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Artículo correspondiente al número 214 (05 al 17 de oct 2007)
Proyectado por el arquitecto Cristián Undurraga al interior de la Plaza –donde antes estuvo la casa matriz del Mulato, perteneciente al restaurador Ramón Campos Larenas– y con una arquitectura tan interior e íntima como sus propietarios, el museo fue inaugurado el 2001 con un solemne mural de Matta. Y la iniciativa del Valle de Lolol surgió más tarde como una vía para aumentar sus colecciones. En lo básico, el proyecto postulaba un trueque de tierra (parcelas de cinco mil metros cuadrados) por obras originales. La idea funcionó y hoy el museo maneja un catálogo de más de mil 200 creaciones no solo pictóricas, sino también fotografías, técnicas mixtas e instalaciones.
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| Traslatio alter imago, de la artista Patricia del Canto | Obra de Hernán Puelma |
El gran trueque
A comienzos de 2005, una exposición en las cuatro plantas del MAVI puso de manifiesto que el patrimonio visual ahí reunido no obedecía a antojos. Por el contrario, respondía a una línea curatorial coherente, animada por la voluntad de generar un habitat de diversidad y encuentro que permanecerá en la retina de las actuales y futuras generaciones y que ya forma parte del imaginario nacional. Para Santa Cruz, “encierra trascendencia física, valoración de nuestro arte, trabajo e ingenio”. Según él, este canje de tierra por arte es un verdadero canje de magia.
Fue así como las casi 200 hectáreas de eucaliptus ubicadas en Lolol empezaron a poblarse de artistas y Premios Nacionales de Arte. Entre otras figuras, Lily Garafulic, José Balmes, Sergio Castillo y Rodolfo Opazo. Paralelamente, las instalaciones originales se fueron sofisticando con un tranque de aguas medicinales, un spa, un sector de talleres de cerámicas y grabados y una “Casa de los Artistas” que hoy es espacio de acogida y encuentro y mañana podría dar lugar a una galería o museo.
Curiosamente, entre los primeros en construir sus casas estuvieron artistas de mucha edad, como Lily Garafulic, quien eligió el adobe para la suya, o Hugo Marín (77) quien superpuso dos containers mirando el extenso valle. “Creo en la oportunidad de enfrentar la soledad para realizar algo, si tenemos algo que expresar,” señala Garafulic. A Hugo Marín el Valle de los Artistas le recuerda “el Valle del Paraíso y la idea de convertirlo en eso”.
Con franqueza, Bruna Truffa reconoce que siempre el lugar le pareció demasiado alejado de Santiago. Pero admite que cuando vio su luz, el olor que brota de la tierra y cierta humedad que se percibe en el aire, se dio cuenta que ahí estaba “el lugar”. Francisco Gazitúa, escultor que ha vivido casi siempre arriba de cerros donde pueda extraer piedras, le interesó la conjunción entre artistas y paisaje, no obstante que al comienzo Lolol le pareció una gran torre de cristal. Hoy, compara la colonia más bien con una gran bandada de pájaros.
Como directora de la fundación y encargada de los futuros proyectos de Lolol, Andrea Brauweiler no deja pasar fin de semana sin tomar su auto y manejar tres horas de ida y tres de vuelta al valle que conoció en los 80, cuando se vino a Chile desde su Alemania natal. Fue de las primeras en comprar tierras allá. Hoy su objetivo es hacer crecer la infraestructura cultural del Valle, en conexión con el Tren del Vino y el Hotel de Santa Cruz de Carlos Cardoen, pues siente que entre estos polos de atracción hay afinidades importantes. También piensa explotar el bosque de eucaliptus existente en el predio para financiar su proyecto de talleres y clases de cerámica, escultura, dibujo y grabado y de visitas guiadas a los lugares de trabajo de los artistas.
Asimismo, quiere potenciar la infraestructura con la creación de un café, un restaurant, una galería de arte y una tienda. Mientras tanto y desde otra esquina, Puelma decidió negociar con la Armada algunos restos de barcos en desuso, con miras a anclarlos en el Valle de los Artistas. Su idea más reciente es generar nuevas arquitecturas en el lugar.
Eran tierras del secano costero de conejos y garbanzos. Ahora son otra cosa. Son lugares para vivir, para inventar y soñar hasta la eternidad.