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Doctor I

Artículo correspondiente al número 238 (3 al 16 de octubre de 2008)




-¿Cuándo parten sus indagaciones con fármacos naturales contra el Alzheimer?

-Recién hace unos 4 años. Se comenzó a trabajar con plantas naturales, como la yerba de San Juan. Nuestro acercamiento era distinto a como se había investigado el Alzheimer hasta ese momento. Nos salimos de lo conductual y buscamos moléculas que mejoraran la capacidad cognitiva de las personas que padecen esta enfermedad. En 2000, gracias al apoyo de un Fondap (Fondo de Investigación Avanzada en Areas Prioritarias), comenzamos con mi equipo el trabajo con la hiperforina, un compuesto que durante varios años se había usado para tratar la depresión y que existe en la yerba de San Juan.


-¿Qué descubrieron?

-Mediante experiencias in vitro demostramos que la hiperforina impide que se formen las fibras de beta amiloide. Más aún, que desarman fibras ya formadas.


-Que en simple vendría siendo…

-Que ciertas dosis de hiperforina inyectadas inhiben la acumulación de los péptido- beta-amiloides, que es “la proteína del Alzheimer”. Ella se deposita en el cerebro, formando placas que destruyen las neuronas asociadas a la memoria y al aprendizaje.


-¿Ya se ha probado en humanos?

-Ese debiera ser el paso siguiente. En caso de obtener resultados, una posibilidad sería venderle la licencia a un laboratorio grande. A cambio, dicha farmacéutica nos pagaría una suerte de royalty por comercializarlo, que es lo que se estila en este tipo de casos.

 

 

Contra el establishment

 

-Tras obtener el premio nacional, ¿siente que su trabajo lento y silencioso por fi n es reconocido?

-A mí no me interesan ni la fama ni los títulos. Lo único que me mueve es realizar mi trabajo tranquilo y contar con el financiamiento y el equipamiento necesarios para realizar mis investigaciones.

Es cierto, estoy muy contento y honrado de haber recibido este premio, pero mi trabajo ya era reconocido en la comunidad científica. Lo que me alegra es que significa mucho para mis estudiantes de pre y postgrado de la Universidad Católica.
Tengo que decirle que para mí también fue muy importante haber ganado uno de los proyectos basales que nos permitirá contar con 18 millones de dólares de aquí a los próximos cinco años, con opción de renovarlos. Esta da tranquilidad, porque hay que tener en cuenta que testear un nuevo descubrimiento y conseguir el equipamiento para hacer investigación es carísimo. Por ejemplo, un microscopio confocal de dos fotones vale 500 millones de pesos.


-En su experiencia, ¿qué lugar ocupa el científico en nuestra sociedad?

-Aunque debería ocupar un lugar relevante, siendo sincero está como en la mitad de la escala del estatus social.


-¿Y eso es sólo culpa de los gobiernos o también tiene que ver con el meta-lenguaje con el que se comunican los científicos? ¿Hay algo de soberbia o ego en esta comunidad?


-En primer lugar, hay en general en la sociedad poco interés y conocimiento acerca de la ciencia, y supongo que los científicos tienen su parte de culpa, también. En cuanto al ego, don Joaquín (Luco) solía comparar la creatividad de las personas de ciencia con la de los artistas… y sí, es cierto, algo de ego hay, pero se debe a que nuestro trabajo está relacionado con lo que descubrimos y con el impacto que ello puede tener en la sociedad.


-Usted es de los pocos científicos de primer nivel que decidió hacer su carrera en Chile. ¿Fue una opción o se dieron así las cosas?


-Hice un postdoctorado en la Universidad de California y, cuando terminé, tenía ofertas para quedarme investigando en Stanford, más un par de ofrecimientos de otras instituciones. Pero decidí volver a Chile porque quería hacer lo que realmente me interesaba y no lo que forzosamente tenía que hacer, por las condiciones de la beca o las directrices de la universidad. Siempre he pensado que sí se puede hacer ciencia en Chile y que una de las cosas que vale la pena es hacer clases, cosa que he hecho ininterrumpidamente desde 1982. De paso, le cuento algo curioso: de los cuatro premios de Ciencias Naturales, tres hicieron su doctorado en Chile. Eso dice algo, ¿o no?


-¿Cuál es la relación de la autoridad con el mundo de la ciencia?

-La verdad es que, con honrosas excepciones, a la autoridad no le interesa mucho lo que pasa en el mundo científico. Es cosa de ver cómo se manejan las platas: el ministerio de Hacienda maneja los recursos como patrón de fundo y sólo se destinan fondos a los proyectos que están directamente relacionados con productividad e innovación. Por algo se nombró como presidente del Consejo de Innovación a un ex ministro de Hacienda, Nicolás Eyzaguirre. En cuanto a los jefes de gobierno, diría que hay tres puntos de quiebre: en 1986, cuando el gobierno de Pinochet (a instancias de Büchi y del ministro de Educación, Juan Antonio Guzmán) aumentó los proyectos Fondecyt de 400 mil pesos anuales a alrededor de 10 millones de pesos anuales. Luego, viene otro quiebre en 1995, cuando Frei establece cátedras presidenciales y luego, las iniciativas Milenio. Para mí, el último quiebre es entre 2003 y 2004, cuando se crea la figura de consorcios entre científicos y privados. Con Lagos, además, volvió a la presidencia de CONICYT un científico con doctorado, como fue Eric Goles.


-Dados el tamaño de nuestro mercado y nuestra fuerte producción hacia las materias primas, ¿cree usted que alguna vez existirán la audacia y la decisión para destinar recursos a otras áreas de la ciencia?


-Esto me recuerda la discusión que se produjo a raíz del recorte en las platas de las becas Fondecyt, cuando se planteó el dilema entre ciencia básica y ciencia aplicada. Para mí, este tipo de discusiones sólo es una muestra de la gran ignorancia que existe entre quienes deciden las estrategias para el financiamiento de la ciencia. Es decir, no entiendo que alguien pueda pensar que en Chile se pueda hacer ciencia aplicada, sin hacer ciencia básica. Por ejemplo, nosotros trabajamos con la acetilcolinesterasa en un tema de pura experimentación. Pero nadie estaba pensando que esos ensayos terminarían en algo sumamente aplicado como es una droga para los trastornos que causa el Alzheimer.


-Pero hay científicos que parecieran tener una relación privilegiada con ella, como el físico Claudio Bunster.

-El caso de Claudio es particular y hay que analizarlo con la perspectiva que se requiere.


-Pero usted fue crítico de Bunster en una entrevista y afirmó que él conseguía recursos “no participando en algunos concursos” y que “no estaba entre los científicos más citados de Chile”.


-Lo que pasa es que una cosa es lo que Bunster ha hecho por la ciencia en Chile –las iniciativas Milenio fueron una propuesta suya al ex presidente Frei y lo que ha hecho con el CECS, también ha sido toda una hazaña– y otra, es que algunos piensan que pareciera que para él fuera más fácil conseguir fondos que para otros. Yo pondría atención en dos cosas: la primera es que él supo que existía la posibilidad de obtener financiamiento a través de los gastos reservados de la Presidencia, y lo ha hecho. La segunda tiene que ver con la forma con la que se refirió a las universidades cuando se incorporó a la Academia de Ciencias de Estados Unidos y las trató como “pequeñas uniones soviéticas”. Eso no me parece y creo que cometió un error.


-¿Y cómo ve a los privados en su relación con la ciencia?

-Los privados sólo quieren financiar ciencia que les sirva para mejorar sus procesos productivos o mitigar alguna enfermedad. ¿O usted cree que las empresas salmoneras se hubieran preocupado por financiar laboratorios o, derechamente, comprar una parte de ellos, si no hubiera sido por el virus ISA? Lo mismo pasa con el cobre. Encuentro inconcebible que no exista un instituto –con recursos fiscales y privados– para investigar otros usos del cobre.

 

 



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