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El Bacifi y Buenos Aires. Compulsión cinéfila

Artículo correspondiente al número 227 (2 al 15 de mayo de 2008)

 

 

 

Y en medio de tanta rareza, pudimos ver unas cuantas películas memorables y no tan rupturistas. Por sobre todas, es necesario rescatar la hermosa En la ciudad de Sylvia, poética mirada del español José Luis Guerin sobre el misterio femenino y la belleza de la ciudad de Estrasburgo, que se complementa con el documental Algunas fotos en la ciudad de Sylvia, en el que fotografías de locaciones, rostros y figuras proyectadas sin sonido y apenas acompañadas por textos explicativos, reconstruyen la génesis y evolución del proyecto; The edge of heaven, otra emotiva indagación del cineasta Fatih Akin (el mismo de Contra la pared) en torno a los nexos y barreras sociales entre Alemania y Turquía; Profi t motive and the whispering wind, de John Gianvito, reveladora indagación en la historia estadounidense a través de las lápidas de las tumbas de personajes olvidados o víctimas del sistema; Up the Yangtsé, de Chang Yung, emotivo documental sobre los efectos de la construcción de una monumental represa en China; Flower in the pocket, de Seng Tat Liew, encantador seguimiento a dos pequeños hermanos que deambulan por las calles de una ciudad en Malasia; Cochochi, naturalista seguimiento a otros dos hermanos en edad escolar, esta vez en la zona rural de Chihuahua; y finalmente la ganadora de la competencia, el documental mexicano Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo, de Yulene Olaizola, que registra la particular y enrarecida historia que cuenta su propia abuela, centrada en un fallecido inquilino de su casa de huéspedes en la intersección de las calles del DF que origina el título.

 



Fengming

Control

 

 

Si hay que seguir categorizando, también hubo películas que venían precedidas de enorme prestigio tras su paso por otros festivales, pero que suelen dividir las aguas: pocos pueden cuestionar que el mexicano Carlos Reygadas (el mismo de la polémica Batalla en el cielo), el estadounidense Gus Van Sant (icono del cine independiente mundial gracias a títulos como Drugstore cowboy, Mi mundo privado y Elephant) y el húngaro Béla Tarr filman
como los dioses, y que algunos de sus planos son verdaderas obras de arte para estudiar en las escuelas de cine, pero ni el primero en Stellet licht (Luz silenciosa)–drama ambientado en una comunidad menonita en México, ganadora del Premio del Jurado en Cannes– ni el segundo en Paranoid Park –también premiada en Cannes, melancólica reflexión sobre un adolescente en problemas, ligado a una horrorosa muerte accidental– o el tercero en Theman from London –atípico relato policial basado en Simenon, rodado en un espléndido blanco y negro– se salvan de algunas críticas por la manera en que desarrollan sus historias.

 

Por su parte, Control, primer largometraje del taquillero fotógrafo y realizador Anton Corbijn (responsable de videos para bandas como U2, Nirvana y Depeche Mode), que registra la historia del fallecido líder de Joy Division, Ian Curtis, sólo sobresale por su banda sonora (obvio), las actuaciones, la ambientación de los años 70 y la estupenda fotografía en blanco y negro, porque en lo dramático se trata de un trabajo convencional y por momentos hasta plano. Siempre en el ámbito musical, en la interesante y curiosa La France, de Serge Bozon, una mujer se hace pasar por hombre infiltrándose en un batallón francés para volver a ver a su marido durante la Primera Guerra Mundial, y los soldados interrumpen la acción cada cierto tiempo para entonar agridulces y contagiosas canciones pop con instrumentos artesanales.

 

 

 

Festival a prueba de balas

 

 


Para consuelo de quienes no pudieron escaparse a Buenos Aires, lo más probable es que unas cuantas de estas cintas lleguen a nuestras pantallas, porque entre la numerosa delegación chilena que pudo verse en el Bafici (ver recuadro), estuvieron presentes directores, productores y programadores del festival Sanfic y del de Valdivia. Porque nadie quiso perderse este evento que genera una verdadera adicción y que volvió a tener como epicentro los cines del shopping Abasto en Avenida Corrientes, pero también funcionó en clásicas salas porteñas como el Atlas Santa Fe, el Cosmos o la Lugones del Centro Cultural San Martín, cómodos recintos como el cine del Malba o el remozado Teatro 25 de Mayo, especialmente reabierto para la ocasión.

 

El entusiasmo del público fue contagioso; además de las secciones oficiales, las mesas redondas, foros y charlas siempre contaron con atentos participantes, y estando ahí uno no deja de asombrarse del vigoroso ejemplo de supervivencia demostrado por este festival. Y eso que al ser un evento que depende en buena medida del financiamiento oficial, la elección el año pasado del conservador Mauricio Macri como jefe de gobierno de Buenos Aires había provocado muchas reservas sobre el futuro del certamen, las que se agudizaron con la renuncia en diciembre pasado del director del festival, Fernando Martín Peña, quien fue reemplazado por el crítico y realizador Sergio Wolf; si a esto le sumamos el paro nacional de los agricultores, que durante semanas mantuvo en vilo a los porteños y duró hasta escasos días antes de la inauguración del Bafici, y el humo que en las jornadas finales se colaba incluso al interior de las salas de cine, todo hizo más estoica la misión de los cinéfilos. Pero ellos seguían ahí, felices.

 

Stellet licht

Quizás el que mejor pueda explicar la subsistencia de este verdadero milagro de la cultura en nuestra región sea el cineasta, productor y guionista Manuel Antín, director del Instituto del Cine en el gobierno de Alfonsín, y fundador y rector de la Universidad del Cine, un verdadero semillero para el Bafici. En su prólogo para el libro Bafici 10 años, Cine argentino 99/08, Antín afirma que el Bafici es “un festival que ha logrado sobreponerse a avatares y contradicciones políticas y sociales de tal manera que ha podido no modificar su perfil desde su nacimiento hasta ahora mismo. Un milagro institucional que no suele repetirse en nuestro país y que redobla los motivos de orgullo casi hasta el infinito”. Y bueno, si lo dice un argentino, ¿por qué no creerle?

 

 

 

 

Chile, presente

Cineastas, productores y críticos conformaron la suerte de “selección chilena” que se desplazó hasta Buenos Aires, y que tuvo como principal exponente al ascendente director José Luis Torres Leiva y su primer largometraje de ficción, filmado en Valdivia: El cielo, la tierra y la lluvia, bello seguimiento a cuatro personajes solitarios y necesitados de afecto en medio de una naturaleza agreste y envolvente. La película ya fue premiada en los festivales de Rotterdam y México; y en el Bafici, donde integró la selección oficial internacional, fue muy bien recibida, obteniendo elogios de los críticos de los dos diarios principales en Argentina, La Nación y Clarín. Si bien no fue considerada entre las ganadoras de la competencia, de todos modos el cine local obtuvo saldos positivos: dos futuras producciones chilenas –Sentados frente al fuego, de Alejandro Fernández Almendras, y El verano de los peces voladores, de Marcela Said– fueron premiadas en el Buenos Aires Lab (BAL), apartado del festival en el que participaron otros cinco proyectos de largometrajes en etapa de pre producción y búsqueda de financiamiento. Si a esto sumamos una mención especial para Cristián Leighton y su Kawase-san, una película japonesa, indudablemente la presencia chilena se hizo notar este año.

 

 

 

 



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