Bienvenido, te encuentras en Inicio arrow Reportajes y Entrevistasarrow El retiro de nuestro generalkonsul

Reportajes y Entrevistas
El retiro de nuestro generalkonsul

Artículo correspondiente al número 241 (14 al 27 de noviembre de 2008)

 

Uno de los diplomáticos de oficio más experimentados del mundo es alemán y trabajó para Chile. El ex cónsul general honorario de nuestro país en Francfort, Bruno H. Schubert, conversó con Capital en plenos Alpes alemanes. Desde sus “misiones diplomáticas” hasta su destacada experiencia como cervecero. Por Jenny Pérez, desde Francfort, Alemania.


Quién es Bruno H. Schubert sino la historia de un desafío, muy parecida al dramático devenir de su país. Nació el 25 de octubre de 1919. Fue el mayor de ocho hermanos de una acaudalada familia de Francfort del Meno. Su destino estaba echado, al menos en lo que concernía a su padre, quien desde muy temprano lo educó para que se hiciera cargo del negocio de la familia y también su orgullo: la cervecería Henninger. Bruno conoció a muy temprana edad “los secretos para producir la buena cerveza”, ese importante ingrediente de la identidad alemana. Pero eran en verdad la naturaleza, los animales y, sobre todo, escuchar atentamente las conversaciones de cuanto invitado acudiera a la casona de sus padres en Sachsenhausen, los que despertaban su interés. Libros sobre su vida lo describen como “un niño reflexivo y siempre serio”. Seguramente, Bruno no sabía que la instrucción de “escuchar y después hablar” se convertiría –años más tarde– en su gran herramienta laboral.

Como a todos los europeos, su vida quedó marcada por la guerra y el renacer alemán. Durante la secundaria vio cómo su escuela, la Adlerfl ycht-Schule, fue bautizada por los nazis como la “Adolf-Hitler-Schule”. Más tarde, el joven Bruno fue llamado a las filas e ingresó a la Luftwaffe en Hessen, como auxiliar de una base de artillería antiaérea.

Los detalles, como la mayoría de los alemanes, hoy los prefiere olvidar. Sin embargo, asegura que “guarda en la retina” imágenes de destrucción y caos. De hecho, la casa familiar, pintada en 1928 por el vecino y amigo de la familia Max Beckmann, fue también bombardeada por los aliados, como casi todo Francfort del Meno en la II Guerra Mundial.

Cayó el nazismo. El país en pedazos y la amargura de lo su cedido hicieron que Bruno aceptara el que se trazaba como su inexorable destino: hacerse cargo de la cervecería. En el convulsionado 1945, pasó a ser miembro del consejo directivo del grupo Henninger-Bräu AG, del que once años después sería propietario.



Cerveza y socialité


Hacia 1956, Bruno H. Schubert conducía, en pleno apogeo económico alemán, los destinos de un negocio fundado en 1655. El nombre de la marca se debe al fundador de la cervecería moderna de 1869: Heinrich Christian Henninger.

Pero fue durante la gestión de Schubert que la cervecería alcanzó su mayor expansión dentro y fuera de Alemania. Para muestra, un botón: la cerveza Henninger era la favorita de Colin Powell cuando era un joven coronel de las fuerzas de ocupación estadounidenses en Francfort. Schubert recuerda que años más tarde, ya como secretario de Estado de Estados Unidos, el mismo Powell entregó al ministro de Relaciones Exteriores alemán, Joschka Fischer, una caja con botellas de Henninger vacías. Increíblemente, Powell le pidió a Fischer que por favor se las devolviera llenas.

La marca es sinónimo de prestigio y su Henninger Turm (Torre Henninger) en una de las colinas de Francfort forma parte de la identidad de la pujante ciudad de negocios hasta el día de hoy. Su más eficaz estrategia de marketing a nivel mundial para la marca fue instaurada en 1962 y sigue plenamente vigente. Se trata del World-Cup Rund um den Henninger Turm, una carrera de ciclismo que congrega a deportistas de hasta 40 países de los cinco continentes.

Su fama de empresario infalible fue creciendo junto con la de “rompecorazones”. El reconocido escritor alemán y amigo Hilmar Hoffman escribió en su libro sobre la vida de Bruno Schubert Der Ehrenbürger (El ciudadano honorario) que en 1947 nació fuera del matrimonio su único hijo hombre: Peter Nerger. Su madre, Elinor Nerger, era una bella mujer relacionada al mundo diplomático de aquel entonces. Le llamaban La Rosa de Berlín.

Pero Bruno había escogido para casarse a la espléndida socialité alemana Inge Schubert, con quien en 1941 tuvo una hija: Renata. En 1965, la fortuna de Bruno H. Schubert estaba avaluada en 165 millones de marcos alemanes y su hija era ranqueada entre “las niñas de oro”, como una de las herederas más codiciadas de Europa... pero falleció a los 25 años, víctima de la influenza.

Como uno de los empresarios más exitosos de la época y reconocidos millonarios de la Alemania Federada, Bruno H. Schubert entró de lleno en la vida social y política de su país. Amigo del Principado de Mónaco, un día era convidado por el presidente de Israel Yicsac Rabin y al otro asilaba en su casa al presidente Suharto de Indonesia, asediado por las protestas tras una visita en Holanda.

Su elocuencia y prusiana seriedad le hicieron conocido y reconocido por todos. Por esos días en que el mundo estaba siendo sometido a nuevas pruebas, Bruno H. Schubert decidió comenzar un camino paralelo al de empresario: el de diplomático.



La metamorfosis y Chile


Era la Alemania biestatal los años 50. Los alemanes, bajo la tutela y el atento escrutinio internacional, estaban divididos entre la República Federal de Alemania, vinculada a las potencias ocupantes estadounidense, francesa y británica; y la República Democrática Alemania (RDA), vinculada a la entonces órbita soviética. Como ya se sabe, sólo una de ellas recibió una segunda oportunidad democrática tras la derrota del nazismo: la occidental.

Una de las tareas prioritarias de esta Alemania era recomponer lazos e integrarse tanto como fuera posible a occidente. Volvían, entonces, los tiempos de la diplomacia con todas las naciones; también, con Sudamérica y Chile. Este último, pese a haber suspendido sus relaciones con el eje Berlín-Roma-Tokio de entonces, había sido uno de los países que no habían declarado la guerra a Alemania. El hombre comisionado para retomar los lazos fue el mismo Bruno H. Schubert.

En 1950 integró de una delegación para restablecer los lazos con Venezuela y en 1952, con Cuba. Fue tras arribar de La Habana cuando el gobierno alemán le pidió “hacerse cargo de Chile”. Bruno H. Schubert recuerda que fue el propio presidente Theodor Heuss (1949-1959) quien le encomendó la misión. Heuss le dijo: “necesitamos a un gran comunicador para un gran país: Chile”. Eran los tiempos del canciller Konrad Adenauer y de sentar las bases de una nueva Alemania.

Por aquellos años dirigía los destinos de Chile Gabriel González Videla. “Un señor muy agradable”, recuerda Schubert. Y fue de manos del mandatario que, en 1952, recibió el nombramiento como cónsul general honorario de Chile en Francfort. Desde allí, señala, cumplió una gestión de más de medio siglo destinada a restablecer las relaciones binacionales en todos los ámbitos.

Schubert recuerda que su casa acogió a todos los embajadores que Chile acreditó ante la República Federal de Alemania. Desde su mesa, asegura, tratábamos de “arreglar el mundo y, también, de comprenderlo. Abordábamos todos los temas que pudieran fortalecer las relaciones chileno-alemanas”. Schubert recuerda con especial atención el intenso lobby realizado para alcanzar los derechos de aterrizaje aéreo de Lan Chile en Francfort, cuyo éxito llegó a finales de los años 70.



Comenta este artículo

Nombre
:
Email
:
URL
:
  (Opcional)
Código Verificación Capital.cl

Comentarios

0 Comentarios

 
IAB ChileCertifica.com