Estado; pero sí tengo claro que las empresas públicas son infinitamente más ineficientes que las privadas. Además, el problema no está en la eventual mala distribución del ingreso como efecto del desarrollo, sino en que un trabajador chileno produce en una hora lo que un trabajador noruego produce en diez minutos, y eso es producto de la mala educación que hay en Chile. No se saca nada con obligar al empleador a pagar al trabajador como si éste produjera tres veces lo que en verdad produce, porque inevitablemente se afecta el mercado del trabajo y se crea cesantía. Lo que está ocurriendo en Chile es que el Estado no está haciendo su trabajo. Este es el problema más serio.

 

-¿No cree que el Estado debe intervenir ahí donde no alcanza la acción del puro crecimiento económico?

 

-El Estado debe corregir imperfecciones del mercado a través de mecanismos ad hoc y contractuales. Me parece que el Sernac hace en general un buen trabajo al transparentar la información para los consumidores y velar por que se respeten sus derechos, pero no fija precios ni se convierte en una Dirinco. Tradicionalmente los órganos de libre competencia habían actuado en esa línea, fijando condiciones básicas y vigilando que nos se cometieran abusos, sin inhibir, hasta ahora, el desarrollo espontáneo de los mercados. La única manera que tiene el Estado de cumplir funciones distributivas es haciendo un muy buen trabajo técnico. Max Weber dijo que si hay algo que caracteriza el Estado moderno es que su moralidad se califica según su eficiencia. Lo más inmoral que puede haber en una sociedad es que el Estado no haga su trabajo... y eso es precisamente lo que está pasando en Chile.

 



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