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Artículo correspondiente al número 266 (27 de noviembre al 10 de diciembre 2009)
-¿Qué opina de la nueva ley del ministerio de Defensa y en especial del jefe de Estado Mayor Conjunto?
-La ley del ministerio es indispensable para una defensa del siglo XXI. No se conciben FFAA en el mundo de hoy que no sean conjuntas. Por ello, el Estado Mayor Conjunto y el jefe de Estado Mayor Conjunto (JEMC) son elementos centrales para la planificación, el entrenamiento y la conducción de las fuerzas de las tres instituciones que tengan que operar en una crisis o en un conflicto. En mi opinión, es lamentable que no haya habido consenso respecto a un JEMC que fuera Primus interpares; creo que es cosa de tiempo para que se llegue a dicha condición. La alternativa que se discute en el Parlamento, sin ser ideal, es una buena solución que espero sea aprobada en esta legislatura.
-Bajo su mando se ha llevado un importante proceso de transformación y modernización del Ejército. ¿Cómo se han expresado dichos cambios?
-La transformación institucional es mucho más profunda y compleja que la sola modernización, porque involucra cambios en la doctrina, el sistema educativo, capacitación, organización e –incluso– cambios en la cultura institucional. Dicho en breve, el Ejército, que tenía características eminentemente territoriales, se ha convertido en un ejército operacional. Esto quiere decir que lo importante no es dónde están ubicadas las unidades, sino sus capacidades, lo que le da un sentido totalmente distinto. Para esto se han incorporado sistemas de armas modernos y de gran tecnología y se han organizado las unidades como sistemas operativos. Un ejemplo de ello son las brigadas acorazadas y la brigada de operaciones especiales. Por otra parte, se está profesionalizando la fuerza, o sea, se ha ido reemplazando la conscripción –que actualmente es 100% de voluntarios– por soldados profesionales, lo que es un paso trascendente ya que permite tener disponibilidad permanente de la fuerza para cualquier evento.
-En el ámbito educacional, ¿qué hay de nuevo?
-El oficial hoy ingresa a la Escuela Militar después del colegio, ya más maduro. Permanece cuatro años y, junto con recibir toda la formación valórica y militar a ese nivel, obtiene una licenciatura que es entregada en su conjunto por tres universidades: la Universidad de Chile, la Universidad Diego Portales y la Universidad Católica. El cadete, por tanto, tiene una relación con el mundo civil totalmente distinta. Muchos de los ramos los toma en la propia universidad, con los beneficios que ello significa. Por otra parte, hay una especialización mayor: cientos de oficiales y suboficiales se capacitan en el extranjero y en Chile, existen líneas de carreras más definidas y un gran avance en el aprendizaje del inglés. El salto que el Ejército ha dado en esta área es impresionante, permitiéndonos con ello interoperar internacionalmente en forma muy fluida. La gran incorporación de tecnología ha significado un esfuerzo importante en la especialización de nuestro personal.
-Más que transformación suena a revolución...
-Bueno, sí, aunque el problema más serio ha sido el cambio cultural. Hay un choque de generaciones que ha costado mucho manejar para no perder el ethos institucional. Para mí ha sido un desafío fascinante, pero tiene la gracia de que es un proceso sin vuelta, no tiene regreso, lo que me tiene muy contento. Chile hoy tiene un Ejército muchísimo más preparado e indudablemente mejor equipado que el que tenía.
Cambios valóricos
-¿Cómo está abordando el Ejército los cambios valóricos de la sociedad chilena? Me refiero explícitamente a las separaciones matrimoniales, divorcios, homosexualidad.
-Desconocer que la gente que ingresa a la institución proviene de una sociedad chilena que está cambiando vertiginosamente es tratar de tapar el sol con un dedo. El Ejército por antonomasia es parte de esa sociedad, y además nosotros vivimos interactuando con ella: somos padres, apoderados, vecinos, tíos etc. La influencia entonces es notoria y el tema –que hubiera sido una locura eludir–ha sido motivo de análisis en los consejos de generales, porque es necesario ir tomando decisiones. En términos prácticos, ha habido una evolución importante y hemos asumido ciertas realidades, definiendo claramente aquello que no se puede transar porque va en contra del ethos institucional. Pero hoy, por ejemplo, separarse en el Ejército no constituye problema ni es un impedimento para nada. Un separado puede perfectamente llegar a ser comandante en jefe. Ello no significa que nosotros no incentivemos, y mucho, el valor de la familia, del matrimonio, del amor. Pero no discriminamos a quien no tuvo suerte y le fue mal. Por otra parte, la mujer en el Ejército está plenamente incorporada y desde su egreso de las escuelas matrices tiene las mismas oportunidades que los hombres, con la sola excepción de poder integrar las armas de Infantería, Caballería Blindada y hacer el curso de Comandos, lo que es una norma internacional.
-¿Y la homosexualidad?
-Es un tema complejo, pero no lo evadiré. El Ejército no discrimina a nadie. Es una institución de todos los chilenos, pertenece a todos y los protege por igual: a los flacos, a los gordos, a los ricos y a los pobres, a las mujeres, a los hombres, a los homosexuales y a los heterosexuales. En ningún formulario de ingreso a la institución figura la preferencia sexual y el Ejército no condena a nadie por el solo hecho de ser homosexual. Otra cosa son las actitudes homosexuales al interior de la institución. Ellas no están permitidas porque son inviables con la función militar, con la disciplina y la cohesión, elementos vitales de nuestro ser institucional. Nuestro quehacer y funciones son en equipo. En los tanques, en los carros, en las compañías, dependemos de los demás. En campaña, en las escuelas, en los regimientos, nosotros nos duchamos juntos, dormimos en las mismas habitaciones, carpas o posiciones en el terreno y no podemos arriesgarnos a que uno sea “objeto sexual” del otro porque más de alguien se va a violentar y, con ello, va a complicar la disciplina, la cohesión del grupo y, por tanto, la eficiencia y la capacidad de la unidad. Por eso digo, nosotros no discriminamos a la persona, pero no aceptamos las conductas homosexuales al interior de la institución. De hecho, yo no puedo meter las manos al fuego y decir que no hay homosexuales en el Ejército. Probablemente hay algunos, pero mientras no se manifieste como conducta al interior de la institución y no afecte el servicio, no debería tener inconvenientes. Dentro de la institución las conductas homosexuales son incompatibles con la función militar, ese es el tema central. Además, así se ha enfrentado en todos los ejércitos del mundo y creo que no puede ser de otra manera.
-¿Cuál es la mirada del Ejército en relación al tema de la autonomía planteado por algunas comunidades mapuches?
-El Ejército siente un tremendo respeto por el pueblo mapuche, en su calidad de pueblo originario que se ganó históricamente su prestigio en su condición de guerrero. Es tanto el respeto, que en la oficina del comandante en jefe el cuadro más importante es el que representa a Lautaro, quien simbólicamente es el primer comandante en jefe chileno propiamente tal. Mandé el regimiento Tucapel en Temuco, que tiene el más alto número de suboficiales y soldados mapuches en el Ejército. Ninguno de ellos reniega de sus orígenes, más aún, se sienten orgullosos de su condición. Sin embargo, tienen clara conciencia de que ante todo son chilenos. Creo que ahí está la clave del problema, la necesidad de que se sientan por sobre todo chilenos, independiente de un fuerte apoyo a su cultura, a mantener su idioma, respetar sus costumbres y recibir la ayuda social generosa cuando corresponda.
-En la escala de valores de un militar, ¿qué es más importante: el prestigio del mando o la popularidad?
-Yo creo que lo que mejor lo define es el liderazgo, que es una combinación de ambas cosas. El prestigio es muy importante, pero tiene que ser cercano, no populachero. El comandante en jefe tiene que ser una persona cercana, accesible, al que se le pueda decir “no estoy de acuerdo”, “creo que es mejor hacerlo de esta otra manera”, al que se le pueda decir, con respeto, “creo que nos equivocamos en esto”. Tiene que ser una persona con empatía y que de, el ejemplo. La gente en una institución como la nuestra aspira a ser bien conducida, eso es muy importante. Porque el fin último es que, si alguna vez hay que salir a combatir, el que dirija tenga el ascendiente de mando necesario para hacer que sus soldados, en el extremo, sacrifiquen sus propias vidas.