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Artículo correspondiente al número 246 (20 de febrero al 5 de marzo de 2009)
La libra de cobre se transaba en torno a los 4 dólares y el barril de petróleo bordeaba los 150 dólares. El mundo crecía y las proyecciones eran optimista. Seis meses después, los efectos del desapalancamiento, un ajuste que –mal conducido- nos puede llevar a una suerte de nuevo orden productivo mundial. Por Ricardo Matte y Guillermo Turner.
Corrían los primeros días de octubre de 2007 y el recientemente elegido director del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn, buscaba transmitir confianza a la opinión pública mundial. “Las bases del crecimiento mundial son sólidas”, decía en conferencia de prensa y agregaba: “no creo que el shock hipotecario sea dramático para el crecimiento”.
Era la época en que las autoridades apelaban a las “bases sólidas” y en Chile no faltaban quienes defendían la tesis del “blindaje”. Transcurriría menos de un año para que el mismo Strauss-Kahn optara por juzgar la crisis como “muy grave” y para que su anterior calificativo de dramático se popularizara, pero ahora en el sentido contrario. “El país enfrenta un problema dramático”, diría David Axelrod, el asesor principal de Obama, al momento de presentar a los responsables de ejecutar el plan de rescate económico para Estados Unidos. Tras asumir en la Casa Blanca, sería el mismo presidente el que llamaría a enfrentar la crisis con “acciones dramáticas”. A nivel local, el ministro de Hacienda, Andrés Velasco, se convertiría en el encargado de poner paños fríos a nuestro ingenuo entusiasmo: “este 2009 será un año extremadamente inusual”, comentaría a empresarios y medios de prensa reunidos a mediados de enero pasado.
Las cifras lo avalan. Los cambios en las proyecciones económicas han sido dramáticos, al igual que la respuesta de las políticas monetarias y fiscales de las mayores potencias mundiales, tanto para rescatar a sus entidades financieras como para inyectar dinamismo a sus economías. Más de 800 mil millones en Estados Unidos, más de 260 mil millones entre Alemania, Japón, Canadá, Italia y el Reino Unido. Como advertía recientemente El Mercurio, “planes de estímulo de las mayores economías del mundo que suman al menos 10 veces el PIB chileno”.
A eso se suman bajas de tasas de interés a niveles históricos, como el prácticamente 0% de la Fed. A mediados de octubre del año pasado, el promedio de las proyecciones de JP Morgan y Goldman Sachs indicaba un nulo crecimiento para las economías del G7 en 2009. Poco para celebrar. Pero casi cuatro meses después, el mismo pronóstico se reducía a una merma de 2,3%, con caídas del PIB de 2,4% para Alemania, 4,8% para Japón, 1,8% para Estados Unidos (versus el 0,2%, 0,1% y -0,2% de crecimiento respectivos proyectados anteriormente).
El drama abarca también al sector real, porque los problemas de Wall Street contaminan a Main Street y el riesgo es que ahora ese mismo sector real le devuelva la mano vía morosidad en tarjetas de crédito, por ejemplo. ¿Por qué? Más de 100 mil empleos perdidos en una sola jornada entre firmas del tamaño de General Motors, Caterpillar y Philips. Congelamiento de inversiones y solicitudes de quiebra ilustran un panorama poco alentador para la economía global. El ISM, que corresponde al índice manufacturero de producción de Estados Unidos (que se basa en una encuesta a gerentes de compras), luego de cerrar 2008 en 26,3 puntos, casi la mitad de lo que alcanzaba en agosto del mismo año (y recuerde que bajo 50 indica una contracción), en enero de 2009 tan sólo llega a 32,1 puntos. A su vez, un 58% de caída en el período mostró el índice manufacturero de Japón, mientras que en la Zona Euro la reducción fue en torno al 34%. En Chile, la caída del indicador de producción de Sofofa alcanzó niveles que no se veían desde mediados de 1999.


La hora del desapalancamiento
Cansados de comparar la situación actual con la depresión del 29, algunos expertos internacionales están modificando paulatinamente su percepción de la crisis. Ya no se habla de la Gran Depresión, sino del “Gran Deleveraging”. La traducción del término no resiste ningún diccionario de la lengua, pero se refiere al “desapalancamiento”, el proceso por el cual los cientos de bancos, instituciones financieras, empresas e inversionistas deben adecuar sus niveles de endeudamiento a los nuevos niveles de riesgo e ingresos proyectados.