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Defendiendo las fronteras

Artículo correspondiente al número 245 (23 de enero al 19 de febrero de 2009)

 

¿Puede alguien, simultáneamente, ser un chileno universal, sacerdote eficaz, poeta místico y desempeñar un cargo tan ejecutivo como presidir una institución destinada a elaborar proyectos concretos de evangelización? Puede. Lo acabo de conocer y se llama Joaquín Alliende Luco. Por Patricia Arancibia Clavel; fotos, Enrique Stindt.


Compatriota de buena cepa, santiaguino nacido en Calle Merced, en casa de su abuelo, con la cosecha 1935. Desciende del Chile Viejo que su antepasado Luis Orrego Luco describió magistralmente en sus conocidas Memorias. Como tantos de su generación y círculo social, estudió en los Padres Franceses “de abajo”, donde dejó recuerdos de buen alumno, pero sobre todo de niño travieso. De su familia recibió el ejemplo moral de dos personas que le marcaron profundamente. Por una parte, su abuelo, un médico que aunaba ciencia y religiosidad y que, formado en París, fue uno de los primeros psiquiatras de Chile. Tenía desplantes poco habituales para ese entonces… y ahora: por ejemplo, sacar a sus hijas un buen día de las Monjas Francesas y matricularlas en el Liceo Nº 1. Por otra, su tía Elena, hermana de su mamá, que siendo monja carmelita dejó el claustro para hacerse cargo de los sacerdotes ancianos, cuya soledad le conmovía.

Siendo niño, entrevió el poder en pantuflas. Era sobrino de la señora del presidente Pedro Aguirre Cerda y a Jorge González Von Marées, jefe del nacional-socialismo criollo, lo trataba de tío… Se acostumbró, pues, a oír en su casa lo que al día siguiente aparecería en los diarios. Sus padres, cultos y modernos como pocos en su época, dedicaron generosamente a sus hijos un bien cada vez más escaso: tiempo. Eso explica muchas cosas de la personalidad y cultura de Joaquín Alliende: es imposible no interesarse en Shakespeare, por ejemplo, si nuestro padre es quien lo ha leído para uno. Y todo esto ocurría en un ambiente de sobria elegancia y exigente responsabilidad: la vida es un don y hay que tomársela en serio. Quizás ahí están las premisas que explican porqué en su caso la savia de la tradición se fue encauzando imperceptiblemente hacia una vocación de absoluto, a la que ha sido fi el y en la que ha dado mucho fruto.

En 1951 se vinculó como laico consagrado a Schöenstatt, una institución católica de talante mariano nacida en Alemania durante los años de entreguerras y afincada en nuestro suelo por esas cosas de Dios. En aquellos días, tal espiritualidad era una novedad en los círculos católicos, todavía marcadamente clericales. Su vocación maduró en ese entorno, convencido de que su misión estaba en el servicio a Cristo desde el mundo. Cristianizar la sociedad era un ideal que él compartía plenamente y su camino para encaminarse a esa meta lo intuía en la política… Pero la vocación tomó otro rumbo y, al paso del tiempo, los jóvenes Hernán Alessandri y Joaquín Alliende –dos cuerpos en una sola alma, me parece a mí– a los 17 años partieron al seminario en Friburgo y se convirtieron en los primeros sacerdotes chilenos de Schöenstatt. Me cuenta que, poco después de su consagración, el fundador, padre José Kentenich, les preguntó si estarían dispuestos a llevar el carisma de Schöesntatt a todo Chile. “No sólo a Chile, a todo el mundo”, fue la respuesta… Y este sacerdote, empapado del ideal católico, o lo que es igual, universal, era el mismo niño que al recibir su primera comunión había rezado por sus papás, sus abuelos… y por Arturo Prat, Bernardo O’Higgins y Manuel Rodríguez, pidiéndole al Señor que estuvieran bien en el cielo porque ellos le habían dado la libertad a Chile.

Reconoce que la vena literaria le viene de los Luco. Además de una biografía del padre Kentenich escrita con su alter ego, Hernán Alessandri, ha colaborado en la redacción de documentos pontificios, desde la Conferencia de Puebla en adelante. También incursionó en el teatro, como actor aficionado. Jaime Celedón puede dar testimonio de esta faceta, pero lo suyo fue y es la poesía de raíz mística, especialmente de inspiración mariana. Miembro de Número de la Academia Chilena de la Lengua, Roque Esteban Scarpa lo caracterizó como “poeta maduro, dueño de su oficio y de su alma, firme y versátil, trascendente y amigo de la sonrisa… su poesía tiene solidez y permanencia de torre”.

Hoy preside una fundación internacional, Ayuda a la Iglesia que Sufre, obra pontificia creada el año 1947 en una Europa cuyas ruinas morales y materiales todavía humeaban. Me acerco a él con curiosidad y simpatía. No me imagino cómo se armonizan en una persona las cualidades del poeta y las de un alto ejecutivo de una “empresa”, por mucho que ésta dependa de la Iglesia.



Manos limpias


Llega apurado a la reunión con Capital, pero a la hora convenida. Ciertamente, no es lo suyo perder el tiempo, lo que ya es un plus. Sabe aprovechar los minutos y, concentrado, me habla atropelladamente como si no hubiera nada más importante en el mundo que esta entrevista. Inmediatamente me queda en claro que se trata de un hombre con mundo... pero en absoluto mundano.

“Me gusta mucho la historia”, dice sin esperar mi primera pregunta, “pero mientras ustedes la registran, a mí me interesa hacerla”. Y lo que en otro podría sonar a despropósito, a él le sale natural. A lo largo de la conversación iré descubriendo que detrás de sus modales de gran señor hay una voluntad de acero, expresada con la autoridad del que está acostumbrado a servir, en el más noble sentido de la expresión.



-Padre, entiendo que Ayuda a la Iglesia que Sufre recolecta dinero en 17 países y lo distribuye en 170, uno de los cuales es Chile.

-Así es. Tenemos que juntar 120 millones de dólares anuales y el primero de enero no teníamos nada, porque entregamos todo. Y entonces, una vez más, hemos salido a la calle para mendigar con las manos limpias. Tratamos de lavarnos las manos antes –acota con una sonrisa–. ¿Y esos 120 millones, para qué?, te preguntarás. La razón de ser de esta fundación es sostener la fe en Dios en todos los lugares donde, por uno u otro motivo, peligra esa condición indispensable para el ser genuinamente humano. Tú, como historiadora, te habrás dado cuenta de un fenómeno muy curioso: los hombres y las mujeres no pueden vivir sin Dios y, si no lo encuentran, se inventan uno; pero un Dios inventado es muy peligroso… En cambio el Dios anunciado por Jesucristo libera, crea comunidad, abre horizontes de plenitud para una vida en la que todos somos hermanos y no escalones que se pisotean para llegar… ¿Dónde queremos llegar? Siendo las cosas como son y dejando de lado la retórica y las consignas demagógicas, ¿quién sino Jesucristo puede decir legítimamente que somos hermanos? Fíjate que no estoy diciendo como si fuéramos hermanos; yo me refiero a hermanos de sangre y de alma. ¿Quién, pues? Sólo el que anuncia a Jesucristo, que nos hizo ser hijos en el Hijo. Ese es el punto central de la vida en sociedad orientada al bien común: sólo el cristianismo puede fundamentar en roca, no en buenas intenciones ni sentimentalismos, la fraternidad entre los hombres.

 

 



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Comentarios

1 Comentarios

jorge ibarra:

Publicado Jueves 5 de Febrero, 2009 - 10:09 hrs

MODIFICACIÓN AHORA!! DEL ARTICULO 161 DEL CÓDIGO DEL TRABAJO!!! SE DEBE INDEMNIZAR CON EL EQUIVALENTE A UN SUELDO AL MOMENTO DE INVOCAR COMO CAUSAL DE DESPIDO LAS NECESIDADES DE LA EMPRESA TALES COMO RACIONALIZACION, MODERNIZACION, PRODUCTIVIDAD O CONDICIONES DEL MERCADO!!

 
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