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Artículo correspondiente al número 198 (23 de feb al 08 de mar 2007)

Al Gore se ha convertido en el rostro de la lucha contra el calentamiento global y más de algún dividendo político podrá sacarle a ello. Pero en el fondo, se trata de un buen chico empeñado en hacer la buena acción del día.
Por Daniel Trujillo Rivas.
lgunos suspicaces piensan que todo el ruido que Al Gore ha estado haciendo sobre el calentamiento global no es más que una estrategia para posicionarse, nuevamente, como candidato a la Casa Blanca. El ex número dos de Clinton, sin embargo, lo niega con vehemencia.
No obstante, por mucho que Obama y Hillary representen liderazgos atractivos y progresistas –en Estados Unidos es cool declarar intención de voto por una mujer o un senador joven de piel oscura, aunque sus ideas no sean nada del otro jueves– los demócratas difícilmente podrán dejar de prestar atención a alguien cuyo posicionamiento está traspasando todas las fronteras y alcanzando alturas insospechadas.
Con todo, hay razones de sobra para confiar en que el compromiso de Al Gore con el medioambiente es verdadero. OK, a ratos no lo parece tanto, dada la parafernalia mediática que lo rodea desde el estreno de La verdad incómoda (An inconvenient truth), el documental que le permitió dejar de ser el segundón que perdió su oportunidad, para convertirse en superestrella global, nominado al Oscar y, a la vez, al Premio Nobel de la Paz, ungido por los medios como poco menos que el salvador del planeta. Háganse ésa.
La reciente publicación del estudio oficial de Naciones Unidas sobre las consecuencias del calentamiento global y el cambio climático dirigió la atención mediática mundial hacia el tema y consagró al ex candidato como “rostro” de la campaña de información. Hasta aquí, Al Gore ha sabido no perder el tiempo vociferando “se los dije”, teniendo otras cosas más importantes que decir. Y vaya que está empeñado en decirlas, capitalizando la oportunidad tanto para beneficio de la causa, como para su imagen… y sus arcas. Cada una de sus intervenciones le reporta ingresos por varios cientos de miles de dólares, aunque ni sus detractores estrilan por eso. A estas alturas está bien claro que una cosa es el amor al arte, otra la pega. Lo importante es que ésta sea bien hecha y hasta acá parece que el hombre cumple con creces.
Entre conferencias y asesorías por medio mundo, la agenda de Al Gore tiene unos tres o cuatro días libres, de aquí hasta Navidad apenas. Hace rato que anda durmiendo en aviones y saltando de un foro a otro, repitiendo por enésima vez la misma conferencia de “su” película y despachando exhortaciones del tipo “¿cómo será recordada nuestra generación?, ¿seremos los egoístas autodestructivos que fracasaron a la hora de reaccionar y afrontar su responsabilidad o seremos la generación que fue capaz de tomar decisiones difíciles?”
Resulta paradojal esta nueva condición de figura preferida de los mass media, teniendo en cuenta que Gore ejerció la vicepresidencia sumido en la sombra de Clinton y que hasta hace poco seguía siendo considerado un político seco, sin carisma, ejemplar padre de familia pero fome. Sus asesores de imagen en la campaña del 2000 han declarado que “no hubo otro remedio más que presentarlo como es: honrado, concienzudo, trabajador, compasivo, inteligente, metódico, que no bebe ni fuma y sin más aventuras extramatrimoniales que bajar un río en un bote”. Una lata para el público acostumbrado a los escandalillos, tal como lo diera a entender entonces uno que sabe de eso, el propio Clinton: “La gente no va a votar Gore porque sea un gran político, sino porque es un hombre que se ha entregado en cuerpo y alma a la función pública”.
Dicho y hecho. Quizás no se vio como un gran político.
Sin embargo, la escena mediática no es nueva para Al Gore. Si bien se graduó de ciencias políticas en Harvard (1969), después de eso partió a Vietnam como reportero mlitar y a su regreso trabajó en el periódico de Nashville The Tennessean. Ha sido profesor de periodismo y fundó un canal de televisión. Tal vez habría sido un magnate de los medios o de Sillicon Valley si su padre no lograra convencerle para hacer que su nombre, el de ambos, siguiera presente en la política. Albert Gore I fue un eminente senador y empresario de la industria tabaquera, pero dejó ese cultivo luego de la muerte de su hija a causa de cáncer pulmonar, una de las historias personales que el ex vicepresidente relata en La verdad incómoda, para explicar por qué la demora en comprender algo puede resultar fatal.
A los 28 años le dio el gusto a papá y se presentó al Congreso, pese a la oposición de su esposa Mary Elizabeth “Tipper” Aitcheson, psicóloga, reportera gráfica y escritora con quien tiene cuatro hijos. Fue representante durante tres legislaturas y en 1984 recuperó otra vez el escaño del Senado para Tennessee y los Gore, ejerciendo por dos períodos. Por esos años consolidó el interés por la ciencia y el medio ambiente que había despertado en él uno de sus profesores de Harvard, pionero en el estudio del calentamiento global.
Vale decir, Al Gore el ambientalista no nació ahora. El 88 lo encontramos publicando un libro best seller sobre el tema, con visos místicos –Gore tiene un master en teología– titulado La Tierra en equilibrio: la ecología y el espíritu humano”.
Ese mismo año hizo su primer intento, fallido, por conseguir la candidatura presidencial demócrata. Planeaba hacerlo nuevamente en la campaña del 92, pero desistió cuando un automóvil atropelló a su hijo Albert Gore III, entonces de 10 años, quien quedó grave y pasó una larga temporada recuperándose. “Esto me hizo comprender que hay cosas prioritarias en la vida que solo valoramos cuando estamos a punto de perderlas”, confiesa nuevamente en Laverdad incómoda, ahora desde la empatía emocional, para remecer nuestras conciencias sobre lo frágil que es y lo amenazada que está la vieja y querida Tierra.
Esa retirada sirvió para que Bill Clinton lo escogiera de copiloto en la victoria sobre Bush padre.
Algunos le critican no haber hecho nada por la causa medioambiental cuando ocuparon la Casa Blanca, entre 1993 y 2001, pero como vicepresidente Gore tuvo un destacado rol en las definiciones del protocolo de Kyoto, aunque a la postre no sería firmado por su administración y tampoco por la siguiente. Por estos días él insiste en que no le interesa ser candidato presidencial otra vez. Sugiere que la campaña en la que está inmerso es mucho más importante.El Salón Oval puede esperar, nuestro planeta no.