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En la viña del señor

Artículo correspondiente al número 280 (del 15 al 29 de julio de 2010)

 

El prestigioso enólogo italiano Alberto Antonini -que en Chile se hizo conocido al asesorar a viñas como Concha y Toro, Luis Felipe Edwards, Leyda o Montgras está sumergido en una nueva aventura al otro lado de la cordillera. Se trata de un novedoso proyecto vitivinícola inmobiliario que da la posibilidad de producir un vino propio y, además, vivir dentro de una viña. Unico, ¿cierto? Se llama Santa María de los Andes y El mismo lo describió en detalle para Capital. Por Cristián Rivas Neira, desde Mendoza.

 

Hace quince años el italiano Alberto Antonini (51) visitó por primera vez Mendoza. Venía de dejar su puesto como enólogo jefe de la bodega itálica Antinori, una de las más prestigiosas en el mundo, buscando hacerse un nombre en las asesorías. Su nombre ya había comenzado a sonar en las principales viñas del “nuevo mundo” –como él define a los países que tienen una historia vitivinícola más joven que la europea– y era contactado por empresas en Chile, Argentina y California.

Le gustó el cono sur y, específicamente, la zona cercana a Mendoza. El clima soleado de día y fresco de noche la mayor parte del año dibujaban un cuadro perfecto para el desarrollo del Malbec, cepa insigne del otro lado de la cordillera. Por eso, pensó que tenía que trabajar un proyecto propio allí.

Su primera visita fue en agosto de 1995, pero en diciembre ya estaba de vuelta, con un amigo al que pretendía convencer para que invirtieran juntos. No le costó mucho y juntos compraron una finca al sur de Mendoza, en la zona de Luján de Cuyo. Con un socio a su lado le fue más fácil buscar otros, porque necesitaba todavía más financiamiento. Como credibilidad no le faltaba –por los quince años que había pasado trabajando en Antinori y otras dos bodegas italianas– reunió inversionistas y plantó las primeras vides, con tan mala suerte que, cuando comenzaron a crecer, las hormigas se comieron sus primeros brotes.

Hoy lo cuenta como anécdota, pero dice que pasó una semana entera sufriendo pesadillas con hormigas. Y no con cualquiera de esos himenópteros, porque las que hay en esa zona son célebres por lo grandes. Por eso, después que controló la plaga, y con la primera vendimia, el nombre llegó solo: Altos las hormigas. “Por un lado, al no hablar español, nos pareció un nombre simpático, pero sin enterarnos que no suena muy lindo. Se le puso así en una forma muy naif, sin pensarlo, y creo que ha sido una buena idea, porque a fin de cuentas todos se acuerdan de él”, nos cuenta.

Antonini recibió a Capital en Mendoza. Pero no precisamente en esta viña –nos advierte eso sí, que ese proyecto ya ha madurado y está produciendo con mucho éxito unas 110 mil cajas al año–, sino que en otro emprendimiento al que está muy dedicado por estos días: Santa María de los Andes, el primer proyecto vitivinícola-inmobiliario que se está comenzando a levantar, unos 35 kilómetros al suroeste de Mendoza, y que busca posicionarse como el primer pueblo de viñas de Argentina y de la región.

Hay que decirlo: pensar en una viña con viviendas en su interior, y en la que cada propietario tenga facultades para producir su propio vino con la asesoría de uno de los flying winemakers más afamados del mundo, es novedoso en estas latitudes. Se sabe de algún proyecto similar en el planeta, tal vez en California, pero ninguno hasta ahora en Latinoamérica. Por eso, la idea de conocerlo un poco más fue provocadora. Sobre todo, si pensamos que Antonini es uno de los cinco enólogos más respetados internacionalmente, y que asesora bodegas en Italia, California, España y Argentina, además de Chile, donde está detrás de varias viñas como Concha y Toro, Luis Felipe Edwards, Leyda y Montgras.

Destino: Mendoza


Un imponente pórtico amarillo (al que incluso se puede subir en vehículo para admirar la vista que se abarca desde arriba) da la bienvenida a Santa María de Los Andes. Atrás quedan varios kilómetros de carretera desde Mendoza y otros tantos de un camino pedregoso, muy bien mantenido. Desde el pórtico, una avenida curvilínea de olivos centenarios –que fueron replantados y que este año produjeron su primera cosecha de aceite– conduce hasta una casa de huéspedes, de arquitectura moderna, que cuenta con cuatro habitaciones de lujo y amplias terrazas, y cuya ubicación es justo al centro de las 819 hectáreas que componen el proyecto total. A un costado ya se puede ver el inicio de las obras de lo que será un condominio, detrás de las lagunas creadas para armonizar con la modernidad del proyecto.

La sensación –una vez que llegamos al núcleo del predioes de placer absoluto; sobre todo, al atardecer. En esta época del año las parras están siendo podadas y su color pardo se confunde con la tierra y la precordillera que, junto a la nieve de la alta montaña y la suave brisa, constituyen el telón perfecto para la noche estrellada que se deja caer de golpe.

Como se ve, razones hay suficientes para pensar en colocar recursos allí, y así lo han entendido los 48 inversionistas que han comprado parcelas y que constituyen poco más de la mitad del proyecto total. Hay europeos, norteamericanos y muchos latinos, principalmente de Argentina, Brasil y Colombia, que han desembolsado unos 50 mil dólares por parcela (el precio varía dependiendo del tamaño), más otros los 45.000 dólares que cuesta cada hectárea para construcción residencial, el caso de los que también han decidido construir sus casas allí.

El plan contempla la instalación de una bodega en el mediano plazo, más un hotel boutique que incluirá un restaurant gourmet y una cava de vinos, además de 18 condominios de lujo –que también se comercializarán por unidades, pero cuyos dueños pueden ceder en arriendo– y un pueblo de artesanos de la zona.

“En muchos países, si alguien quiere levantar un proyecto vitivinícola propio, queriendo producir poco pero con una marca y un estilo muy personales, la idea termina siendo un verdadero dolor de cabeza porque implica crear una empresa nueva. En cambio, un proyecto como este brinda todo lo que necesitas: un lugar espectacular, una estructura que te soluciona todos los problemas de plantar, manejar el viñedo, cosechar la uva, elaborar el vino y mantenerlo. Te permite lograr lo que quieres sin toda la parte aburrida y difícil, que nadie quiere tener que hacer”, resume el experto italiano.

El Malbec la lleva

Por su forma de hablar, se nota que Santa María de los Andes es uno de los proyectos que tienen a Antonini absolutamente cautivado. Tanto, que viaja exclusivamente unas cuatro o cinco veces por año para seguir su desarrollo, principalmente en lo que a la viña se refiere. La gracia, nos revela, es que, además del paisaje y de tener la posibilidad de construir una vivienda en su interior, se tiene acceso a toda la cadena de producción de vinos a un costo significativamente menor del que tendría si se emprendiera en forma individual.

Si alguien, por ejemplo, comprara una hectárea de viñedos, su manejo anual le significaría costos por unos 6.000 dólares que, sin embargo, se ven completamente cubiertos por el alto precio que está alcanzando la uva en la zona (que el año pasado rondó el dólar por kilo), por lo que sólo con la producción de uva ya cuenta con un margen de ganancia.

Los dueños del proyecto, el fondo de inversión Fiducia Capital Group, comenzaron a introducir vides en el terreno hace dos años. Ya hay unas 120 hectáreas plantadas; principalmente, de Malbec –aunque los futuros propietarios pueden también decidir qué cepa les gustaría cultivar–, y en 2009 realizaron la primera vendimia. “Esas uvas lograron un vino joven, con intensos rojos, aromas y sabores”, describe el especialista.

La idea es que se siga potenciando el Malbec, por ser la cepa más emblemática del país ya que, pese a provenir de Europa, su adaptación a la zona ha sido favorable por su variedad luminosa y la amplitud térmica entre el día y la noche. Dice que los días cálidos y con mucha luz le permiten madurar muy bien los taninos y lograr que sean muy jugosos, dulces e intensos; mientras que la frescura de la noche le agrega una buena cuota de acidez natural, que permite lograr vinos mucho más amigables.

“La locación de Santa María es una de las mejores, es la que todos definen como el filete de la zona. En el futuro el enfoque seguirá siendo el Malbec, pero sería interesante introducir otras variedades como la Bonarda, que es menos conocida, pero que tiene una personalidad muy argentina”, sostiene. Aunque para eso todavía falta su tiempo.

El nuevo Chile
Cuando Antonini habla, quienes trabajan en el mundo del vino argentino escuchan atentamente. No por nada este enólogo es considerado uno de los padres del boom que viven las viñas trasandinas. Contrario a lo que pudiera pensarse por este pedestal en el que se le ubica, su carácter es amigable y sencillo. De conversación fluida y muy cercana. Tanto, que incluso se asegura de que uno entienda hasta el último concepto técnico al que pudiera haber echado mano para responder a nuestras inquietudes.

En eso tal vez hay algo de herencia genética, pues sus padres eran profesores en el pueblo de Vinci, pleno corazón de la región de Toscana. Fue allí donde desde niño respondía que quería ser campesino cuando alguien le consultaba sobre su futuro. Y es ahí donde todavía sigue viviendo parte importante del año; sobre todo, en el verano del hemisferio norte.

Cuenta que está próximo a cumplir 30 años de relación con el mundo del vino. Por eso, experiencia tiene de sobra para hablar de lo que es el desarrollo vitivinícola argentino y chileno, donde ha pasado la mitad de este tiempo (unas 15 vendimias como lo mide él). Lo primero que le preguntamos es cómo responde a las críticas que suelen hacerse a los flying winemakers, en cuanto a la homogeneidad de los vinos que han ayudado a crear en distintas zonas del mundo. “Mi trabajo no es viajar con un maletín y una receta que sea igual para todos. Eso sería una locura. Mi trabajo es con mi experiencia y conocimiento. Juntarme con los profesionales del lugar y ayudar a mis clientes a expresar en la forma mejor lo que ellos tienen”, se apresura a contestar.

Por eso mismo, dice que el futuro del vino está muy asociado a la explotación del terroir que cada localidad tiene para ofrecer. “Hoy el desafío más grande no es hacer más vinos de calidad, porque lógicamente los vinos deben tener calidad y eso se está logrando por todos lados. Lo verdaderamente importante es lograr identidad, que sea único, que sea expresión de un lugar, de un terruño, de una cepa bien típica, de una tradición”.

En línea con eso, destaca lo que ya se está desarrollando en “el nuevo Chile”, como se refiere a la vitivinicultura que está potenciando las características propias de los distintos valles: “hoy tenemos un Chile mucho más entretenido porque ha hecho todas estas cosas, una diversificación que hace todo más interesante. Ese es un poco el espíritu que tenemos acá en Santa María de los Andes, de hacer cosas que nos puedan dar una identidad fuerte”, subraya.

Explica que Chile y el resto de los países jóvenes en producción vitivinícola optaron en sus comienzos por potenciar más la variedad que el concepto de origen, porque era más fácil para llegar a nuevos mercados. “Espero que eso cambie de aquí a unos cincuenta años. En Burdeos no te dicen la variedad, porque no es importante: es el lugar el que se vende. Y eso es el concepto más fuerte, porque es lo que impide que sea duplicado. Burdeos no se duplica, pero el Cabernet Sauvignon sí, porque puede producirse en cualquier lugar”, puntualiza.

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