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Artículo correspondiente al número 273 (9 al 23 de abril de 2010)
Capital adelanta en exclusiva las imágenes del libro Parque Oncol, que recopila el trabajo del documentalista chileno Claudio Almarza en el corazón de la selva valdiviana. La reserva es mantenida por forestal Arauco y es una de las pocas zonas de bosques templados que quedan en el mundo. Por Cristian Rivas N. fotos; Claudio Almarza.

Claudio Almarza pasó poco más de ocho meses metido en el Parque Oncol, en pleno corazón de la selva valdiviana. Fueron días enteros sin comer, otros con un poco de frío y más de una noche con temor, sintiendo ruidos extraños en esos bosques. Pero todo eso valió la pena. Se le nota la satisfacción cuando describe con detalle lo vivido y sus palabras brotan con ímpetu, una tras otra.
Como cuando cuenta que visitó infinidad de veces el mismo lugar dentro del parque con la misión de fotografiar un ejemplar de sapito de Darwin –que mide apenas cuatro centímetros–. Fue tal la conexión que logró con el maravilloso anfibio, que al cabo de unos días lo reconocía por sus manchas, así que optó por bautizarlo como Rhino, un diminutivo de Rhinoderma darwinii, como es su nombre científico.
Almarza es un reconocido documentalista chileno, autor de varios libros relacionados con el medioambiente y colaborador de la revista National Geographic. Dentro de muy pocos días pondrá en el mercado su nueva publicación: Parque Oncol, selva valdiviana, un libro cuyo fuerte son las imágenes en detalle de la flora y fauna de esta reserva de 754 hectáreas, que es protegida desde 1989 por el grupo Angelini a través de Forestal Arauco, que auspició la publicación.
La obra es la consolidación de poco más de tres años de un trabajo en el que participaron 27 científicos chilenos de distintas universidades de la zona sur del país, además de un equipo de varios investigadores en terreno. Almarza cuenta que es la primera vez que en Chile se edita un libro sobre biodiversidad de esta envergadura, y en el cual no se dejó nada al azar.
Especies únicas
“Durante el largo periodo que permanecí investigando y fotografiando, poco a poco me fui percatando de que el follaje ofrece sólo una minúscula parte de sí, en circunstancias que ese ecosistema almacena una flora y fauna virtualmente infinitas”, describe Almarza. Dice que como gran parte de la vida se alberga en las copas de los árboles, con toda seguridad hay aún cientos de especies sin identificar en el parque, aunque lo documentado en su trabajo es sin duda un paso importante para el conocimiento científico.
Hasta ahora han sido varios los descubrimientos de nuevas especies en la zona. Como el opilión de Oncol, un arácnido no visto en otras regiones del mundo; el afamado sapito de Darwin (recolectado por el propio Charles Darwin en su paso por Chile); el monito del monte –un marsupial singularizado como fósil viviente–, o el muy reciente hallazgo de un sapito Alsodes norae, uno tan escaso que es catalogado como micro-endémico, es decir, que sólo se encuentra en el bosque valdiviano del Parque Oncol, le confiere su único hábitat en el mundo.
El documentalista asegura que estos descubrimientos dieron pie para que diversos organismos internacionales consideraran a la selva valdiviana como uno de los 25 hotspots (o puntos calientes de biodiversidad) a nivel mundial, lo que quiere decir que forma parte de un territorio exclusivo del planeta, donde las formas de vida son tan únicas como vulnerable es su estado.
Es por esto que hoy cobra importancia el trabajo de resguardo que están tomando varias empresas y ONG en cuanto a la no sustitución del bosque nativo. En ese sentido, el Parque Oncol es uno de los principales esfuerzos de conservación en Chile, al que se suman varios otros. Uno de los más grandes es Karukinka en la Región de Magallanes, lugar que hace algunos años fue donado para conservación por el banco estadounidense Goldman Sachs.
Pese a estos esfuerzos, el documentalista cree que la inversión de estas empresas, del Estado y de distintas fundaciones conservacionistas podría ser insuficiente si la educación no se empeña en inculcar una mayor conciencia sobre lo que significan un bosque y sus habitantes. Subraya que su trabajo en esta y otras zonas protegidas le ha permitido constatar que no existe entre muchos turistas la intención de preservar; lo que se demuestra, por ejemplo, en la basura que es frecuente encontrar en tales zonas.
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A quién elegir
Para recrear la portada del libro Parque Oncol, Almarza se encontró con varias opciones fotográficas. De hecho, fueron cinco las portadas que ideó, pero finalmente una venció al resto. El sapito de Darwin es un ícono en la fauna de la selva valdiviana, pero más allá de eso, su elección se basó en el magnetismo que se produjo entre uno de estos ejemplares y el autor, lo que se tradujo en que en poco tiempo y sin timidez, Rhino (como fue apodado) comenzara a posarse por sí solo sobre su brazo, saltara a la mano o, con toda naturalidad, se situara a su lado durante horas, como haciéndole compañía y a la espera de una amena charla.
En su primera edición, el libro de 325 páginas tiene un tiraje de 3.500 ejemplares, y a partir de mayo podrá ser encontrado en librerías.