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El Bacifi y Buenos Aires. Compulsión cinéfila

Artículo correspondiente al número 227 (2 al 15 de mayo de 2008)

 

 

El más prestigioso festival sudamericano de cine cumplió una década, y ni siquiera el humo que invadió la ciudad porteña hizo claudicar a los fanáticos. Desde lo más reciente de Scorsese y Herzog hasta filmes filipinos de nueve horas de duración, las 427 películas programadas en el certamen conformaron una vez más una muestra desmesurada, compleja y fascinante. Desde Buenos Aires, por Joel Poblete.

 

 

 

El epicentro del festival porteño: el patio central del shopping Abasto, en el barrio donde se crió Gardel.

 

 

Los primeros días el calor era intenso y húmedo, después vino una ola de frío, y las últimas jornadas estuvieron invadidas por el humo que puso en jaque a la ciudad; pero nada logró disminuir el imparable y a ratos desbordado entusiasmo cinéfilo que caracteriza al público del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente, el popular Bafici, cuya décima versión se desarrolló hace unos días en la capital trasandina. Quizás el más importante e influyente certamen fílmico de la región, que en una década ha logrado posicionarse como la mejor posibilidad de ver en la pantalla grande algunas de las producciones más elogiadas de los festivales clase A –Cannes, Berlín y Venecia entre ellos–, los trabajos más experimentales de cineastas de escasa difusión por estas latitudes o retrospectivas de otros que han permanecido en la sombra durante años.


The edge of heaven

La mayoría de estos títulos, por cierto, difícilmente llegarán a la cartelera comercial o lograrán hacerse un espacio entre los Harry Potter o Indiana Jones de turno. Eso explica en gran medida la verdadera compulsión que parece contagiar a todos los fanáticos del cine que se dejan caer por las salas porteñas en esta cita anual y que se desesperan intentando hacer coincidir los tiempos entre una y otra función de las distintas salas y sedes del Bafici. Una tarea titánica, considerando que este año la programación alcanzó los ¡427 títulos!, cifra que puede parecer normal para los que habitualmente asisten a festivales como Berlín, pero que es casi inabarcable si la comparamos con la cantidad de cintas que programan los dos principales eventos cinematográficos en Chile: Valdivia, con alrededor de 200 títulos, y Sanfic, con 120; en ambos casos, incluyendo no sólo los largometrajes en competencia, sino además todas las secciones paralelas.

 

Con una cantidad tan exorbitante de filmes, no es difícil entender las carreras frenéticas de quienes salen de una función corriendo porque a la misma hora empieza la siguiente, así como las caras de sueño, las ojeras y el cansancio que se van acumulando con los días.

 


En la ciudad de Sylvia

La France

Up the Yangtse

 

 

 

Clásicos y cine argentino

 

 

The man from London

Si es por consagrados, este décimo Bafici no se quedó corto: hubo desde filmes de Scorsese –con Shine a light, su documental en el que filmó un concierto de los Rolling Stones– y De Palma –con Redacted, el crudo filme ambientado en Irak por el cual fue elegido mejor director en el Festival de Venecia– hasta Herzog –con Encounters at the end of the world, su más reciente documental, filmado en la Antártica– y Haneke, el realizador de La profesora de piano y Caché, del que ahora se exhibió Funny games, el remake hollywoodense del filme homónimo que dirigió en 1997. Y aquí también pueden considerarse los clásicos, que en esta edición incluyeron magníficas copias de fascinantes y bellas producciones de los británicos Michael Powell y Emeric Pressburger y Que se haga la luz (Let there be light), un poco difundido documental de 1946 dirigido por John Huston que, al abordar los efectos de la Segunda Guerra en los soldados estadounidenses, permite hacer estremecedores paralelos con la actualidad del Medio Oriente.


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