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Reportajes y Entrevistas
El Estado del Malestar

Artículo correspondiente al número 210 (10 al 23 de ago 2007)

Según el diputado chileno-sueco Mauricio Rojas, el Estado de Bienestar conduce a resultados exactamente inversos a los que se plantea. Si bien se propone ampliar la libertad de las personas, al final las hace más dependientes. El parlamentario cuenta cómo la centroderecha sueca, después de muchos años y de cualquier cantidad de errores, llegó al gobierno. La Alianza en Chile debería poner oído a lo que dice.

 

Lleva ya algunas semanas en Libertad y Desarrollo, donde tiene previsto permanecer alrededor de un mes, y Mauricio Rojas cree que Chile está ante la mejor y la peor de las disyuntivas. O hace estupideces o hace maravillas. O toma resueltamente el camino de la reivindicación del trabajo o se deja seducir con irresponsabilidad por los cantos de sirena del Estado de Bienestar.

 

Rojas volvió al país porque quedó entusiasmado desde que vino en marzo último. Al fin y al cabo esta es su tierra natal, por mucho que viaje con pasaporte sueco y esté cumpliendo su segundo mandato, hasta octubre del 2010, como diputado del Partido Liberal.

 

Tiene tras suyo una historia casi increíble. Le faltaba aprobar un solo ramo para egresar de derecho de la Universidad de Chile cuando el 11 de septiembre del 73 le cambió la vida. Era un militante socialista de simpatías ultras que salvó el pellejo gracias al exilio y a la acogida que el gobierno sueco de Olof Palme brindó a un numeroso contingente de izquierda. Sus primeros meses allá fueron duros no solo por las obvias dificultades de su inserción –idioma, trabajo, oficio, vivienda, futuro– sino también porque las contradicciones de la izquierda chilena se agudizaron hasta el delirio en el exterior. Eso se vio en cada una de las comunidades del exilio, atravesadas por recriminaciones mutuas, sospechas, rencores, conflictos personales y demenciales pugnas doctrinarias. Una atmósfera tóxica de la que Rojas un día simplemente decidió escapar.

 

-Pienso que la experiencia de haber vivido en Suecia –dice– puede servir acá. Mi idea es escribir un libro. Para Chile: Mirando Chile desde el norte es el título que he pensado provisionalmente. Quiero reflexionar sobre los modelos de sociedad que el país tiene por delante. Siento que he dado una vuelta larga y pienso que puedo darle algo a mi vieja patria. No es un proyecto al que le venga dando vueltas mucho tiempo. Surgió solo ahora último, en función de la experiencia que viví en Suecia y de lo que estoy viendo acá. Mi impresión es que aquí se están planteando temas que en Suecia recorrimos y superamos.

 

Mauricio Rojas huele en el programa de protección social de la presidenta Bachelet un tufillo que le preocupa. Cree que el gobierno chileno está empezando a levantar un discurso que puede ser muy negativo para la familia. La está viendo como fuente de problemas, de maltratos, de desigualdades.

 

-De partida, creo que la familia no tiene por qué ser pura felicidad. Esta distorsión estuvo en el eje del discurso socialdemócrata sueco en los años 30, cuando se pretendió darle al Estado un rol preponderante en la formación de los niños y en la creación del hombre nuevo. Tal cual. Los técnicos iban a proveer mejor que los padres las necesidades de educación, de nutrición, de apoyo y eso, al final, terminó siendo muy contraproducente. Dice que la falacia del Estado de Bienestar existe porque terminó suplantando la libertad de las personas acerca de cómo conseguir su propio bien. Cuando el Estado de Bienestar creyó saber más que las personas mismas sobre qué les convenía y cómo podían ser más felices, Suecia entró en un espiral de disolución social. Cuando las comunidades se disuelven –partiendo por la familia– creas individuos solos y libres para los cuales el Estado termina siendo absolutamente imprescindible. Sin lealtades, sin sentimientos, sin apoyos, necesitas a alguien que te asegure en tu vejez, en tu enfermedad, en tus bajones, en tus riesgos, y ése es el Estado.

 

Dice también que la socialdemocracia fue muy consecuente en plantear un proyecto de vida de liberación personal: Si no eres feliz, sepárate. Al final, no tienes muchas responsabilidades, puedes hacer tu vida y ser feliz, pero por debajo te vas volviendo cada vez más dependiente del Estado. “Alguien definió el nazismo –recuerda– como la suma de las soledades del pueblo alemán en ese momento”. No es casualidad que más de la mitad de los hogares de Estocolmo correspondan a personas solas. Está entre las proporciones más altas del mundo. Y cuando alguien tiene problemas, es muy fácil que se hunda. No es que el sueco sea más infeliz que el resto de los europeos o que la nación tenga altas tasas de suicidio. Son altas, es cierto. Pero el gran problema, dice, es la soledad.

 

Añade que no quiere ser alarmista, pero que ve en Chile atisbos de una política social suave que sin embargo, en términos ideológicos, lleva una dirección muy errada.

 

-Cuidado –dice– con la embriaguez de las pensiones, los seguros y las jubilaciones. Cuidado con seguir aumentando las cargas del Estado. Suecia se enriqueció y Chile ha salido de la pobreza cuando los impuestos eran del 12-14%, mucho más bajos que en Estados Unidos. Y empezó a empobrecerse relativamente cuando el Estado se desmadró, a mediados de los 70. Esto hay que decirlo. Hacia esa época, con Palme, la izquierda sueca se radicalizó y aumentó las presiones sobre el Estado de Bienestar, subiendo impuestos y rompiendo la disciplina fiscal que con anterioridad la social democracia había mantenido a como diese lugar.

 

 

 

Cómo lo hizo la derecha sueca


En octubre pasado una alianza de centroderecha formó gobierno, luego que nada hiciera predecir la derrota del partido que durante décadas había controlado el poder. Rojas cuenta cómo fue aquello.


 

El planteamiento de la alianza que hoy gobierna en Suecia es que hay que recuperar los valores originales del movimiento obrero. El Partido Liberal, al cual yo pertenezco, plantea en su manifiesto electoral que nuestro objetivo es restaurar los valores que un día hicieron de Suecia lo que es. Esto es interesante porque nuestra victoria electoral se dio en el contexto de una disputa por los valores más tradicionales de la sociedad sueca. Y le ganamos la batalla valórica a la socialdemocracia. Logramos mostrarlos como el partido del privilegio, del poder, las ayudas y la corrupción. Planteamos que había que restaurar el valor del trabajo, del esfuerzo personal, de la responsabilidad individual. La agrupación mayoritaria de la alianza gobernante, el Partido Conservador, se define incluso como el nuevo partido de los trabajadores, explícitamente en competencia con la socialdemocracia.

 

La oposición aquí en Chile debería entender que la lucha debe darse fundamentalmente en el plano de los valores. Toda sociedad tiene una zona central valórica, constituida por los valores compartidos por la mayoría. En Chile, supongo que ahí debe estar la familia, el patriotismo, el trabajo… Mi impresión es que quien domina esa zona central, domina la política. La izquierda es muy hábil para dominar ese centro político. En esto me parece que la oposición chilena tiene problemas y le falta foco. Tiene un discurso muy reactivo a las contingencias y, hasta donde lo veo, muy economicista. Hoy, la economía no es el problema.

 

La elección fue un desafío tremendo para la socialdemocracia. Logramos que se atrincherara como el partido del Estado y de las ayudas. Nosotros, en cambio, nos convertimos en la alianza de las obligaciones y del trabajo. En un pueblo pragmático como el sueco si tú dices que sin trabajo no hay bienestar te van a creer.

En los últimos 30 años la centroderecha sueca solo ha estado tres veces en el poder en Suecia. Pero esta es la única ocasión en que, a mi juicio, hemos ganado de verdad desde los años 20. Más que victorias nuestras, las anteriores fueron derrotas de la socialdemocracia, que había hecho todo lo que tenía que hacer para perder. Hasta ese momento, los partidos no socialistas éramos la rueda de repuesto del auto sueco. Cuando les iba mal a los socialdemócratas ponían la rueda nuestra y nos sacaban cuatro años después. Ahora rompimos ese ciclo. Ganamos con una economía pujante, con finanzas públicas sanas. No deberíamos haber ganado. Nuestro discurso fue a romper la exclusión de quienes no están siendo beneficiados por el desarrollo. Le hablamos a los inmigrantes, a los enfermos que no pueden volver al mercado del trabajo… y esto pilló al oficialismo de entonces desprevenido. No fuimos a plantear que había que bajarle el impuesto a los más ricos, que es lo que habíamos hecho siempre.

 

Tuvimos también la ventaja de tener un líder joven, Fredrik Reinfeldt, padre de niños chicos. El lo ha dicho claramente: No vinimos a cambiar Suecia, vinimos a restablecerla. El líder socialdemócrata era un viejo político, un nuevo rico que se había comprado una casa fabulosa. Desbancamos a la socialdemocracia tanto simbólica como valóricamente. Esto no quiere decir que vayamos a estar en el poder por largo tiempo. Depende de cómo lo hagamos. Hasta ahora, la nueva jefatura conservadora –no es mi partido, yo soy liberal– ha estado muy bien. No se ha perdido en las alturas del poder y ha sido tremendamente autocrítica. El gobierno va bien encaminado. En el plano de la moral social, tiene un discurso muy liberal y aprobaremos pronto el matrimonio homosexual. Lo principal es que hemos dado nuevos estímulos al trabajo. Hemos sumado efectos positivos al hecho de trabajar y negativos al de no trabajar. No hemos recortado mayormente los beneficios, pero tampoco hemos bajado los impuestos, que es un tema muy impopular y en el cual la derecha sueca se desgastó por años. La nueva alianza de gobierno es el gran partido de la producción versus la socialdemocracia, que es el partido del consumo.

 



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