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Reportajes y Entrevistas
El trabajo queda

Artículo correspondiente al número 271 (12 al 25 de marzo de 2010)

 

En Concepción, Talca, Colchagua. En cientos de poblados y ciudades hay miles de emprendedores que se están poniendo de pie y sacudiendo el polvo de sus solapas para volver a poner el hombro. Ese es el sino de quienes llevan en la sangre un mandato superior a las, a veces, nefastas fuerzas de la naturaleza: emprender. Desde la VIII Región, por Federico Willoughby.

 

Marcela Jofré, Julián Herman y Alberto Romero no se conocen. Quizás nunca lo hagan o quizás sí, pero eso no importa. Los tres, al igual que la mitad de Chile, sintieron cómo el sábado 27 de febrero a las 3:34 am, y en tan solo 2 minutos, esta parte del mundo se aceleró y tomó rumbo de colisión hacia una catástrofe. Fueron 2 minutos horrorosamente largos que, cuando pasaron, dejaron algo pavoroso y permanente: una zona desamparada, mil sueños hechos añicos y gigantescas dudas sobre lo que viene, sobre nuestro futuro.

A pesar de que no se conocen, lo que une a Marcela, Julián y Alberto es que creen en la gente y, más importante, saben que el destino no está en los terremotos sino que en uno mismo. Y así viven, y para eso trabajan. Y en eso están en este mismo instante, trabajando para superar lo que esos nefastos 2 minutos nos dejaron.

“El pasado es otro país, allí la gente hace las cosas de otro modo”. La frase del escritor L.P. Hartley funciona aterradoramente bien para hablar de esa suerte de nueva Concepción que nació después del terremoto y que por suerte ya empieza a desaparecer para dar espacio a algo más semejante a lo que había antes o quizás –con algo de suerte– algo mejor. Es que la ciudad que surgió en la madrugada del 27 de febrero es una donde el contrato social que nos da seguridad, tranquilidad y orden desapareció y fue reemplazado por una suerte de reality donde cada uno compitió por ganarle al otro. Durante esos días no había vecinos, no había comunidad, no había barrios y mucho menos orden. De otra manera, no se explicaría cómo hasta el martes 2 de marzo, y ya con un despliegue militar importante, en pleno centro de Concepción se podían ver pillajes, robos, asaltos, disparos al aire, persecuciones, mucha confusión y una instalada sensación de que todo se había ido al carajo.

Y es que, claro, a esas alturas en Concepción no había todavía electricidad ni agua potable, ni teléfonos. La seguridad era un lujo y la escasez de autoridad sólo ayudaba a trasmitir la intuición de que el fin había llegado. Y ojo, el vecino Talcahuano no lo hacía para nada mejor: el terremoto y posterior tsunami dejaron al 80% de la ciudad en el suelo. Autos destruídos, tiendas desplazadas físicamente y posteriormente robadas, disparos a metros de distancia de las viviendas, caballos muertos que fueron asesinados para ser faenados y comidos, barcos instalados en pleno centro... eran la postal de una ciudad que era cualquier cosa menos una ciudad.

Y lo mismo Constitución, donde murieron más de 300 personas, Dichato, la costa curicana , etc. Lo cierto es que a pocos kilómetros del epicentro el caos se instaló y, bueno, usted eso ya lo vio por televisión. Pero lo que no vio en televisión tiene justamente que ver con Marcela Jofré, Julián Herman y Alberto Romero. Tres habitantes de Concepción que también fueron castigados por el terremoto pero que entendieron antes que nadie que los terremotos pasan pero el trabajo queda.

En Concepción conversamos con los tres y, más al norte, con el empresario Carlos Cardoen, quienes tras el shock inicial que significó el sismo ya están abocados a levantar sus golpeadas empresas y proyectos. Y no lo hacen movidos por esa suerte de fatalidad con que el mitológico Sísifo levantaba una y otra vez la pesada piedra de su condena, sino que actúan con ganas de salir adelante pese a los recurrentes porrazos que la naturaleza se empeña en asestar a los emprendedores chilenos.

Harina para otro costal

Alberto Romero, gerente general de Pesquera El Golfo, reparte su año entre Talcahuano y Santiago. Pero claro, después del terremoto, no está muy claro que pueda volver a la capital, al menos por un tiempo. Romero llegó al puerto el domingo a comprobar con sus propios ojos la magnitud del desastre. Lo que vio lo dejó helado: la ola había entrado hasta la planta donde se almacenaban los sacos de harina de pescado la hora de los reemprendedores y, al retirarse, los esparció por un radio de 2 a 3 kilómetros. Pero lo peor vino después, cuando aparecieron grupos que empezaron a robar lo que podían y a quienes podían. “Empezamos a repartir unos baldes que teníamos para que la gente pudiera usarlos cuando se entregaran agua o víveres, pero llegó un tipo con un hacha y se los llevó todos”, cuenta desde el edificio de la pesquera, ubicado a pocos metros del puerto, que fue azotado por el tsunami. Ahora está en terreno porque sabe que la gente lo necesita: “es importante que los trabajadores sepan que estoy aquí y que en cualquier momento pueden hablar conmigo. Eso da tranquilidad”. ¿El futuro? “Estamos limpiando, viendo el tema de los seguros, dándole tranquilidad a la gente y esperamos que retornen los servicios básicos. Esta planta debería volver a funcionar en 2 semanas”.

 

Renaciendo de las cenizas

Carlos Cardoen (52 años) camina por el patio resquebrajado de su hotel en Santa Cruz, en el Valle de Colchagua (VI Región), mientras decenas de personas llevan y traen bolsas con ropa y comida. Este es su centro neurálgico, y desde aquí reparte la ayuda para los habitantes de la comuna afectados por el terremoto. El hotel no sufrió daños mayores. El pasado jueves 4 de marzo, un grupo de arquitectos e ingenieros visitó el lugar para hacer una revisión, que resultó bastante positiva. Aunque por ahora se encuentra cerrado, en tres meses podría estar operando nuevamente. Las pérdidas materiales totales de sus propiedades hasta ahora no se han podido calcular. La Viña Santa Cruz también sufrió las consecuencias del sismo, y aunque la producción de este año no se vio dañada, sí hubo pérdidas importantes en las barricas y en algunos estanques. Y Cardoen sabe que se levantará. El museo –que está junto al hotel- quedó con importantes daños estructurales y tendrá que ser reconstruido en su totalidad, “y volveremos con un museo mucho mejor y más bonito”, agrega el empresario, optimista.

 

Hay que moverse

Pasado el terremoto, y consciente de su alcance y gravedad, Julián Herman, uno de los directores de la corporación Acción Emprendedora, no dudó en partir a Concepción a averiguar de primera fuente de qué manera podía ayudar a los microemprendedores que apoya la organización en la zona (donde tienen 2 sedes: una en Coronel y la otra, esta dañada casa de Concepción que se aprecia en la foto. Si bien ésta sufrió algunos daños y durante los primeros días los microemprendedores estuvieron inubicables (la falta de seguridad y los toques de queda no los ayudaron, precisamente), Herman está convencido de que viajar fue lo correcto, porque parte importante de la reconstrucción radica en “armar” a los microempresarios con los conocimientos necesarios, como los que se entregan a través de su corporación. Y habla en serio. No por nada viajó más de 500 kilómetros para dar una mano.

 

A retomar el ritmo

La gerenta general y socia de Robson Berry, Marcela Jofré, facturó el año pasado aproximadamente un millón y medio de dólares enviando berries a Estados Unidos y otros destinos. Y ojo, usualmente desde su fundo en Monteáguila no sólo despacha sus propios productos sino que también se hace cargo de exportar stocks de microempresarios del sector. Dice que tuvo suerte, porque “la fecha de producción es de noviembre a marzo, por lo que yo solamente me quedé con un container de 6 mil cajas en tránsito que no alcanzó a salir por el puerto de San Vicente (ya mandó 12 toneladas) y que todavía puede que salve”, pero la lentitud de la autoridades la tiene preocupada. “Tengo serias dudas de cuánto demorarán en levantar la infraestructura necesaria para poder echar a andar la producción. El ánimo está, la gente también, pero necesitamos que las autoridades reaccionen y levanten al país para que volvamos a producir de manera rápida. Por ejemplo, mi marido tiene una empresa forestal y no sabe hasta cuándo estará parado, lo que es pésimo porque las cuotas del leasing las va seguir cobrando el banco”. Marcela sabe que lo viene no será fácil, pero se tiene fe. Total, ya levantó un negocio y no va dejar que un terremoto se lo bote, aunque sea grado 8.

 

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Comentarios

2 Comentarios

Claudio Reyes :

Publicado Lunes 22 de Marzo, 2010 - 10:00 hrs

Estas historias son una verdadera inspiración. En vez de echarnos a llorar en el piso y sobre la leche derramada, debemos levantarnos y seguir adelante. El camino del ser humano está lleno de pruebas, de las que siempre sale airoso. Esta no debe ser la excepción. Admiro la actitud con la que estas personas enfrentan uno de los momentos más difíciles de sus vidas. Fuerza Chile

Alvaro B. :

Publicado Lunes 15 de Marzo, 2010 - 09:53 hrs

Buen articulo para poder volver a "levantarse"

 
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