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Artículo correspondiente al número 210 (10 al 23 de ago 2007)
El cambio en Chile es sobre todo mental
Muchos años después de haber salido al exilio y a casi 30 años de su conversión al liberalismo, Mauricio Rojas confronta el país que dejó entonces con el Chile que ha visto ahora.
Creo que Chile está viviendo un cambio trascendental. El Santiago que yo dejé en los años 70 estaba lleno de poblaciones callampas. Era un mundo tan dislocado que era fértil para el extremismo político. La salida del pueblo chileno de la pobreza es de lo más espectacular en los últimos 20 años. Todavía queda mucho, pero vaya que se ha progresado. En términos de empleo, desnutrición, vivienda, escolaridad, el progreso es ostensible. También en términos de optimismo. Eso no implica que no haya protestas y expresiones de descontento. Los chilenos se lamentan por no estar creciendo a las mismas tasas de Irlanda, en circunstancias que hace 30 años nos comparábamos con Bolivia. El Chile que yo conocí creía firmemente que si abríamos las fronteras se nos desplomaba todo. Hoy veo un país que no le teme al mundo. Es más: este es uno de los pocos países del mundo donde la globalización no se siente como una amenaza ni una condena. La misma Europa está muerta de susto.
El problema, claro, es que en procesos así las expectativas aumentan exponencialmente. Antes, los chilenos protestábamos porque no pasaba nada. Hoy protestamos porque las cosas no ocurren lo bastante rápidas. Esto habla de un cambio mental gigantesco. Chile ha vencido el complejo de inferioridad, incubado en el siglo XIX y que dio lugar a planteamientos como el de Nuestra inferioridad económica, de Francisco Antonio Encina. Durante más de cien años estuvimos preguntándonos por qué nos iba mal, no obstante tener todas las condiciones para que nos fuera bien, y le echamos la culpa a muchos factores: a la raza, al salitre, a la pillería nacional, a la falta de espíritu de trabajo, a la religión… Personalmente, creo que el salitre fue un desastre, al menos en los términos en que el país administró esa riqueza.
La integración es la gran herida
Como en toda Europa, la inmigración en Suecia también es una bomba de tiempo. Porque tampoco ha sabido manejar el tema. Quizás ahora, en función de lo que comienza a hacer Sarkozy en Francia, las cosas podrían cambiar, según Mauricio Rojas.
Hoy por hoy, la inmigración es el tema más explosivo en la sociedad sueca. En Suecia se crean muy pocos empleos, lo cual para los inmigrantes es un desastre. Mientras el Estado de Bienestar te invita a incorporarte al consumo, el mundo del trabajo te cierra las puertas. Tenemos colonias inmigrantes completamente dependientes del Estado. Llegan muchos, sobre todo del Oriente Medio: kurdos, iraquíes, iraníes, palestinos… Hay gran presencia musulmana. Creo que es la peor de todas las combinaciones. Lo que ocurrió en París no ha pasado en Suecia, pero están todos los elementos para que ocurra lo mismo. La hoguera puede prender en cualquier momento y en algunos barrios se prende en realidad todos los fines de semana.
Quien quiera ir a trabajar a Suecia, hoy no tiene ninguna posibilidad. Pero por el lado de los refugiados políticos entra mucha gente. Y cuando se les niega el asilo, los inmigrantes se sumergen y pueden sobrevivir bastante bien trabajando como ilegales. Cada cierto tiempo hay amnistía para ellos. Ser ilegal en Suecia puede ser mucho mejor que ser legal en Irán. Te logras hacer una vida más segura y económicamente más estimulante.
No se puede hablar de una sola colonia chilena. Hay grupos muy distintos, pero en general tienen baja integración. Los que trabajan son una cantidad limitada, pero superior a otros grupos inmigrantes. Pero todavía entre algunos grupos de exiliados hay un cruce entre los dogmatismos políticos y la criminalidad. Esta trenza involucra a unas dos mil personas, dentro de una colonia del orden de las 40 mil. Son muy organizados y manejan algunas radios locales. Suelen traficar delincuentes jóvenes desde Valparaíso y como el sistema sueco es muy ingenuo, los chilenos tenemos el récord de asaltantes de casas en Estocolmo. Hubo una banda que asaltó más de cien casas. Traían jóvenes delincuentes en verano –de 15, 16 y 17 años– que fueron deportados. Los pusieron en un hotel y los mandaron de vuelta. Ni siquiera informaron a la policía chilena que lo hacían. Y la pena más dura que les llegó a los cerebros de la banda fue un año de cárcel. Me pareció inaceptable: si queremos generar racismo e incomprensión hacia el inmigrante, bueno, así se hace.
La integración en Suecia no es satisfactoria. Ofrece al inmigrante todas las posibilidades de vivir de las ayudas, de trabajar poco y de vivir en una red semiclandestina. En un país donde las casas no tienen rejas, donde el Estado te trata como inválido y te creen lo que dices, el terreno es fértil para el pillo. No se le abren las puertas al mercado del trabajo, pero sí las del Estado de Bienestar. Yo soy muy odiado en ciertos círculos chilenos izquierdistas de viejo cuño. Incluso he propuesto la eliminación total de las ayudas a los inmigrantes cuando no hay una contraprestación para evitar los abusos.
El planteamiento de Sarkozy sobre la inmigración caló muy hondo en Suecia. El nuevo presidente francés dice que tenemos que saber quiénes somos nosotros los europeos y una vez que lo sepamos podremos decir quiénes son bienvenidos y quiénes no. También él levantó el discurso de la revalorización del trabajo. Yo creo que quien se despreocupa de los temas de identidad y de comunidad en tiempos de globalización y de inmigración se está cavando su propia tumba. Europa ha estado trabada en el mito del multiculturalismo, que me parece una brutalidad en dos patas. Desde fines de la guerra, se vivió un largo período de autonegación de su herencia e identidad cultural, exaltando el tercermundismo.
Europa no puede seguir aceptando que entre quien cree que tiene derecho a golpear a su mujer, a mutilar a su hija, exterminar a los judíos, a desconocer el derecho a la libertad de sus hijas para casarse libremente. Si esto no le gusta, fuera. Eso no se ha dicho y Sarkozy lo está diciendo. Y puede hacerlo, entre otras cosas, porque él es hijo de inmigrantes.
Singularidades suecas
Ningún país es igual a otro, pero Suecia tiene –según Mauricio Rojas– rasgos que la hacen muy distinta.
El gran activo de la sociedad sueca siempre estuvo en sus niveles de igualdad, que no se comparan con los de otras sociedades europeas y menos con los latinoamericanos, donde la matriz fue excluyente y colonial. Suecia siempre fue un país muy homogéneo y este rasgo está asociado históricamente a un campesinado libre, propietario y fuerte, que fue lo que definió el éxito sueco en el siglo XIX. El Estado sueco se construyó a partir de una relación directa entre el rey y el campesinado.
Esa base le permitió al país industrializarse muy aceleradamente: había un gran mercado interno, había una sociedad bastante igualitaria. Suecia es de los primeros países que tiene un sistema de escuelas populares fuertes. En el XIX no las proveía el Estado sino las parroquias. A fines de ese siglo, todos los niños suecos estaban escolarizados. Puesto que cada parroquia tenía que financiar una escuela, la presencia de la comunidad local en el sistema educativo fue muy importante. Pero, incluso antes de eso, la mayoría de los suecos sabía leer y escribir, en lo cual el luteranismo tal vez tuvo mucho que ver. Otra singularidad. En Suecia no hay funcionarios públicos. Lo son los jueces, los embajadores después de algunos años y muy pocos más. El resto de los empleados públicos son trabajadores comunes y corrientes, con los mismos derechos y las mismas responsabilidades de todos los demás. No tienen ningún privilegio. Y es así porque el Estado sueco fue creado por la clase obrera, no por la clase media ilustrada como en Chile, y no estaba por conceder privilegios a los funcionarios. El Estado chileno, en cambio, se desarrolló como un Estado de privilegio. De muchos privilegios estamentales, que es lo contrario de la igualdad.
En el sustrato original de la socialdemocracia sueca hay, por una parte, un fuerte componente obrero, muy disciplinado, de raíces protestantes, muy sano y asociado a valores morales estrictos. Esta vertiente es seria, muy sensible a los costos y a cuánto cuestan los beneficios sociales. Pero, por otra parte, está el componente de los intelectuales que articularon la idea utópica del Estado de Bienestar, con conceptos como los de la nueva familia y el derecho de los individuos a la felicidad. Si el primer factor apostó a un mínimo para todos, el segundo se la jugó por un máximo para todos. Y, bueno, cuando en los 50 la socialdemocracia ya había dado el mínimo a los ciudadanos, el partido, en un esfuerzo por conquistar a los sectores medios, comienza a apartarse de los mínimos para llevarlos a los máximos.
Los sindicatos suecos son posiblemente los más fuertes del mundo. Las tasas de sindicalización son del orden del 90%. En Chile no llegan al 10% y en Francia bordean el 15%. El poder sindical se basa en el manejo de las cajas de cesantía y de los despidos. Son organizaciones totalmente politizadas, especialmente los sindicatos obreros y de empleados de bajo nivel. Incluso en ellos todavía existe la prohibición de que sus funcionarios no sean militantes del Partido Social Demócrata. Tales sindicatos entregan dinero al partido, aunque lo más probable es que reciban, con cargo a los fondos del Estado, cuatro o cinco veces más de vuelta. Esto –qué otro nombre darle– es corrupción institucional.