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El retiro de nuestro generalkonsul

Artículo correspondiente al número 241 (14 al 27 de noviembre de 2008)



Según reconoce el actual embajador de Chile en Alemania, Alvaro Rojas, Bruno H. Schubert no sólo representó a nuestro país en Hessen y Francfort, sino que fue un gran colaborador durante los gobiernos chilenos de turno. Ese reconocimiento quedó reflejado en dos condecoraciones que le fueron otorgadas: Gran Oficial de la Orden al Mérito de Chile y Gran Cruz de la misma orden. A su vez, su ciudad natal lo nombraría en 2002 como “ciudadano honorario de Francfort del Meno”, una distinción recibida por personalidades de la talla del presidente francés François Mitterand y del canciller alemán Helmut Kohl.



Chile: “sweet country”


Schubert recuerda haber viajado a Chile varias veces. Lo enamoraron Viña del Mar, su brisa marina, la dulzura de su gente y su comida. Pero son sus buenos amigos santiaguinos y porteños los que atesora hasta hoy. “En Chile tenía a mis amigos –recuerda– y en Argentina, algunos negocios”. En los 70 decidió participar en las compañías cerveceras trasandinas Bieckert in Llvall, Schneider y Córdova.

Durante 56 años como cónsul general honorario de nuestro país, Bruno H. Schubert conoció a casi todos los presidentes chilenos. Recuerda, por ejemplo, su primer encuentro con Salvador Allende. “Un hombre muy acogedor, conversador y simpático”, asegura.

Con Augusto Pinochet el contacto fue mayor. En 1973, las relaciones entre Chile y Alemania se enfriaron y gran parte de los dirigentes políticos germanos jugaron un papel activo recibiendo a miles de chilenos como asilados, huéspedes o becarios. Bruno H. Schubert tenía en mente –y “con mucho dolor”– dejar el cargo, pero un repentino llamado del general Pinochet a su despacho le hizo cambiar de opinión. Le pidió que se mantuviera como cónsul general honorario, asegura Schubert, diciéndole que más que nunca se necesitaba gente “descomprometida políticamente que luchara por el bien del pueblo chileno en conjunto”. Schubert aceptó. “Me dio la sensación de estar frente a un antiguo general alemán, tan fuerte y silencioso”, recuerda tras su primer encuentro con Pinochet.

Pero es del comandante en jefe de la Fuerza Aérea, el general Fernando Matthei, de quien conserva la mejor anécdota. Relata que durante una cena en su casa se contaba entre 15 invitados al ex ministro de Relaciones Exteriores alemán e íntimo amigo de Schubert Hans Dietrich Genscher (quien jugó un papel central en la unificación tras la caída del muro de Berlín). Genscher quedó sentado en la mesa junto a Matthei. Después de una hora de conversación en el aperitivo y otra más en la mesa, los invitados comenzaron a despedirse. Fue entonces cuando Genscher le dijo: “oye Bruno, ¿quién es ese joven tan simpático con el que estuve conversando?” Schubert respondió: “pero cómo no te diste cuenta, es el comandante en jefe de la Fuerza Aérea chilena, Fernando Matthei”. Bruno Schubert recuerda que el rostro de Genscher palideció, seguramente no sólo por no haber sabido quién había sido su ameno interlocutor, sino porque era acérrimo opositor del régimen militar.

Schubert se mantuvo colaborando desde su oficina en Francfort durante los distintos gobiernos de la Concertación. Conoció a los ex presidentes Aylwin, Frei y Lagos, pero no a la actual mandataria. “Me hubiese gustado conocer a Michelle Bachelet. Especialmente porque vivió en Alemania cinco años y porque hubiésemos podido hablar en alemán”. Schubert reconoce que nunca fue un impedimento en su trabajo el no saber hablar español.



El fin del cargo



Se entristece cuando le preguntamos si echa de menos el cargo. Y es que en febrero pasado, un dictamen del ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, ratificado por la Contraloría General de la República, determinó que Bruno H. Schubert ya no podría ser más “el cónsul general honorario de Chile en Francfort”. De acuerdo con la Convención de Viena sobre Relaciones Consulares de 1961, el Reglamento Consular de Chile de 1977 establece que los cónsules son honorarios o de profesión –es decir, de carrera diplomática–, lo que no sucedía en el caso de Schubert. La normativa especifica que los cónsules honorarios lo son sólo en esa denominación, razón por la cual no admiten la categoría de “cónsul general”.

Fue así como ante la petición del ex cónsul de Chile en Francfort, Pedro Aguirre, el órgano contralor instruyó a la cancillería chilena para que corrigiera la situación anómala que se producía en el consulado en Francfort. Fuentes cercanas a Schubert reconocen que en un momento existían dos cónsules, pero los privilegios diplomáticos, llámense transporte oficial o inmunidad, eran sólo para él y eso, naturalmente, generaba resquemores.

Bruno Schubert reaccionó con la misma serenidad de siempre, pero no así sus familiares, amigos y la prensa local, que calificaron la decisión de arbitraria. El diario alemán Bild del 17 junio de 2008, tituló Shock por el cónsul general Schubert... Chile le quita el título.

El actual embajador Rojas asegura, en cambio, que “la decisión fue adoptada con el mayor respeto a la dignidad y a la persona del señor Schubert. Por ello –sigue Rojas– apenas asumido como embajador, me informé de los detalles jurídicos y diplomáticos que esta decisión importaba, además de viajar especialmente a Francfort a comienzos de mayo, para entrevistarme personalmente con el señor Schubert en su casa. Le reiteré el reconocimiento de nuestro país y gobierno a su gestión de más de cinco décadas, así como también la ineludible necesidad de modificar su nombramiento. Le hice presente el interés de que se mantuviese como
cónsul honorario, pero sin el calificativo de general, pero el señor Schubert optó por la alternativa de considerar su retiro”.

En verdad, a sus casi 90 años, Bruno H. Schubert está lúcido, pero cansado. Incluso, reconoce que le cuesta moverse por Europa. Hoy sus destinos favoritos están dentro de Alemania.



Entre Francfort y los Alpes


Al margen de la decisión chilena, a Bruno Schubert se le conoce en los estados de Hessen y en Bavaria como el generalkonsul von Chile. Capital viajó hasta los Alpes alemanes para conocer su casona y un zoológico privado que incluye –entre otras especies– unas muy queridas alpacas chilenas. Es un recorrido de unos 500 kilómetros entre Francfort y Berchtesgaden; sí, la misma ciudad alpina donde Hitler tenía su nido de águilas.

La belleza y armonía natural del lugar impresionan, pero más llamativa es la inesperada y calurosa bienvenida de los citadinos. Grüss Gott! (saludos a Dios) repiten cada vez que se cruzan: un distintivo saludo de esa región alemana de mayoría católica. Apenas preguntar por la dirección de Bruno Schubert, una de las dueñas de las docenas de hosterías típicas que hay en el lugar lo reconoce y dice Ja! der generalkonsul von Chile.

A la entrada de su hogar figura una recepcionista que viste un riguroso y colorido traje típico bávaro. Habla en alemán, pero es rumana. Y es que entre sus empleados, Schubert cuenta con una mayoría de inmigrantes. Miguel Gómez es mexicano y uno de los que mantienen la casona en medio de las imponentes montañas. A sus 29 años asegura que “pese a que estudié Derecho en Veracruz me vi obligado a emigrar, se me ha hecho muy difícil especialmente por el idioma, pero la familia Schubert me dio la oportunidad de trabajar en este oficio y seguir con mis estudios”.

¿Y las alpacas? Pues ahí están, visibles desde una de las ventanas del inmueble, muy abrigadas, calmas y, sobre todo, bien chilenas, tal cual como se las llama, porque no tienen nombre específico. Ellas, junto a unas mil especies animales, viven en un jardín colosal que bien merece ser declarado parque natural. Queda claro que esa es la otra cara de este alemán: la pasión por la naturaleza.

Tanto así que 1983 creó la Fundación Bruno H. Schubert para incentivar la preservación del ecosistema. El primer premiado de una lista de conservacionistas internacionales por el organismo fue el mismísimo Jacques Cousteau. Hoy la entidad es la institución privada conservacionista más importante de Alemania y anualmente entrega miles de euros en incentivos económicos, especialmente a quienes trabajen en el sur de América o en Chile, para ser más exactos.

Este año, su fundación premió aquí en Francfort a Douglas Tompkins y Kristine McDivitt-Tompkins por su Parque Nacional Pumalín. Bruno Schubert cuenta que “recibí buenas informaciones acerca del trabajo del señor Tompkins en Chile de parte de mis asesores”, pero de los problemas con el ecologista norteamericano no supo hasta después del premio y por la prensa, asegura.

El reciente premio, confirma –de paso– que Bruno Schubert no pretende retirarse aún de la vida social alemana. Muy por el contrario, mantiene activa su oficina, atiende citas y recibe en su casa de Francfort a distintos actores del quehacer político, económico, social y cultural del país y del mundo. El vino y las uvas de Chile, dice, seguirán en el menú.

 

 



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