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Artículo correspondiente al número 199 (09 al 22 de mar 2007)

La historia de Claudio Bunster daría para escribir una novela. No solo por su historia, por sus orígenes, por su carrera en el extranjero, por lo que ha hecho en Chile o por los reconocimientos que ha alcanzado. También porque este físico teórico doctorado en la Universidad de Princeton y Premio Nacional de Ciencias Exactas se ve a sí mismo como el protagonista de una gran serie de aventuras donde la ciencia se funde con la patria y el conocimiento con la pasión.
Por Lenka Carvallo
“Esto para mí es la realización práctica de las novelas de Salgari que leía cuando chico, libros de piratas, de aventuras. Es felicidad pura”. Así resume Claudio Bunster su travesía desde la creación del Cecs, el Centro de Estudios Científicos de Santiago. La entidad, que en realidad queda en Valdivia, ha sido su trasatlántico, su refugio, campamento base por espacio ya de doce años.
Porque eso es él: un físico teórico con alma de aventurero. Un aventurero empeñado “en ir moviendo las fronteras”, como a él le gusta decir. Lo acompaña la pinta: pantalones color caqui, un reloj potente que sirve para bastante más que ver la hora, la piel curtida por el sol y unos ojos celestes, agudos, penetrantes que a ratos se ven tranquilos, pero que se pican como mar en tormenta.
Le gusta verse a sí mismo en las fronteras del riesgo. Mejor dicho, le gusta sentirse protagonista, liderar cosas grandes, volar en altura, rodearse de gente interesante. Sentirse como han de haberse sentido Davy Crockett, Roald Amundsen o Marco Polo. Sus exploraciones a través de este buque llamado Cecs van dejando atrás una estela que acumula intuiciones certeras, proezas científicas, proyectos audaces, misiones incluso futuristas. Desde experimentos genéticos sobre ratas vivas y hasta oscuros sondeos matemáticos sobre los misterios del Universo.
No es menor que la historia de Bunster dé como para escribir un libro. Físico teórico con un doctorado en la Universidad de Princeton, tiene una trayectoria académica que acumula reconocimientos, condecoraciones, logros y distinciones, además del Premio Nacional de Ciencias Exactas 1995. Sin embargo, este hombre criado en el seno de una familia comunista y que vivió la represión política, desentrañó hace poco su pasado y descubrió que su padre no era Volodia Teitelboim, sino el abogado Alvaro Bunster, con quien su madre tuvo un importante amor.
De una manera u otra, todo esto está inscrito en la trayectoria del Centro de Estudios Científicos de Santiago. Un centro que no obstante su trayectoria recién fue inaugurado en enero. “La hicimos porque ahora el buque está con todos los sistemas operacionales, está completo, terminado”. La ocasión reunió a varios premios Nobel, con eminencias del mundo científico, amigos y también con la presidenta Michelle Bachelet.
Tres son las áreas de acción del centro: biología, física teórica y glaciología. Son áreas de perfil futurista. En biología sus investigadores establecieron la primera unidad de genómica funcional “de nivel de primer mundo en América del Sur” que permite manipular el ADN de los ratones, de un código genético muy similar al humano (93%). El bioterio del centro permite aislar completamente a los animales del contacto exterior, garantizando manipulaciones ciento por ciento puras. Claro que han debido pasar por dificultades exóticas... “De pronto empezaron a infectarse los ratones del bioterio porque los guarenes del río eran atraídos por el olor que salía por los tubos de ventilación y lo contaminaban todo con sus gérmenes. ¡Y eso no estaba en ninguno de los manuales!”.
En física teórica el actual desafío del centro es develar los dos más grandes misterios del universo. “Los científicos siempre nos hacemos una gran pregunta: por qué existe algo en vez de existir nada. Y la otra es que, existiendo ya algo, por qué en el universo hay estructura, porque lo más sencillo sería que la materia estuviera distribuida homogéneamente, co-mo un gran queso grande, parejo. Sin embargo no es así y la mayoría del espacio está vacío. La materia está repartida en galaxias, concentrada en islas, lo cual es muy raro. Y ahí nosotros estamos generando una proposición que no está validada aún. En este trabajo colabora Frank Wilzeck, premio Nobel que habló en la inauguración del Cecs. Es una proposición hermosa y audaz, que nos apasiona”.
Con todo, ha sido en el área de glaciología y cambio climático donde los retornos del centro han sido de mayor visibilidad. La historia de cómo se acopló este tercer ámbito de investigación es una anécdota que le encanta: “Yo iba en un buque como asesor científico de Eduardo Frei a Campos de Hielo. Y como parte del trayecto lo hicimos en un helicóptero, al sobrevolar la zona vimos una gran sábana clavada al suelo, con su frecuencia de radio escrita, lo que es una señal de que alguien pide ser rescatado. Cuando bajamos vi a un personaje barbudo: era Andrés Rivera. En el campamento lo primero que me dijo fue: podríamos hacer algo juntos. Así surgió el área de glaciología. A lo mejor hay que andar más en buque”, se ríe.
Fue la misión a la Antártica Occidental, que en el 2002 emprendieron junto a la Armada y la Nasa, lo que los consagró como jugadores de primera línea. “Este es un sector de muy difícil acceso, está lejos de todo: 1.520 millas náuticas, 3 mil kilómetros desde Punta Arenas, el alcance justo para un avión P-3 de patrullaje antisubmarino. Entendámonos: es muy ¡muy lejos! Solo teníamos un 5% de margen para llegar y devolvernos sin poner jamás un pie en tierra, porque en eso consistía el trabajo. Muy arriesgado, pero lo habíamos organizado responsablemente, con comida para 20 días si es que había que aterrizar de emergencia. Pero son las cosas que hay que hacer para estar en el primer mundo. No vale la pena sacrificarse por menos”.
El objetivo de la misión fue verificar en terreno alarmantes tomas satelitales que sugerían que una gigantesca sección de hielo en el Mar de Amundsen podría fracturarse y caer al mar. “Estamos hablando de un pedazo grande. De producirse el cataclismo, bueno… el mar subiría hasta taparle al ombligo a la Estatua de la Libertad. Estoy exagerando, por cierto. Lo importante es que la misión consistió en verificar eso que había sido visto por satélite”.
-¿Y qué constataron?
-(Se pone serio) Hay que ser muy cautelosos, no crear falsas alarmas, pero los resultados tienden a indicar que la situación es mucho más inestable de lo que se pensaba... O sea, es muy posible que de aquí a 50 años este gran trozo de hielo caiga a raíz del calentamiento global, lo que incrementaría significativamente las proyecciones de aumento en el nivel del mar. Se trata de una de las zonas más sensibles del continente helado, donde se esperan cambios importantes, eventualmente muy dramáticos, en las próximas décadas.
Son palabras que ponen los pelos de punta. Bunster lo sabe y por eso adelanta una nueva misión para el verano del 2008. Será en conjunto con la Nasa, el Instituto Federal de Geo Ciencias y Recursos Naturales, Alemania, y el Instituto Paul Scherer de Suiza. Sin ir más lejos, representantes de cada uno de estos centros estuvieron hace poco en Chile, a raíz de la inauguración del Cecs. Junto a Gino Cassasa y Andrés Rivera, directores de glaciología, partieron luego a un seminario a bordo del buque Aquiles por los canales del sur. Allí, con el paisaje incomparable como telón de fondo, decidieron unirse para una serie de tareas. La primera, la puesta a prueba del radar aerotransportado para penetrar hielos templados, que el Cecs estrenó a fines de 2006, lo que representa todo un hito en la historia de la institución. Sus verificaciones se confrontarán con las que acusa el de la propia Nasa. El radar fue desarrollado en conjunto con la Armada. “La idea es que los proyectos que vengan sean al más alto nivel”, dice Bunster al hablar de este socio estratégico.
Andan tras otras verdades que hasta ahora no han podido confirmar. Quieren conseguir “testigos” de hielo templados en latitudes medias de más de 200 años, porque aportarían información relevante para calibrar los modelos de cambio climático en ese sector del mundo. Por último, llevarán adelante la segunda etapa del estudio del lago subglacial Ells-worth, esta vez con el apoyo de consorcios y universidades británicas.
El tema del cambio climático ha tensionado al centro, que de hecho participó en la elaboración del informe difundido en enero por la ONU y que advirtió de giros dramáticos para el planeta de aquí a los próximos años. El tema dio para titulares alarmantes y dramáticas intervenciones de prominentes líderes internacionales. Bunster tiene un pálpito: “Estamos en una época en que la humanidad ha estado desprovista de causas nobles que logren capturar el anhelo colectivo de mejorar el mundo. Eso se nota mucho en los jóvenes, que son mucho más pobres en sueños que mi generación. Antes existían asuntos verdaderamente trascendentes a nivel planetario, que iban más allá del barrio, del país. Que en retrospectiva no hayan resultado, es otra cosa”.
-¿Quiere decir que la falta de causas colectivas a nivel político ha cedido terreno a la inquietud medioambiental?
-Sí. Hoy tenemos conciencia de que podemos estar afectando significativamente el destino del planeta. Y eso va más allá de una preocupación técnica o científica: también suministra un sueño colectivo internacional. Por eso es tan potente. El cambio climático es algo que lo puede percibir cualquiera. Es muy inmediato, está en el aire... Y esto es muy afortunado porque es una causa noble que lo trasciende todo: ideologías, nacionalidades, razas... Todo es global: el calentamiento, la causa y también el anhelo de la humanidad de participar en algo. Esta es una gran oportunidad para la humanidad, si lo hacemos bien.
-¿Por eso entonces figuras como Al Gore, Tony Blair e incluso de acá están abrazando esta causa?
-Por cierto. El tema medioambiental es por un lado políticamente responsable, pero también políticamente astuto. Resulta bastante más fácil para un político enarbolar esta bandera cuando no está en el gobierno –y estoy hablando de cualquier país– que sí lo está. Al final el equilibrio responsable entre las necesidades de la gente y la preservación del medio ambiente no es nada de fácil.
-¿Cómo analiza este proceso dentro de Chile?
-Hay una movilización mundial no de protesta, sino que de tomar conciencia del problema, de informarse bien, de ver qué cosas se pueden hacer y buscar equilibrios para no caer en extremismos. Y mientras más seamos parte de este esfuerzo, mayor eco habrá localmente. El único lujo que no podemos darnos es ser indiferentes.