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Artículo correspondiente al número 255 (26 de junio al 9 de junio de 2009)
En los últimos meses el país vive la Bielsamanía. Con mas fuerza que la influenza AH1N1, se ha propagado una verdadera devoción por el seleccionador nacional sin distinguir edades ni genero. Desde mi punto de vista lo suyo, mas que una moda, es un caso gerencial de éxito. Por Laurence Golborne.
Hoy es común escuchar, incluyendo mujeres –que tradicionalmente han sido menos aficionadas al fútbol–, lo bien que lo hace Marcelo Bielsa. Y de verdad sus logros han sido importantes.
Partamos por decir que escribir sobre Bielsa no es fácil. He tenido el gusto de estar con él un par de veces, pero no puedo sostener que lo conozco. Por lo mismo, y por mi (de)formación profesional, sólo puedo analizar lo que ha hecho desde una perspectiva gerencial.
El fútbol es una de las industrias más grandes del mundo. Actualmente, un total de 208 países se encuentra afiliado a FIFA, con cerca de 300 millones de jugadores inscritos (250 millones de hombres y 50 millones de mujeres). Ese dato nos permite determinar que cada fin de semana esta actividad congrega, entre futbolistas y aficionados, a unos 1.200 millones de personas.
Y aunque es difícil estimar el dinero que mueve esta industria en el mundo, si suponemos que cada jugador inscrito gasta 100 dólares al año y que los no inscritos (se calcula 3 personas por cada jugador) gastan la mitad, ya tendríamos 75 mil millones de dólares. A esto habría que sumar aquellos que participan en forma incidental, adquiriendo artículos de merchandising u otros, que pueden sumar fácilmente otros 30 mil millones.
Nuestro país no se queda atrás. Existen 337 asociaciones locales de fútbol, se juegan unos 13.500 partidos cada fin de semana y se estima que practican este deporte formalmente unas 850 mil personas por semana. Estos son jugadores oficialmente inscritos. Si les sumamos los de colegios, ligas y partidos informales, podemos estimar que cada fin de semana juegan fútbol más de 2 millones de personas. Si se agrega a aquellos que los acompañan, podemos concluir en que prácticamente el 50% de la población del país tiene alguna relación directa con el fútbol durante los fines de semana.
En 2006, la ANFP, nuestra empresa nacional en esta industria mundial, no estaba en buena posición. Habíamos salido últimos en las clasificatorias al Mundial de Corea-Japón (sí, ¡últimos!); al Mundial de Alemania tampoco llegamos; teníamos un campeonato nacional muy despotenciado; a los principales clubes, con problemas económicos y un proyecto televiso incipiente y no consolidado, entre otros problemas.
Cuando se enfrenta una situación así es necesario replantearse la empresa y abordar los procesos con disciplina y, ojalá, con una metodología. Fue entonces que los “accionistas” de la ANFP eligieron una nueva administración liderada por Harold Mayne-Nicholls en el directorio. No sé si formalmente se desarrolló una planificación estratégica del negocio, pero si uno analiza su accionar y la evolución del fútbol nacional en los últimos dos años, parece un caso de negocios de esos que se analizan en los cursos de postgrado de Administración.
Harold definió una visión, formuló una estrategia a nivel corporativo y de negocios, definió programas específicos de acción a nivel de negocios y asignó (¡y consiguió!) recursos para esos programas. En este proceso hubo importantes iniciativas: ganar el apoyo de los clubes, lograr la sede del Mundial Femenino sub 20, conseguir el apoyo estatal para reforzar la infraestructura deportiva, establecer una política comercial para auspiciadores y espectadores, etc.
El gerente indicado
Como la selección nacional no es el único “producto” de la ANFP , pero sí el de más amplia exposición y el que tiene mayor penetración entre sus “clientes”, faltaba contratar al gestor indicado: Marcelo Bielsa y su equipo.
Bielsa representa la alta administración. Es el gerente de esta línea de producto y por tanto es quien tiene que hacer que las cosas ocurran.
Pero para dirigir cualquier empresa es necesario ejercer liderazgo. Existen líderes de distintos tipos: histriónicos, reservados, carismáticos, mesiánicos, etc. Marcelo es un líder, no hay duda, pero uno que se impone por la seriedad de su trabajo. Nadie puede discutir que sabe, que se dedica al tema con pasión y que predica con el ejemplo. Como todo buen gerente, tiene ideas fijas y debe ser algo porfiado (para mí, no sirve un gerente que cambia de opinión a cada rato). El tenía una idea clara de lo que quería hacer y, por tanto, lo primero que efectuó fue buscar a los profesionales que eran capaces de llevar adelante su visión.
Hubo que reorganizar el equipo. La estructura de personal existente cuando tomó a cargo la gestión no era la adecuada: tenía algunos “trabajadores” poco comprometidos o francamente indisciplinados, otros con su “vida útil residual” muy baja y poco respaldo de los “clientes” (espectadores), etc. El entendió claramente que no siempre las cosas o las personas que funcionaron en el pasado son las que te darán éxito en el futuro y planteó una renovación.
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