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Artículo correspondiente al número 270 (26 de febrero al 11 de marzo de 2010)
Protagonista privilegiado de la historia política y del pulso del poder, el saliente ministro secretario General de la Presidencia reivindica lo realizado por los gobiernos de la Concertación y defiende las singularidades que distinguen y diferencian al ideario de centroizquierda. Por Patricia Arancibia Clavel; fotos, Julio castro.
El oficio del fotógrafo consiste, entre otras cosas, en saber dominar el juego de luces y sombras, habilidad muy similar a la que se requiere para aproximarse a la política de hoy. Así, durante las últimas semanas las luces han confluido sobre Sebastián Piñera y su equipo de gobierno. Ellos son el radiante presente y sus pendrives contienen parte del porvenir. Mientras, en duro contraste, la sombra ha ido envolviendo a quienes administraron el Estado durante las dos últimas décadas.
¿Injusto? ¿Trágico? Nada de eso. Los ciudadanos decidieron dar por concluida la primera fase de lo que bien podría denominarse la II República, iniciada en 1990. Para la Concertación ha llegado la hora de la historia y de los balances y sus dirigentes y militantes deben aprender a digerirla. El ejercicio no es fácil pero, quizás, resulta menos complejo para un hombre como José Antonio Viera-Gallo Quesney quien, siendo protagonista de todo el ciclo que termina, tiene además la ventaja de poder analizar el momento desde el punto de vista de quien ha transitado desde los años 60 entre las luces y las sombras de la contingencia.
Culto y tolerante, poco dado a la estridencia, el todavía ministro secretario general de la Presidencia es un hombre de izquierda apreciado en amplios círculos por su ecuanimidad y capacidad de diálogo, atributos que lo consagran como a uno de los grandes orfebres de los acuerdos que se llevaron a cabo bajo el gobierno de la presidenta Bachelet.
Con gran sencillez, y puntualmente, me recibió en sus oficinas de La Moneda, donde destacan los retratos de dos “grandes” del siglo XIX: Portales y Antonio Varas. Luego, con la finalidad de conversar de manera más distendida, nos fuimos caminando a tomar un café en las cercanías del palacio. “Hoy, después de las elecciones –me comenta con sentido de humor y simpatía–, los saludos en la calle se han reducido bastante…”. Sin duda, conoce las veleidades del poder…
-Dado el origen de tu familia, pareciera que es válido aquello de que los hijos se parecen más a su tiempo que a sus padres…
-Eso es verdad. Respecto a mi familia –y debe tener algún peso el ser hijo único, como es mi caso–, la línea paterna era de derecha. El único anómalo era un tío peruano, diplomático, que estuvo exiliado en Chile en la época de Leguía y que participó en la fundación de la revista Ercilla con Manuel Seoane. Eso era algo muy extraño para mí, pero lo entendí más tarde, cuando viví en Lima bajo la dictadura de Odría y Haya de la Torre –el líder del APRA– estaba refugiado en la embajada de Colombia. Estuvo ahí por seis años. La familia de mi madre, en cambio, era más bien de una derecha moderada. Los únicos distintos eran Claudio di Girolamo y mi tía, demócratacristianos muy comprometidos con lo social por razones religiosas, de convicción. También en la familia de mi señora hubo un minuto en que ahí todos eran demócratacristianos. El único diferente era el tío Tomás Chadwick, hermano de mi suegro, senador socialista. El pobre sufrió un ataque justo el día del triunfo de Allende, y no se recuperó nunca. Mi suegro se pronunciaba poco, porque era notario. Pero la familia fue evolucionando y algunos se hicieron de derecha. El mismo Sebastián Piñera era democratacristiano en esos días...
-¿Y cómo fue tu formación?
-Hace poco leí la trascripción de la entrevista que dio a una revista la hija mayor de Trujillo, Flor de Oro. Bastaron unas líneas para que despertaran algunos recuerdos de los años que viví en República Dominicana, donde mi padre desempeñó un cargo diplomático. Flor de Oro –la estoy viendo– era la mujer de Porfirio Rubirosa, un tipo de leyenda, que con cierta frecuencia aparecía en nuestra casa. Yo era un niño y, a pesar de la distancia que obviamente me separaba de la terrible crueldad que caracterizó a la dictadura de Trujillo, de cierta manera se me pegó el temor reinante, como una especie de membrana pegajosa. Son sensaciones que se graban para siempre.
La verdad es que me tocó vivir bajo muchas dictaduras: en parte Perón, después Trujillo, más tarde Odría en el Perú y Oliveira Salazar en Portugal. Tal vez mi búsqueda de espacios de libertad sea una reacción más o menos inconsciente a esa circunstancia tan propia de esos años, por lo demás. Pero también me influyó el que, como hijo de diplomático, haya compartido mi adolescencia con jóvenes de buena situación. Yo no estaba consciente de hasta qué punto era un privilegiado. La impresión que me provocó después el brutal choque con la injusticia social me marcó para siempre. Creo que la libertad está muy bien, los derechos, todo eso; pero son millones las personas que no podrán ser libres mientras sigan sumidas en la ignorancia y la pobreza, dos lacras que van de la mano. Un joven católico, como lo era yo, no podía desentenderse de ese drama.
-¿Sigues siendo católico?
-Sí, con muchas dudas…
-¿Y cuál fue tu aproximación al tema de la pobreza?
-Yo diría que fue natural que me incluyera entre quienes deseaban apurar el tranco, porque al ritmo que íbamos pasarían siglos antes de que se lograra salir de la miseria. En este sentido de urgencia, en mi impaciencia de entonces, yo me reconozco mejor en mi generación que en la tradición de mis padres.
-De ahí tu apoyo a Allende y al proceso revolucionario de la Unidad Popular…
-Estamos hablando de los años 60, una década revolucionaria. Yo creo que el MAPU fue eso, un afán de acelerar los tiempos y, lamentablemente, ese esfuerzo desembocó en una dictadura. Entonces, yo diría que, por experiencia, la izquierda chilena aceptó la necesidad de la gradualidad; es decir, que la sociedad requiere tiempo para madurar y avanzar. Y como la Concertación aprendió el valor de la perseverancia, deja como legado al país los años de mayor progreso y bienestar que ha conocido. ¡Y todo ello, en libertad!
-Me imagino que tu experiencia como subsecretario de Justicia de la UP y todo lo que viviste en esos años caóticos también tienen que haber sido un elemento importante para tu posterior manera de enfocar la actividad política…
-Sí, y fue muy dramático porque yo tuve una relación bastante estrecha con el presidente Allende, a pesar de la enorme diferencia de edad. Viví en carne propia los esfuerzos que él hizo para buscar una solución a la crisis. A lo mejor se puede analizar si se debió haber hecho más, todo eso se puede discutir; pero él intentó distintos caminos de solución, a veces bastante desesperados. Y terminamos en lo que terminamos. Esa fue una lección muy fuerte, una lección que no se olvida.
-¿Es parte de aquella lección que los sectores que propiciaron la vía violenta para alcanzar el poder, en la segunda mitad de los 60, hayan aceptado la democracia como único método legítimo?
-Yo creo que hay algo de eso, que uno se da cuenta de que si extrema los conflictos, se pierde el diálogo, se pierden los valores comunes, y entonces empieza a imperar la lógica de la violencia; y cuando eso ocurre, gana el más fuerte e impone su ley. Eso es muy negativo, pero no quiere decir que uno niegue los conflictos en la sociedad. Los conflictos están ahí, pero la búsqueda de una solución razonable sólo puede darse en un marco de legitimidad y legalidad. En ese camino hay que respetar a todos y aceptar la gradualidad. El tiempo se venga de todo lo que se hace sin tenerle en cuenta.
-
¿Cuáles han sido los hitos políticos en Chile que, como observador o como protagonista, te han marcado en este último medio siglo?
-Los hechos que me han impactado se inician a mediados de la presidencia de Jorge Alessandri, cuando él se vio forzado a cerrar el comercio exterior del país porque quedó sin dólares… Eso fue el anuncio de la llegada de los radicales al gobierno. A mí me impresionó, era como el fin de algo. Tres años después, el triunfo de Eduardo Frei, la reforma agraria, la toma de la Universidad Católica, la elección de Allende, la nacionalización del cobre, el golpe militar y… muchos años de exilio. Yo estuve en todo eso y pagué un alto precio: durante una década tuve que resignarme a mirar mi país desde lejos, por lo que muchas cosas que fueron importantes en el régimen militar las conocí en diferido.
Volví en 1984, cuando Jarpa lo permitió. Lo hice en un ambiente enrarecido, inquietante, en medio de las protestas, antes del atentado a Pinochet. Viví de cerca la rearticulación de las fuerzas democráticas y su victoria en el plebiscito de 1988. En adelante, cada elección presidencial fue un hito. Sobre todo el triunfo de Aylwin, por ser el primero, pero también el de Lagos, símbolo del regreso de los socialistas y, por cierto, el de la actual presidenta, tanto por su trayectoria como por su ejemplo de vida y su condición de mujer. El último hecho que me zamarreó fuerte acaba de ocurrir: nuestros adversarios nos han desplazado del gobierno y ha triunfado Piñera. Es imposible encajar una derrota con indiferencia. Curiosamente, también tuve la sensación de estar en medio de un acontecimiento histórico cuando Pinochet dejó la comandancia en jefe del Ejército.
-Y en tan extenso período, cuya densidad histórica es excepcional, ¿cuánto cambiaron las ideas de un socialista?
-Mucho. Yo creo que ocurrieron sincronizadamente dos procesos que nos obligaron a cambiar: uno interno y otro externo. El interno fue la rápida modernización de la sociedad chilena. El país que yo conocí en mi juventud es completamente distinto al país de hoy. La estructura social era mucho más sencilla y jerarquizada, la elite profesional era pequeña, había muchas tareas sociales impostergables. La transformación ocurrida ha sido impresionante y sorprendente. Al punto que hoy nos cuesta entendernos con la generación que nos precede y con la que nos sigue. Por eso es que las mismas ideas, o más bien los mismos principios, se tienen que expresar de otra manera para hacerse inteligibles. A fin de cuentas, la modernización social nos hizo cambiar de mentalidad.
-¿Y el factor externo?
-El factor externo fue el término de la Guerra Fría. Al caer el Muro de Berlín y desintegrarse la URSS, la lógica de la política internacional sufrió un vuelco irreversible. Ese es un hecho determinante para entender el mundo contemporáneo. Gran parte del problema de Chile es que estuvo atravesado por la Guerra Fría, por lo menos desde que Gabriel González ilegalizó al Partido Comunista…
-De acuerdo: fuimos una batalla de la Guerra Fría, pero, ¿no crees que durante estos últimos veinte años todavía sigue en pie en parte de la izquierda chilena esa lógica, la de los “buenos y malos”?
-A ver, yo creo que como estamos en un país lejano, las grandes ondas de cambio mundial llegan atrasadas, pero llegan. Es cuestión de tiempo. Insisto en que si no hubiera caído el muro –por el significado universal de ese hito histórico– la aproximación de la gente de izquierda al cambio habría sido muy diferente.