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Artículo correspondiente al número 214 (05 al 17 de oct 2007)
Esta es una urbanización distinta. A tres horas de Santiago, en Lolol, entre árboles, cerros y sueños, una nutrida comunidad de artistas está estableciendo un puesto de avanzada de la República de las Artes. No es la primera vez que tiene lugar una experiencia así y tampoco debiera ser la última.
Esta es una urbanización distinta. A tres horas de Santiago, en Lolol, entre árboles, cerros y sueños, una nutrida comunidad de artistas está estableciendo un puesto de avanzada de la República de las Artes. No es la primera vez que tiene lugar una experiencia así y tampoco debiera ser la última. Por Luisa Ulibarri.
La idea de agruparse en colonias, de compartir un trozo de tierra o geografía para afinar la creación o simplemente convivir entre almas parecidas, viene de antiguo entre los artistas. La Colonia Tolstoiana de pintores chilenos avecindados en San Bernardo a comienzos del siglo XX o el Grupo de los Diez inmortalizado por Augusto D'Halmar son experiencias que suelen remitir a las del grupo de pintores impresionistas de Giverny, patria y hogar de Claude Monet, donde pintaban todos juntos y sin descanso en un entorno natural que era al mismo tiempo provocativo y apaciguador.
No es el único precedente. Acompañado de artistas y estudiantes, Gustav Klimt creó en 1897 la Sezession, núcleo de elites intelectuales cuya actitud levemente narcisista postulaba “a cada tiempo su libertad”. El París de Kiki, conocida modelo de artistas y pareja de Marcel Duchamp, recreó en el siglo XIX la singular colonia de Montparnasse, en cuyos cafés era fácil encontrarse con Apollinaire, Miró, Cocteau, Pound, Satie, Calder o Man Ray, entre otros.
Menos historiado o glamoroso, pero con utopías artísticas y bucólicas a la medida del made in Chile, existe hace unos años El Valle de los Artistas de Lolol, cerca de Colchagua, tierra de brujas, huasos, zorros y perdices. Se trata de un total de casi 200 hectáreas urbanizadas, parceladas a comienzos del 2000 y timoneadas por los empresarios Manuel Santa Cruz y Hugo Yaconi junto al escultor y capitán a bordo Hernán Puelma.
El trío tiene a más de 150 destacados artistas convertidos en propietarios de estas parcelas vía trueque de obras por tierra; 35 casas construidas, un parque de esculturas, mucha convivencia, más la promesa a futuro de variadas actividades culturales, vinícolas, oliváceas en esa franja de tierra de secano costero y eucaliptus cercana a la Ruta del Vino y el Museo de Carlos Cardoen.
Todo comenzó por iniciativa de Puelma, gestor de la mayoría de las iniciativas filantrópico-culturales acometidas por el grupo Santa Cruz-Yaconi a comienzos de los años 80, y que no son pocas.
Recién llegado de una beca en Dallas, con los bolsillos flacos y las ideas fecundas, Puelma partió al Drugstore de Providencia, el primer mall de Chile creado por ambos empresarios en los 60, pensando en que como dueños de Lipigas y de las cadenas DIN y ABC, con negocios bancarios e inmobiliarios en Perú y Bolivia, podrían quizás comprarle una escultura.
“En Chile no sobra nadie”
Bueno, no solo se la compraron. Terminaron organizando juntos un concurso de artistas. Más tarde crearon la mítica plaza del Mulato Gil, al reciclar con galerías, talleres y cafeterías casas viejas de un barrio con particular encanto y después se lanzaron a dos proyectos mayores: el Museo Arqueológico y el de Artes Visuales Contemporáneas (MAVI), que han escrito páginas inolvidables de la vida cultural de las últimas tres décadas. La más temeraria de las iniciativas vino después, el 2003, con el Valle de los Artistas, para completar un conjunto que – a juicio de Santa Cruz – “da una señal de convivencia, porque cuando nos juntamos todos podemos hacer cosas grandes, pues en este país no sobra nadie”.
Coleccionistas tanto de obras de arte como arqueológicas, Santa Cruz y Yaconi –que son cuñados y tienen hijos empresarios literalmente rayados con la cultura selknam o con la obra de Matta–, siempre fueron adictos al bajo perfil. Mientras menos se notaran, mejor. Celosos de su privacidad, poco dados a las entrevistas, y con una tremenda capacidad de delegar en quienes los secundan en estas quimeras (Puelma, Andrea Brauweiler y María José Bunster), tenían claro que el dinero no hacía la felicidad, y partieron juntando piezas arqueológicas por todo Chile hasta completar un millar. De ahí nació el respectivo museo, que hoy tiene unas tres mil piezas etnográficas y precolombinas procedentes de todo el territorio chileno. En su mayor parte, fueron recolectadas por los propios empresarios en una larga travesía por el país y que dio lugar a la exposición itinerante Chile indígena, que recorrió con extraordinario éxito el país y algunos circuitos del extranjero a mediados de los 90.
Del mismo modo, los benefactores de la Fundación Cultural Plaza del Mulato Gil, comenzaron a adquirir arte contemporáneo, asesorados por Milan Ivelic y el propio Puelma. Cuando ya tenían 650 obras y tres colecciones paralelas, decidieron hacer crecer la idea. A mediados de los 90, la colección era un work in progress y en esa categoría viajó como exposición –Chile, artes visuales– por unos veinte países europeos y latinoamericanos. Al regreso de la gira, la dupla Santa Cruz-Yaconi había decidido la creación de un nuevo museo de arte contemporáneo, el MAVI, para albergar y hacer crecer ese patrimonio.