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Artículo correspondiente al número 273 (9 al 23 de abril de 2010)
No están detrás de los grandes negocios, sino que encima de ellos. Los abogados tienen tal injerencia en el mundo empresarial que hoy es impensable su ausencia en las mesas de negociaciones. Así de fuerte es su poder, como también lo es la competencia entre ellos. Por Sandra Burgos; ilustraciones, Ignacio Schiefelbein.
En cosa de 20 años los abogados pasaron de ser consultores y ejecutores de contratos legales a convertirse en las estrellas de cada negocio que se cierra en Chile. Ya no interesa sólo quién compró, vendió o fusionó una empresa, sino que también importa quién articuló la operación desde el plano legal.
Y cuando decimos esto, no hablamos de una falla en el sistema. Hablamos de un proceso que tiene su lógica y fundamento, ya que en Chile la abogacía se ha americanizado en los últimos años. La apertura internacional y el modelo de libre mercado han vigorizado el rol de la industria legal en el quehacer empresarial. El arribo de multinacionales y la salida de nuestras corporaciones al exterior terminaron dejando atrás cierto provincianismo y estableciendo rigurosos estándares globales.
“La apertura de los 80 no sólo significó la irrupción de nuevos negocios, sino tambiénunacomplicacióndelosmismos. Apareció mucha regulación y las empresas comenzaron a requerir abogados que entendieran de negocios y a éstos se les empezó a exigir que llevaran toda la complejidad regulatoria que los economistas no entendían ni les interesaba entender”, explica Patricio Prieto, socio fundador de Prieto y Cía.
La especialización de la prensa también incidió en este proceso. Las transformaciones económicas dieron forma a un ciclo hiperactivo de negocios dentro del cual comenzó a tomar forma una nueva casta de empresarios. Eso llevó a los medios a querer conocer y dar a conocer a estos empresarios, lo que a su turno terminó sacando a escena a los abogados, ya que tras cada operación realizada había una sofisticada ingeniería societaria que nadie más que un jurista podía entender.
“Con la ola de inversiones que vino a Chile fue necesario contar con asesores que se movieran con los mismos o similares parámetros que en Estados Unidos. La forma de trabajar de los estudios en proyectos de inversión, negocios y compras de empresa también varió. El esquema de un solo abogado consultor quedó obsoleto, y cobraron forma los equipos asesores, grupos altamente involucrados en el negocio y con capacidad de ejecución. Eso obligó a los estudios a crecer y especializarse en diferentes áreas”, anota Paulo Larraín, de Noguera, Larraín y Dulanto.
Luego, en los 90, con los ADR y la oleada de empresas chilenas yendo al mercado de capitales norteamericano, cobró forma una nueva fase de especialización en los estudios jurídicos. Se trata de un proceso que no ha terminado, ya que la dinámica de los negocios ha seguido evolucionando con nuevas formas de financiamiento, fusiones y adquisiciones, tratados internacionales, etc. Todo ello ha puesto un nuevo nivel de exigencia al quehacer de los bufetes; los cuales, por cierto, han sabido responder.
Intensa competencia
Tras estas dos décadas, el mundo legal ya no es el mismo. El mercado se ha tornado competitivo, sofisticado y, por qué no decirlo, hasta glamoroso. La profesionalización de los bufetes para constituirse en verdaderas empresas legales ha revolucionado a tal nivel la industria, que hoy los grandes no se conciben sin un gerente o un socio administrador preocupado de hacer que el negocio sea rentable.
Pero se vienen más movimientos. Los clientes ya no se entregan ciegamente a los brazos de sus asesores legales. Lo que antes era visto como de mal gusto, ahora se ha tornado cotidiano: los clientes vitrinean, cotizan, reclaman rapidez y prudencia. Y si el sistema de pago por hora ya no les acomoda, exigen otros como, por ejemplo, que se les establezca un fijo y un variable sujeto al éxito de la operación.
Las licitaciones, antes impensadas, comienzan a aparecer y los que en los 90 eran sofisticados contratos, ahora son commodities. Aunque no guste, las licitaciones se han convertido en una tendencia. “Una emisión de bonos es hoy un commodity, porque no requiere demasiada ingeniería legal y los clientes lo saben. En general, a las empresas lo único que les interesa es lo barato y ahí lo más probable es encontrarse con que sometan a los estudios a licitaciones en las que terminan definiendo por precio, sin importar experiencia ni credenciales. Otra cosa es el financiamiento por parte de los bancos. En su caso, saben con quiénes tienen que trabajar, porque es un área donde lo barato después puede costar caro”, advierte Guillermo Morales, socio de Morales & Besa.
Como sea, las licitaciones llegaron para quedarse. Es más, lo más probable es que este sistema termine abarcando otros temas más allá de las emisiones de bonos. De hecho, ya las aperturas a bolsa están progresando por este derrotero. Pero no sólo eso: se plantearon también licitaciones en temas específicos, como los ambientales, y en éste ámbito lo que hacen las empresas es convocar a dos o tres estudios expertos en tales temas. Esto ha llevado a que los bufetes comiencen a pelearse entre ellos o a compartir algunos asuntos con sus competidores.

En el sector creen que este nivel de competencia abre espacio a nuevos estudios, especialmente aquellos que logren especializarse o convertirse en boutiques –que no es lo mismo que un estudio chico–. Es en este plano que las áreas de litigios y laboral asoman con fuerza en términos de potencial, ya que es mucho más factible llegar a un cliente ofreciendo servicios especializados de esas materias que ofreciéndose para asuntos relacionados con corporate finance.
“Los estudios boutique son oficinas con pocos abogados, pero que se concentran en una sola área del ejercicio, como litigios o conflictos. Son oficinas preparadas para asumir, con amplia ventaja, cualquier defensa, ya que funcionan como trajes a la medida para el cliente, y toda la firma gira en torno a la defensa de sus intereses. Las oficinas chicas, en cambio, se dedican a una amplia gama de servicios, sin distinguir ni discriminar si asesoran corporativamente, si toman juicios civiles o criminales, etc. De este modo, si bien tanto la boutique como la chica son oficinas con pocos abogados, la primera se diferencia en la especialidad, la experiencia y la calidad del servicio”, expone Raimundo Labarca, socio de Vergara, Labarca & Cía.
De ahí el éxito de bufetes como los de Alvaro Ortúzar y Carlos Concha, de Pablo Rodríguez, de Pedro Pablo Gutiérrez, de Davor Harasic, de Felipe Bulnes y Vergara, Labarca & Cía., que si bien no aparecen en los deal financieros, son número fijo cuando los conflictos suben de temperatura.
En definición
Así como algunos estudios ya trabajan bajo el esquema de full service y boutique, hay otros que están en franco proceso de revisión de su actividad.
Algo de eso es lo que hizo el año pasado Bofill, Mir & Alvarez, Hinzpeter, Jana, al acordar fusionarse. El crecimiento explosivo que venía experimentando desde sus respectivas formaciones no le dejó otra alternativa que juntar talentos para convertirse en uno de los cinco bufetes más grandes de Chile. De hecho, acaba de pasar al cuarto lugar, con tres abogados más que Philippi, Yrarrázaval, Pulido y Brunner.