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Enrique Barros: Chile en marcha atrás

Artículo correspondiente al número 208 (13 al 26 de jul 2007)


Dos momentos fundacionales: el modelo económico y la Concertación.
La política puede ser objeto de la farándula, pero no puede vender farándula.
Lo que vemos es una democracia paternalista, muy relacionada con el carácter de la presidenta.
En el mercado de los ofertones, la izquierda siempre tiene ventajas.
La Concertación no ha sido efi ciente con su propia clientela.
Más que en los tribunales de justicia, es en el Tribunal Constitucional donde hay riesgo de politización.
Es el mercado y no el gobierno el que ha levantado a la gente.
La derecha no tiene concepto, sino un puro voluntarismo de llegar al poder.
Por M.Angélica Zegers V.

Durante muchos años Enrique Barros (61, casado, cuatro hijos) se sintió cómodo con la Concertación, pero hoy mira hacia otro lado. Y aunque no es un animal político, las posiciones que toma en la esfera pública generan un respeto que ya se quisieran muchos de los que han hecho de la política un oficio.

El respeto por este abogado se alimenta de varias vertientes. Por de pronto, hay pocas dudas sobre su lucidez intelectual y su enorme preparación profesional. No solo está entre los profesionales más respetados del foro sino también de la cátedra. Su Tratado de responsabilidad extracontractual, un texto de más de mil páginas, que le demandó siete años de trabajo y lanzó el año pasado, para muchos tiene la estatura de un clásico.

Su oficina, Barros Letelier, también goza de gran prestigio. A esto se suma su vocación por los temas públicos. Hoy es secretario del Consejo Directivo y miembro del Comité Ejecutivo del CEP. Sus opiniones, como el mismo Barros afirma sin falsa modestia, son influyentes. Y si influye en el CEP, que a estas alturas es el gran puente de contacto entre los empresarios y el gobierno, es obvio que su nombre también despierta respeto en La Moneda. La presidenta Bachelet lo convocó a fines del año pasado para que integrara la comisión de probidad, instancia que nació a raíz de los casos de corrupción al interior de los organismos estatales. Barros tiene una marca registrada en términos de transversalidad y es capaz de moverse con igual soltura en el ámbito privado –ha sido director de empresas y actualmente asesora a importantes conglomerados, además de analista premium en foros empresariales e integrante del Comité de Autorregulación de la Bolsa de Comercio– como en el público. Y si bien se encuentra por estos días claramente identificado con una opción de gobierno alternativo a la Concertación –se le sindica como un muy probable ministro de justicia de un gobierno aliancista– no hay quien no destaque su moderación y apertura de mente.

Profesor de derecho civil de la Universidad de Chile, su alma mater, y doctor en derecho de la Universidad de Munich, Barros fue abogado integrante de la Corte Suprema (2000-2005) y de haber resultado las cosas como quería, habría optado sin duda por un puesto como titular en el máximo tribunal. No hay duda de que el derecho lo apasiona, pero es un intelectual aterrizado y tiene muy claro las cosas que están bien y las que hay que mejorar en la justicia. Por eso ahora está feliz con su reciente elección por dos años a la cabeza del Colegio de Abogados, desde donde intentará mejorar la tuición ética de los abogados, “que son órganos de la administración de justicia” y también prestar toda su ayuda para mejorar el accionar de las cortes.

Usar el capital

-¿Cuál es el mayor problema que enfrenta hoy el gobierno?
-En lo político coyuntural, es clarísimo que se ha perdido la asociatividad. La capacidad de la Concertación de tener un proyecto común se ha debilitado y los incentivos están desalineados. En esto el régimen presidencial ayuda poco, porque el gobierno carece de mazo para alinear a sus mayorías, a diferencia de los regímenes parlamentarios o semi presidenciales donde la amenaza de disolución del congreso es siempre eficaz.

-Pero en un régimen como el nuestro, donde el presidente tiene mucho poder, iniciativa de ley y, encima, mayoría parlamentaria, La Moneda debiera estar en condiciones de generar una agenda y hacerla cumplir.

-La historia reciente de Chile tiene dos momentos fundacionales: el primero es cuando se optó por el actual modelo económico, y el segundo es la propia Concertación, que logró hacer una transición inteligente, integradora, que le dio confi abilidad política al país y que creó un clima interno de entendimiento. Esos dos movimientos modernizadores, uno en lo económico y el otro en lo político, hay que repensarlos y revitalizarlos. Es ahí donde yo veo un gran défi cit de la Concertación, porque se le agotó su proyecto inicial de hacer una transición exitosa y no ha sido capaz de generar otro proyecto igual de potente. En este momento hay un problema político mayor.

-¿Qué pesa más en la falta de proyecto, el agotamiento propio de una coalición que lleva más de 17 años en el poder o el desorden de sus filas derivada también de ese desgaste?

-Si yo viera en los llamados parlamentarios díscolos o en los propios partidos de gobierno ideas potentes para enfrentar los problemas, el desalineamiento sería una virtud y no un defecto. Pero me parece que se trata de simple desorden y protagonismos personales. La discusión sobre temas públicos en Chile es extremadamente pobre. Cuando uno ve los países exitosos, incluso con gobiernos de centro izquierda –que son los que tienen mayores posibilidades de hacer reformas exitosas en el Estado– la comparación en que queda Chile es muy lamentable.

-¿Terminó entonces la renovación de la izquierda?
-No solo eso, sino que se ha retrocedido. Ha llegado el momento de repensar cuáles son las bases del éxito económico chileno y yo creo que están básicamente en entregar a la gente responsabilidades. Pero, en las antípodas de ese concepto, lo que vemos es una democracia paternalista, que se relaciona mucho con el carácter de la presidenta, que en vez de buscar soluciones, se queda en el proceso de buscar fórmulas consensuadas. Esa es una manera de pensar propia de los 60, cuando imperaban ideas colectivistas y lo importante era derribar reglas para favorecer la expresividad. Todos los países que hoy tienen un cierto vigor han roto con ese modelo, para pasar a otro donde se enfrentan los problemas con una lucidez analítica perfecta y se plantean incentivos concretos para solucionarlos, para luego poner al país completo detrás de la tarea.

-¿Por qué la popularidad de la presidenta no se traspasa a su gobierno?
-El liderazgo tiene que ver con usar el capital político y usarlo en contra probablemente de lo que piensa gente cercana. Jugarse en tareas de interés general y que pueden no ser valoradas así por el entorno, como por ejemplo, la profesionalización del Estado. Es demasiado importante que el Estado sea manejado por gente con los talentos adecuados, hay que pensar que hay una legión de jóvenes muy preparados y que encantados trabajarían en el sector público, pero que tienen la puerta cerrada por la oligarquía de los partidos.

-Pero el gobierno ha querido avanzar en transparencia y probidad.
- Este no es solo un asunto de personalidad, sino de decisión y capacidad para usar el capital político en el sentido correcto. Nosotros recomendamos en la comisión de probidad que el Consejo de Alta Dirección Pública califcara a los postulantes a cargos públicos y que si el presidente elegía al último de la terna todos supieran que no era el más calificado. Pero esas reglas ideales se topan con una realidad que va en sentido contrario, donde priman las lealtades de partido y una visión donde el Estado es un empleador de primera para los leales al gobierno. Hay que tener presente, además, que se dan vuelta entre la misma gente, porque nuestra democracia tiene grados bajísimos de participación. Es casi un sistema feudal.

-¿Anda mal el sistema político?
-No anda bien, pero todo lo demás es peor. Popper decía que el mayor mérito de la democracia no es garantizar buenos gobiernos, sino deshacerse de los malos. Es obvio que hay una práctica de ensayo error, pero uno echa de menos que haya conciencia de que la política puede ser objeto de la farándula, pero no puede vender farándula.


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