Bienvenido, te encuentras en Inicio arrow Reportajes y Entrevistasarrow Egipto post revolución: ¿Y ahora qué?

Herramientas

Reportajes y Entrevistas
Egipto post revolución: ¿Y ahora qué?

Artículo correspondiente al número 304 (15 al 28 de julio de 2011)

 

Conocí Egipto diez años atrás. Todavía recuerdo al guía de la Ciudadela de Saladino, quien, mientras hacía el recorrido, se ufanaba de las virtudes democráticas del régimen de Hosni Mubarak. Para entonces el derrocado gobernante ya acumulaba dos décadas al mando del país. Acabo de regresar a El Cairo para exponer -por esas ironías de la vida- sobre la experiencia chilena en la transición política. Aquí, el relato de lo que se respira en una nación que lucha por encontrar un camino a la democracia. Aunque sea en la medida de lo posible. Por Cristóbal Bellolio.




La vida sigue (casi) igual para los egipcios. Se suceden las manifestaciones como réplicas del reventón, pero en general no hay desórdenes ni violencia callejera. “Las cosas funcionan mejor que antes”, me comentó el tipo que me esperaba en el aeropuerto, con el pecho infl ado. Al menos, esa es la percepción de la gente. El 82% de la población, según una encuesta publicada poco después de la caída de Mubarak, se mostraba optimista respecto del futuro. Hoy, esa cifra ha caído sustantivamente pero aún se empina sobre el 50%. Muchos pensaron que la revuelta iniciada el 25 de enero traería cambios radicales de la noche a la mañana. Por lo mismo, uno de los desafíos actuales es lidiar con esa frustración. Las transiciones –no lo sabremos nosotros– se construyen a punta de pragmatismo, concesiones y gradualidad. La incógnita es si existen actores políticos a la altura de las circunstancias.

Los militares, todavía, son los buenos de la película. Se les agradece haberle quitado el piso al ex presidente en el momento clave. Si hubieran decidido respaldarlo, el baño de sangre habría sido incalculable. Hoy son ellos los que controlan la burocracia –que permite que las reparticiones y servicios públicos continúen su labor con relativa normalidad– a través de un consejo de 19 altos jerarcas de las fuerzas armadas. Aunque originalmente estaba previsto que entregaran el poder a un parlamento elegido en el mes de julio, la lentitud del proceso ha postergado las elecciones para septiembre. No son sólo los militares; los movimientos sociales que nacieron en la plaza Tahrir piden más tiempo para organizarse. Ya conocemos la historia: las transiciones tienen metas y no plazos. El resto es incertidumbre.

El despertar

Para apaciguar los ánimos, días antes de su caída, Mubarak se dirigió a la nación con un discurso en el cual enfatizaba su relación paternal con el pueblo egipcio. En lugar de hablarles como a ciudadanos libres, continuamente se refirió a ellos como sus “hijos”. Pero sólo a los observadores occidentales les causó extrañeza. Egipto, como gran parte de medio oriente, vive todavía en un estado de infantilismo político. Es cosa de revisar su trayectoria histórica: después de haber sido dominados por persas, griegos, romanos, otomanos, franceses e ingleses, los egipcios sólo volvieron a controlar soberanamente su propio territorio en 1952 con el ascenso al poder del coronel Gamal Abdel Nasser. En 1970 le sucedió su vicepresidente, también militar, Anwar el-Sadat. Asesinado por extremistas musulmanes en 1981, el-Sadat dio paso a su propio vicepresidente –ex militar– Hosni Mubarak. En resumen, tres gobernantes designados a dedo y provenientes del mundo castrense. Hasta el último momento, Mubarak se resistió a designar vicepresidente, con la esperanza –dicen– de ungir a su propio hijo Gamal como sucesor. En estas condiciones se hace bien difícil desarrollar hábitos democráticos.

“Por primera vez en Egipto se habla de política”, me comentó un corresponsal británico experto en la región. En efecto, la revolución ha sido efectiva en su capacidad de bajar a la población temas y conversaciones inéditas. Por supuesto, Egipto no será la vieja Atenas. El bullicio y regateo de los mercados no se mezcla con las artes deliberativas. Muchos todavía creen que la pobreza dura –cerca del 40%– se combate con más autoridad y no con más democracia. En concreto, el fenómeno de socialización política se observa en la juventud concentrada en las universidades, en las organizaciones femeninas y en los distintos movimientos de la sociedad civil, potenciados por la capacidad de difusión de las redes sociales. Los intentos del gobierno de Mubarak por silenciar estos medios fueron infructuosos y ayudaron a hacerlos aún más populares. En las calles de El Cairo, junto al merchandising alusivo a la “gesta” del 25 de enero, se pueden adquirir camisetas que sólo dicen “Google”, “Facebook”, “Twitter” o “Flickr”. De ahí que algunos de los personajes más reseñados por los medios internacionales han sido, justamente, los blogueros y los activistas digitales.

Intercambié con ellos varias reflexiones. Mi impresión final es que todavía no está claro cuál es el alcance de la revolución. Lo que comenzó como una manifestación convocada para conmemorar el “día de la ira” –alimentada por los sucesos de Túnez–, tiene horizontes muy difusos. Para estos jóvenes, deshacerse de Mubarak era sólo el comienzo. Pero para el establishment egipcio, la tarea ya está concluida. Mientras los primeros quieren sentarse a dibujar el país que sueñan desde cero, el segundo está ansioso por repartirse el poder disponible. El contraste de expectativas es evidente. Por eso, algunos prefieren referirse más austeramente al “levantamiento” de Tahrir, anticipando con opaco realismo que esta será una revolución sin transformaciones estructurales. No descarto que sea esa una posibilidad. A la política le gustan los disfraces gatopardísticos, cuando todo cambia para que todo siga igual.

Sin embargo, muchas cosas no volverán a ser como antes. Una nueva generación de egipcios se formará en una atmósfera más consciente respecto de cómo funciona el poder y qué rol les corresponde jugar a ellos como ciudadanos –titulares de derechos y deberes– y no como infantes –hijos de un padre omnipotente ajeno a cualquier escrutinio o rendición de cuentas–.

El huevo o la gallina

La discusión más caliente en los medios egipcios se remite a la pregunta: ¿qué viene primero, elecciones parlamentarias y presidenciales o una nueva constitución? Los que apoyan la primera opción sostienen que es urgente llenar el vacío de poder, devolver a los militares a sus cuarteles y aprovechar la legitimidad de los nuevos representantes para tratar cualquier cambio constitucional. Los que favorecen la segunda alternativa dicen que no es posible montar un sistema político sin reglas del juego conocidas y aceptadas por todos los actores. Sostienen que los partidos mejor organizados monopolizarán la representación, sin incentivos para realizar los cambios necesarios y que hay discusiones de fondo que una asamblea constituyente puede abordar mejor que los políticos, quienes sólo piensan en asegurar sus escaños.





Comenta este artículo

Nombre
:
Email
:
URL
:
  (Opcional)
Código Verificación Capital.cl

Comentarios

0 Comentarios

 
IAB ChileCertifica.com