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Artículo correspondiente al número 245 (23 de enero al 19 de febrero de 2009)
-¿Dónde está el punto que separa la religión de la política?
-Por de pronto, no es un punto matemático. Es un punto de sabiduría, determinado por una visión del hombre que debe ser encarnada en acciones concretas y políticas, prácticas. El sacerdocio, el magisterio, debe dar el alma, la orientación que requieren los laicos que están en el primer frente, cuidando el núcleo de la fe y apoyándolos para que tengan raíces, para que su labor no se transforme en mera beneficencia.
-O sea que lo propio de la actividad cristiana en el mundo es su anclaje en una antropología humana…
-¡Exactamente! Esa es la palabra. Y en este caso, se trata de una antropología personalista que consiste en lo siguiente: la persona no se puede presuponer así en abstracto, hay que detenerse con cariño en la persona concreta y explorar sus relaciones, sus amistades, sus ligamentos con la tierra, sus vínculos con el mundo intelectual, no en tanto ejercicio especulativo de la mente sino como sabiduría. En una palabra, hay que cuidar la persona, de ahí viene el personalismo. Y la persona está situada en comunidad, no puede ser entendida exclusivamente como experiencia del individualismo. La Iglesia, en suma, no puede presuponer de las personas que ellas están en condiciones de tomar, sin más, la verdad de Jesús. Esa, la de la iglesia de Cristo, es una mirada antropológica y pedagógica del hombre.
-Quitémosle la fe… ¿Qué tenemos entonces? ¿Liberalismo, marxismo, cualquier “ismo” encaminado al bien del hombre?
-La fe no es una especie de crema que uno se pone al final, sino la raíz del auténtico humanismo. Creer en Dios o no creer, cambia todo. Y depende qué Dios tengas, por cierto. El Dios mío puede ser amigo del hombre y respetuoso de la libertad de cada persona, o un Dios que se me impone y me aplasta. Fíjate que la encarnación nace de la pregunta que formula el mismo Dios, a través de su arcángel, a una mujer jovencísima… Toda la historia de la humanidad gira en torno a ese instante decisivo. En cierto modo, el tiempo se congeló en espera de la respuesta de María. Su fiat, el hágase en mí, fue una declaración de amor que hizo posible llevar adelante el plan que Dios tenía desde siempre para su criatura predilecta. La decisión de María, esa muestra de infinita confianza –y la fe no es otra cosa– cambió todo lo humano, y lo cambió de una vez y para siempre.
-¿Cree usted que para el hombre y la mujer de nuestro tiempo –debatiéndose en medio de una sociedad materialista, cuando no derechamente consumista, y fuertemente competitiva– les es posible vivir de acuerdo a ese modo ideal?
-Por supuesto. Te repito que las alegrías y exigencias del cristianismo son estrictamente humanas. Cristo “divinizó” nuestra condición al encarnarse en las entrañas de María.
-Yo estoy pensando ahora en asuntos más contingentes…
-Si te entiendo bien, estás pensando en la vigencia de la doctrina social de la Iglesia. Yo creo que ahí hay un depósito de sabiduría, de experiencia y de sentido común que no conviene desechar sin más. Mi padre era un hombre de negocios bastante pragmático, un financista, y sin embargo –o por lo mismo, no lo sé– tenía puesta su esperanza en una sociedad modernizada a la par que recristianizada a la luz de la doctrina social de la Iglesia. Para él, el tema de los pobres era esencial. Nos tenía prohibido decir la palabra “roto”, que a su juicio era una rotería imperdonable.
-¿Fue falangista?
-No, mis padres nunca dejaron el Partido Conservador. Mi mamá encontraba que la Falange Nacional era un poco teatral, en el sentido de que hablaban demasiado de lo que hacían para ser buenas gentes. Ella era partidaria del ejercicio de la caridad con discreción, con extremo respeto a quien queremos ayudar, sobre todo.
-Ese es un rasgo de delicadeza…
-A propósito de delicadeza, y porque viene a cuento, quiero contarte algo que me conmovió de Juan Pablo II…
-Sé que trabajó con él y que le admira mucho…
-Bueno, no sólo fue un gran papa, sino un hombre muy hombre y un protagonista central del siglo XX. Como historiadora, ¿has reparado en que a lo largo de la última etapa, digamos desde la revolución francesa en adelante, para entendernos, no hay, fuera de la Iglesia, otra institución que haya sido conducida en todo momento por personajes tan notables, sólidos y competentes como los papas contemporáneos? El mundo ha cambiado vertiginosamente, venerables imperios desaparecieron y los que no eran tan venerables, también. Pero el Espíritu Santo ha suscitado la elección de hombres sobresalientes para el trono de Pedro, y al último de ellos lo seguí de cerca. Conocí el entorno del futuro Juan Pablo II en Cracovia, porque trabajé allí con la Comisión Teológica. Con Hernán Alessandri formamos parte del equipo de transición cuando fue elegido, y escribimos varios documentos con propuestas doctrinales. Fueron meses de intensas discusiones al interior de la Iglesia. ¡Imagínate nuestra alegría cuando le escuchamos proclamar en México (Puebla), las mismas ideas que habíamos defendido! Estábamos allá y nos abrazamos llorando con Hernán y Lucio Jera, gran teólogo argentino.
-Les hizo caso…
Suelta una carcajada y me dice: modestamente… El Concilio Vaticano II había renovado el espíritu de la Iglesia y el vicario de Cristo estaba dispuesto a avanzar sin titubeos en la dirección acordada por los padres conciliares. ¡Imagínate! En un momento de la historia de la humanidad en que los signos de los tiempos parecían anunciar el predominio de las formas más burdas de la civilización material, Juan Pablo II profetiza la vigencia en nuestro tiempo de una identidad cristiana absolutamente densa, bullente, que se plasma en la historia. Es el Papa de la evangelización de la cultura, ya anunciadas por Pablo VI…
-Una especie de Gramsci al revés…
-Si lo quieres ver de ese modo… Lo importante, lo que no podemos perder de vista, es que el campo de batalla en que se decidirá el porvenir del hombre, donde está en juego su libertad, es precisamente el de la cultura. Ahí tenemos que estar, y en primera línea, los católicos del siglo XXI. Pero no de cualquier manera. Te contaré algo muy íntimo: conocí al papa Juan Pablo II en América, cuando hacía poco había sido elegido. Tuvimos un diálogo precioso y personal. Esa conversación fue una gracia de Dios, un regalo. Y entonces entendí el centro de su pensamiento. En adelante permanecimos en contacto de diferentes formas y, en los últimos años, por mi participación en Ayuda a la Iglesia que Sufre. Cuando me encontraba me decía en broma: ¿y qué hace el padre Alliende aquí? Y se reía. Perola última vez que le vi ya estaba muy enfermo y en la penumbra de una sala a la que habían entornado los postigos, me miró por sobre las cabezas de unos generales de congregaciones y me dijo en alemán: gracias por el amor. Me estremecí. Sé que no me lo dijo porque me considerase un santo lleno de amor, sino porque pertenezco a la Iglesia que Sufre. Este es mi lugar.