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El paí­s, el pie y las cuotas

Artículo correspondiente al número 213 (21 de sept al 04 de oct 2007)

En los últimos años se produjo una explosión de tarjetas de crédito y préstamos de consumo. Así como la liquidez se hizo sentir en los mercados de bonos y acciones, también se hizo presente en los bolsillos de los chilenos. Hoy la deuda de consumo suma casi 25 mil millones de dólares y si bien no se puede hablar de sobreendeudamiento, hay quienes creen que se alcanzó a una frontera. De aquí en más, hará falta colaboración y no confrontación entre bancos y multitiendas, más educación de los clientes y más información de los segmentos de bajos ingresos, las estrellas emergentes.Por M. Angélica Zegers y Roberto Sapag.

 

Los datos abundan y apabullan. Solo como punto de partida digamos que entre 1996 y 2005 el número de tarjetas de crédito activas en la banca subió de 2 a 3 millones. Es decir, nueve años le tomó al sistema activar un millón de tarjetas. El año 2005, sin embargo, marcó un punto de inflexión, ya que en ese y el siguiente el crecimiento ha sido a razón de un millón de tarjetas por año, antecedente ilustrativo de lo que ha estado pasando en el febril mercado del dinero plástico y, por cierto, en el de los créditos de consumo.

 

Cuando era ministro de Hacienda, Nicolás Eyzaguirre patentó el término: “la fi esta del consumo”. Fiesta y carnaval, a la luz de los antecedentes. Evaluaciones de la Cámara de Comercio de Santiago, por ejemplo, indican que hoy en Chile más del 70% de los bienes durables se adquieren a través de créditos de consumo; que la deuda de las personas acumulada por este concepto suma, según el Banco Central, cerca de 25 mil millones de dólares; que el total de plásticos activos se acerca a los 15 millones; que las obligaciones de los hogares en Chile representa cerca de un 31% del PIB, muy por encima de México y más que cuadruplicando los datos de 2005 de Brasil, Argentina y Perú; y que si en 1990 estos préstamos representaban un 3,3% de los activos de la banca, hoy superan el 12%.

 

Hasta aquí fríos números, salvo porque en su último Informe de Estabilidad Financiera, el Banco Central, más que acuñar monedas, acuñó las siguientes frases: “El fuerte crecimiento que ha experimentado la deuda de los hogares se ha traducido en un aumento significativo de la carga financiera como porcentaje del ingreso disponible”. Y remató añadiendo que si bien “el riesgo de un deterioro considerable en la capacidad de pago de los hogares para servir su deuda permanece reducido (...) el sostenido crecimiento del endeudamiento puede ser una fuente de estrés financiero para algunos hogares”.

 

¿Estamos sobreendeudados? La respuesta unánime fue no. Aunque, mejor dicho, fue un “no, pero...”. No, pero sí lo están algunas capas de la sociedad en donde no hay educación financiera y donde ha habido acceso casi indiscriminado al crédito. No, pero podríamos estar entrando a terrenos pantanosos si no mejoramos los sistemas de información, ya que bancarizar a los grupos C3, D y E, supone entrar en zonas ignotas y abarcar clientes respecto de los cuales no hay o hay poca información. No, pero bancos y algunos retailers admiten estar “recogiendo lienza”, moderando las tasas de otorgamiento de préstamos y tarjetas. No, pero es cierto que el mundo está hoy en un escenario de gran volatilidad e inestabilidad financiera, por lo que nadie apuesta a decir cuánto se trabaría la bicicleta si de repente las condiciones externas trancan con un palo la rueda.

 

Eso en lo inmediato y circunstancial, porque para ser honestos en el mediano y largo plazo los análisis dicen que el chileno tiene camino por recorrer en términos de endeudamiento y que los proveedores de crédito pueden seguir apostando a ese nicho en su estrategia global de negocios. En el mundo hay casos como el de Estados Unidos, donde la deuda de los hogares es equivalente a un 100% del PIB. A lo que se suma que Chile probablemente seguirá por varios años en una senda de crecimiento sin mayores sobresaltos, lo que permite seguir apostando a lo que en jerga financiera se conoce como el “valor presente de los flujos futuros” de nuestros compatriotas.

 

Capital entra al tema. Conversó con autoridades, representantes gremiales y actores de primera línea del mercado financiero para desentrañar en qué punto estamos hoy en el intangible mundo del dinero plástico y el acelerado mercado de los préstamos de consumo.

 

 

 

La democratización del crédito

 

 

Lo primero es lo primero. En los últimos años se produjo un fenómeno que de tan visto pasa inadvertido: la masificación de las tarjetas de crédito y el acceso casi sin barreras a cada vez mayores fuentes de financiamiento. Piense usted en cómo pagaba sus compras hace diez años, en cuántos cheques hace hoy, en cuántas tarjetas abultan su billetera, o cuántas veces no le han llegado cartas comunicándole que pase a retirar un suculento préstamo preaprobado y que usted no ha pedido.

 

Y es que en cosa de dos décadas se revolucionaron en Chile los mercados de los medios de pago y de crédito. Por las razones que sea (porque se quedaron dormidos o porque la normativa no les daba suficiente libertad), bancos y financieras admiten que dejaron espacio para que otros agentes irrumpieran, los que apostaron fuerte sus fichas a brindar sus servicios a nuevos segmentos sociales. Esa arremetida tuvo a su favor un escenario económico en expansión que las casas comerciales supieron visualizar y aprovechar usando como carnada bienes deseados por esos consumidores y a la vez de dinero para adquirirlos.

 

Habría sido una torpeza de parte de las multitiendas no hacerlo. Había condiciones de crecimiento menos volátiles, remuneraciones en aumento, tasas de interés bajas, un tipo de cambio menor que abarataba costos. En fin, estaba todo a favor. Y además, el cliente estaba ahí, en la sala de ventas, con una necesidad concreta, algo que no le sucede de igual manera a los bancos.

 

Laurence Golborne, gerente general corporativo de Cencosud lo explica gráficamente: “nadie se levanta en la mañana y le dice a la señora vamos al banco a ver qué hay”. Eso sí le pasa al retail y las grandes cadenas lo supieron aprovechar. Claro que después los bancos han devuelto la mano con promociones cada vez más frecuentes que tienen al centro productos tangibles. Un tema que es harina de otro costal, porque desde el retail se cree que en ello puede haber una trasgresión encubierta al giro de la banca, al usar para ello verdaderos palos blancos.

 

Como sea, lo cierto es que casi a la velocidad de la luz las tarjetas de crédito se masificaron y los créditos asociados explosionaron. Hoy hay en el mercado cerca de 15 millones de tarjetas de crédito activas, las que según datos aportados por George Lever, gerente de Estudios de la Cámara de Comercio de Santiago, se distribuyen en una proporción de 3 a 1 a favor del retail, aunque con una deuda promedio por tarjeta que es casi nueve veces superior en el caso de los plásticos bancarios.

 

Con todo, hoy el comercio es el principal proveedor de préstamos no bancarios, con un 22% de las colocaciones asociadas a casas comerciales, supermercados y automotrices, mientras que las Cajas de Compensación y las Cooperativas proveen el otro 15%. En cuanto a la penetración por segmentos socioeconómicos, el comercio lo ha hecho de manera transversal, con un 50% y más de todos los estratos, en tanto que la banca se sigue concentrando en los mayores ingresos.

 

En la banca comparten que ha habido una explosiva masificación del crédito. El gerente general de la Asociación de Bancos, Alejandro Alarcón, dice que “en los últimos 15 años se aprecia un cambio fundamental en el porcentaje que representa el retail en los activos de la banca. En 1990, los créditos de consumo eran el 3,3% de los activos de la banca y los de vivienda el 12%. Actualmente los de vivienda son el 20% y el consumo el 13% Es decir, en este período el retail ha más que duplicado su importancia dentro del total de colocaciones”.

 

Alarcón asegura que es muy notorio este nuevo énfasis de la banca, la que “ha pasado desde sus orígenes de financiar empresas a financiar personas, donde el consumo, la vivienda y, ahora último, bienes superiores como la educación, ganan cada vez más relevancia. Se ha pasado de televisores en los 80, a autos y viviendas en los 90, a segundas viviendas y educación, en la actualidad. Y eso es bueno para el país”.

 

 

 

¿Dar hasta que duela?

 

 

El crédito se ha democratizado, es un hecho, y no hay quien lo discuta. Tampoco están en duda los beneficios sociales que comporta. En donde sí hay dos opiniones es si a futuro se puede y debe seguir expandiendo con la misma velocidad. Si no habrá que pasar el cambio a tercera, en especial porque el entorno económico mundial está más revuelto, con un Henry Paulson que desde Estados Unidos advierte que se avecinan las turbulencias más persistentes de las últimas dos décadas.

 

A las condiciones económicas internacionales se suma el que los llamados “nuevos consumidores” como próximo objetivo. El problema es que son precisamente “nuevos” y desconocidos. De hecho, el consejero del Banco Central, Enrique Marshall (ver recuadro), dice que la banca y los demás proveedores de préstamos han cubierto hasta ahora a los clientes respecto de los cuales hay historial, los que de alguna manera son los más fáciles de atender, y que de aquí en más harán falta mayores y mejores sistemas de información para que en las futuras etapas de democratización del crédito no se cometan errores.

 

Claudia Labbé, gerente de Instituciones Financieras en Feller-Rate, aporta un dato que para algunos es revelador de cierto cambio de actitud en las operaciones de la banca. Dice que en los últimos tres trimestres se aprecia una ostensible reducción en la tasa de otorgamiento de créditos, la que vio disminuir “su ritmo de crecimiento en casi 10 puntos porcentuales, desde 23,2% a 14,3%”, lo que podría explicarse por el desafío de encontrar un precio adecuado al riesgo que tienen los clientes (donde existe un tope por la tasa máxima convencional), unido a cierta cautela de la banca, en un escenario de mayor inflación que puede estar llevando a las personas a sentir que su ingreso disponible para “cuotas” hoy es menor.

 

Marshall coincide: “Los bancos están desacelerando las colocaciones. De un año a esta parte se observa una desaceleración, que al principio fue muy leve y no constituía una tendencia clara, pero que desde un tiempo a esta parte sí lo hace (...) Esto probablemente tiene que ver con que las mejores oportunidades son las que se coparon primero y ahora hay que evaluar más”.

 



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