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Artículo correspondiente al número 245 (23 de enero al 19 de febrero de 2009)
-¿Es necesario en Chile? Antes del gobierno militar dependíamos de la ayuda exterior hasta para financiar las campañas políticas, pero desde hace ya un tercio de siglo somos una nación que se las arregla con sus propios medios. ¿O es que los católicos chilenos no son capaces de mantener sus propias organizaciones?
-La fundación contribuye anualmente con unos 600.000 dólares a la evangelización en nuestro país. En el conjunto es una cantidad modesta, pero significativa. Esta colaboración la inició Ayuda a la Iglesia que Sufre hace varias décadas, a petición del cardenal Raúl Silva Henríquez. El me telefoneó un día invitándome a cenar: Repasa tu alemán, me advirtió. Y en esa comida me presentó al padre Werenfried, fundador de Ayuda a la Iglesia que Sufre. Fue una conversación impresionante. Me consta que en tiempos del cardenal Silva Chile recibió, proporcionalmente, más ayuda que ningún otro país de América latina. Ahora, es evidente que los chilenos debiéramos ser capaces de sostener íntegramente nuestras organizaciones, pero todavía no es el caso. Lamentablemente, no existe aquí una cultura del dar… sino más bien lo contrario. Somos demasiado pasivos, poco comprometidos en términos prácticos con los ideales que proclamamos. Y es curioso lo que ocurre en este momento, porque al país le ha ido bien en los aspectos económicos del desarrollo en la misma medida en que ha comprendido y hecho suya esa realidad que llamamos globalización. Lo digo porque fueron los católicos quienes, en la historia, inventaron la globalización. La Iglesia, por definición, es universal. Las otras religiones son nacionales, como en Gran Bretaña, o están condicionadas por la raza o una cultura específica. Al católico siempre le ha resultado natural interesarse por lo que les pasa a sus hermanos en otras partes, como ocurre en cualquier familia. Y aspira a que todos los habitantes del planeta conozcan a Jesucristo y trabaja para que esa aspiración se convierta en realidad. En ese contexto, la fundación a mi cargo se focaliza en quienes son perseguidos por el nombre de Cristo.
-Pero en estos días, cuando la ideología activamente atea que alimentaba al comunismo es ya parte del basurero de la historia, para decirlo con una frase de Lenin, ¿quién persigue a la Iglesia en Occidente?
-Entiendo lo que quieres decir y conviene no olvidar que el siglo XX fue un siglo de mártires. En realidad, nunca antes fueron tantos los cristianos perseguidos y masacrados por el hecho de serlo. ¡Estamos hablando de cientos de miles de personas! Y todavía hoy, para que veas hasta qué punto pueden ser ambiguas las cosas, en China hay obispos católicos encarcelados. Y en Vietnam y en los países tras la Cortina de Hierro también los hubo. Pareciera que en Cuba –donde se eliminó hasta la fiesta de Navidad– la situación está mejorando.
El tema de fondo en todo esto es el siguiente: lo propio del hombre es la libertad, y el núcleo de la libertad es la libertad religiosa. Habrá, pues, persecución en tanto haya poderosos que quieran someter a los hombres a sus designios, considerándolos al efecto como un medio y no un fin en sí mismo. Es inaceptable sacrificar a una o varias generaciones para alcanzar, hipotéticamente, el cielo en la tierra. Es inaceptable porque es indecente. Y por eso se disimulan los procedimientos empleados para sojuzgar la libertad. Pero cuando bajo cualquier pretexto no me dejan tomar la decisión más íntima, como es mi relación con Dios, quiere decir que están dispuestos a no dejarme nada. Quien tenga la insolencia de indagar en ese santuario íntimo que es la conciencia será capaz de hacer cualquier brutalidad para doblegarme.
-Pero pienso que hoy nadie puede doblegar conciencias, padre…
-¿De veras? Nadie puede, dices, porque se acepta en público que nadie tiene derecho a invadir el núcleo sagrado de la persona humana; pero desgraciadamente la realidad es otra y los atropellos a la libertad de conciencia ocurren con dolorosa frecuencia. Lo que el papa Juan Pablo II denominó cultura de la muerte es, sin ir más lejos, una presión que a veces torna heroico comportarse como cristiano.
-¿Por cuánto tiempo permanecerá usted a cargo de esta fundación?
-Un período breve, tres años, a causa de mi edad. Aprovecho de decirte que me encanta ser viejo, porque si no tuviera 73 años haría más brutalidades de las que hago. Creo haber aprendido algunas cosas sensatas y procuro aplicarlas en mi vida. Mi trabajo consiste en hacer de puente, traspasando el espíritu del fundador de esta iniciativa a la generación siguiente, a la que no le conoció personalmente.
Es una responsabilidad mayor. Se trata de la iniciativa apostólica que ocupa el puesto de vanguardia en los frentes más arduos de la evangelización. Los medios materiales son importantes, pero ahí donde se persigue a los hombres de fe, debiéramos proporcionar ante todo un chorro de alegría, de optimismo sobrenatural; porque eso era Werenfried, un hombre iluminado por la fe que desbordaba humor, bondad, simpatía y claridad.
-Acaba de señalar que los perseguidos son los hombres de fe… ¿Pasó intencionadamente del plano de las instituciones al de las personas?
-Más bien inconscientemente, pero puedo explicarlo. El cristianismo, como sabes, no es una doctrina abstracta, intelectual. Es la presencia en la historia del Hijo del Hombre, de Jesucristo. Los creyentes siguen un ejemplo, desean que sus vidas imiten la del Maestro. La pregunta que se hacía frecuentemente san Alberto Hurtado, “qué haría Cristo en mi lugar”, es de lo más pertinente para un cristiano. Y las verdades que se desprenden del testimonio del propio Señor, contenido en los Evangelios, no las hemos recibido sus discípulos para guardarlas en una bóveda ni para destinarlas al consumo privado. Por el contrario, la Iglesia –integrada por todos los bautizados, no sólo por la jerarquía; somos pueblo de Dios, no lo olvides– es una Iglesia que evangeliza… Va en búsqueda de cada ser humano y le cambia su perspectiva vital, su destino, si se me permite la expresión, al comunicarle la buena nueva, invitándole a participar de la alegría y la libertad que nos regaló la redención del género humano practicada por Cristo al morir en la cruz. Esto caracterizó a la hermandad de seguidores de Jesucristo desde el primer día. Sin embargo hay que puntualizar que Juan Pablo II, seguramente por su estupenda formación filosófica, fue el primer pontífice que se declaró personalista.
-¿Y qué alcance tiene esa expresión?
-Para mí, un sentido enorme. Es poner en el centro, como camino y fi n de la perfección cristiana, el servicio a las personas, el cuidado de cada persona en particular. Es retomar el sentido original de la caridad. ¡Resulta tan fácil amar a la Humanidad! Lo difícil, lo valioso, lo verdadero, es amar al prójimo; es decir, al próximo, al que está a tu lado, tal como es, no como nos gustaría que fuese. Sartre, en su ateísmo radical, sabía lo que decía cuando afirmó que el infierno son los otros.
La cuestión terrenal
-¿Cómo se hace para no confundir eso con la política?
-¡Uf! La actividad política me interesó desde niño. ¡Cambiar el mundo! No se puede aspirar a algo más grande; pero el sacerdocio es más importante que la política. Un sacerdote puede modificar el corazón de una persona, es decir, la motivación que la mueve en una u otra dirección. El político se ocupa de estructuras, pero a fin de cuentas sólo el cambio para bien en los corazones se traduce en cambios sociales positivos y perdurables. Quiero decir, en suma, que las naciones avanzan o retroceden al ritmo de las virtudes de quienes integran la nación. Lo demás es cosmética.