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Artículo correspondiente al número 207 (29 de jun al 12 de jul 2007)
José Miguel Izquierdo cree que el desalojo, no por la fuerza sino por la razón, se está imponiendo. Ve al país sin conducción y a los partidos paralizados por la dispersión. Pese a eso, dice que la Alianza se encamina hacia la institucionalización, en parte gracias al ánimo ganador que rodea la opción de Piñera. Eso sí, considera muy arriesgada la estrategia del endurecimiento opositor.
Por Cony Stipicic H. Fotos, Enrique Stindt
José Miguel Izquierdo piensa que las cosas no están funcionando en Chile como debieran. Y por lo mismo recomienda empezar pronto a vitrinear con miras a cambiar de régimen político. A uno semi presidencial a la francesa, por ejemplo, ojala con un parlamento unicameral. O a un presidencialismo más débil como el estadounidense, donde la posibilidad del presidente de influir en la agenda legislativa es mucho menor que la que tienen los mandatarios en Chile.
Cientista político del Instituto Libertad (el think tank de Renovación Nacional), Izquierdo (34) se ha transformado en uno de los adalides de las ideas aliancistas en el mundo del análisis político. Escribe columnas, participa en foros y en el programa de TVN Estado Nacional. Aquí, su aguda mirada de la coyuntura.
-Defina el estado de la política…
-Sin conducción. Cuando falta conducción real en un sistema presidencial las partes se dispersan con mucha claridad, sobre todo cuando tenemos un sistema tan presidencialista como el nuestro. El presidencialismo chileno es el más fuerte de la región después de Ecuador y Perú. Somos casi el tercero más fuerte del mundo. De hecho, creo que el régimen político está haciendo agua y que se acerca el momento de debatir un cambio.
-¿Cuánto afecta esa falta de conducción a los partidos y sus coaliciones?
-A la oposición también la afecta, porque la agenda política la debe marcar el presidente de la República y en ausencia de ésta no existe la posibilidad de prepararse como alternativa, de ser oposición propositiva, que es lo que más se le demanda en estos momentos.
-¿Será que la presidenta no tiene agenda o que la contingencia continuamente la está sacando de los ejes de su gobierno?
-Michelle Bachelet desafía la forma en que las elites asignan poder y eso viene desde la campaña, con el desafío puesto en la paridad y en la sillita musical, para que nadie se repitiera el plato. Eso implica limitaciones a la forma de ejercer el poder, a las libertades de la misma presidenta; implica un reemplazo no generacional sino de grupos políticos del PS, facciones que están en una competencia muy clara: Carlos Ominami vs. Camilo Escalona. Luego viene una formación de equipos muy herméticos que impiden a los partidos percibir los beneficios de participar en coalición. Pero cuando los actores políticos dejan de percibir esos benefi cios, se dispersan y la coalición se debilita. El secreto es un recurso de poder muy importante que se ha exacerbado y ha hecho que la presidenta carezca de redes de confianza.
-Pero siempre supimos que ella era así. Probablemente muchos la eligieron por ser “distinta”.
-La presidenta es un fenómeno de opinión pública. Un fenómeno que la clase política más bien padece que ejerce. Entendámonos: ella no es alguien de sus filas que hace carrera y llega al poder. No es una Angela Merkel. Bachelet nace junto a Lagos, pero también como reacción a Joaquín Lavín: Lagos quiere contrarrestar el cosismo de Lavín con el término de las colas en los consultorios en tres meses. Era una meta imposible de conseguir pero Bachelet recibe el perdón y desde ese momento empieza a crecer. Luego se va a trabajar con los militares que asesinaron a su papá y también comienza a encarnar modernidad: mujer separada, que saca adelante a sus hijos y genera un gran efecto de solidaridad de género, que es lo que mejor explica su elección, donde las mujeres igualaron las preferencias de los hombres. Hoy día estamos viendo una cosa bien paradójica: tenemos a una presidenta muy querida y con mucha plata, pero que sin embargo es mal evaluada por la ciudadanía. Aunque cuando se tienen esos dos primeros activos es muy difícil perder popularidad, como le está ocurriendo a Bachelet en estos momentos, el hecho es revelador de fenómenos políticos más de fondo y que pueden estar relacionados con las condiciones que se tienen que dar para que Sebastián Piñera sea presidente.
-¿Cuáles son?
-Primero, la superación de los alineamientos tradicionales de autoritarismodemocracia. Por mucho que el gobierno se esfuerce en reagrupar a su electorado en torno a temas que entran en esa lógica, lo cierto es que no logra sostener la impopularidad que genera un mal gobierno. La encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP) mostró en diciembre un debilitamiento en la solidaridad de género, es decir, la probabilidad de que las mujeres apoyaran a Bachelet en diciembre de 2006 era más baja que en diciembre de 2005. Entonces, podría ocurrir que hubiese una revalorización de lo racional, de los atributos de capacidad respecto de los subjetivos, que son características de la personalidad. Si las capacidades se imponen como el principal valor a la hora de configurar las preferencias individuales hay un escenario más positivo para la Alianza y para Piñera, que se plantea en esa racionalidad.
-¿Rumbo a qué puerto ves que va el gobierno?
-Bachelet recibe de Lagos la orientación hacia la socialdemocracia, que consiste en la reivindicación del Estado en el cumplimiento de funciones básicas, ahí donde la cultura liberal lo había borrado. Hablar hoy día de que el Estado es la solución de los problemas de la desigualdad no es una afrenta al dogma. Y ella debe construir sobre ese cimiento, lo que no ha podido hacer en un año y medio, en que nada se ha consolidado. El puerto al cual debe llegar Michelle Bachelet es la consolidación de la obra de Lagos. Si no logra hacerlo, mata a Lagos. Y por ahora no vemos la capacidad de crear institucionalidad en torno a este gran concepto que es la relegitimación del Estado en la vida pública.
-¿Y rumbo a qué puerto iría la Alianza?
-Hacia la institucionalización, y ésta se genera cuando se fortalecen las expectativas de alcanzar el poder. En esa medida Piñera se podría parar mejor frente a la ciudadanía, superando la polaridad autoritarismo-democracia, avanzando de lo subjetivo a lo racional y consolidando la percepción de que la Alianza podría ganar. La expectativa de triunfo contribuiría a disciplinar a la Alianza, acotando sus diferencias en dirección a una alternativa de gobierno que no es solo una figura sino también un programa. La política tiene tres grandes riesgos –confl ictividad, ineficacia y corruptibilidad– y los tres están siendo encarnados por la Concertación.
-¿Cree en el desalojo?
-Creo en El desalojo: Por qué la Concertación tiene que irse el 2010, que es el título completo del libro de Andrés Allamand. Creo en la fuerza de la razón y del sentido común. Si el sentido común nos decía que el año 88 era mejor votar que No, hoy día hacerlo por la derecha parece más claro que antes. El mal gobierno se está notando en todo y no solo en el Transantiago. La Concertación ha defraudado repetidas veces y en distintos ámbitos a su electorado más duro.