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De punta a cabo

Artículo correspondiente al número 245 (23 de enero al 19 de febrero de 2009)

 


La imagen es conmovedora, tanto como lo fue la mañana de ese día la que nos brindó el glaciar Pía. El paredón de hielo derrama desde las alturas hasta hacer contacto con las aguas de un muy protegido fiordo. Gracias a un muy bien organizado desembarco, los pasajeros pudimos llegar a los pies del glaciar y presenciar crepitantes desprendimientos de hielo.



El fin del mundo



Pero las imágenes imborrables no quedarían ahí. Las últimas jornadas de la travesía nos agasajaron con el avistamiento de un grupo de ballenas Sei, que tuvieron la amabilidad de acompañar nuestro crucero, y nuevas visitas de delfines que saltaron literalmente al lado de nuestros zodiac.

Horas antes del avistamiento, que fue el broche de oro de nuestro recorrido, habíamos completado dos de las actividades más significativas del viaje. Primero, el desembarco en la Isla Hornos, que nos hizo acreedores a un diploma que acredita que se ha estado en el punto más austral del planeta. La segunda actividad fue la visita a la bahía Wualaia, lugar donde Robert Fitz Roy y Charles Darwin pudieron hacer contacto e interactuar con una de las más importantes comunidades yámanas de la zona.


En la Isla Hornos no sólo se puede visitar el monumento al Cabo de Hornos levantado en diciembre de 1992, sino que también conocer el faro que operan en la isla una familia de estoicos chilenos. No está de más decir que en el lugar se está completando el desminado de algunas laderas, una de las secuelas que dejó el clima de beligerancia entre Chile y Argentina hace 30 años.

Finalmente, en Wualaia se hace un trekking cargado de ansiedad. En esa zona habitó una de las comunidades aborígenes más formidables y consolidadas, de la cual, producto de la brutalidad con que hace siglos se trató a los nativos, no quedan sino algunos restos. Dicen que basta escarbar unos centímetros para encontrarse con puntas de lanzas hechas con hueso de ballena y otros utensilios del día a día de los aborígenes. En fi n, de aquello hoy sólo quedan los recuerdos.

El viaje finaliza al día siguiente en Ushuaia. Una ciudad que crece a tasas aceleradas y en donde palpita el turismo internacional. La reflexión es evidente: después del frenazo al tráfico marítimo comercial que representó hace nueve décadas la apertura del Canal de Panamá, está claro que en el turismo está anclado parte importante del futuro económico de las ciudades del fin del mundo. Como para tomar nota.

 

 

El mundo a bordo

Lo primero que llama la atención tras zarpar de Punta Arenas en el M/V Via Australis es la diversidad de pasajeros. Veinte nacionalidades y casi idéntico número de lenguas hacen palpitar el ambiente durante el brindis de bienvenida, mientras emprendemos rumbo a los canales patagónicos. El capitán Oscar Sheward marca el rumbo: disfrutar del paisaje, de las instalaciones y de las actividades previstas.

La embarcación de 72 metros de eslora es moderna. Fue lanzada al agua en 2005 por Asenav, en Valdivia; cuenta con 64 cabinas con baño privado y vista panorámica y un total de cinco cubiertas, dos salones y un comedor. Cerca de 45 personas, entre tripulantes, personal de hotelería y expediciones, dan vida a un programa de actividades que incluye trekkings y completas charlas sobre pueblos nativos, glaciología, aves, flora y fauna del lugar. De la gastronomía mejor no hablamos, ya que aún estamos a régimen para recuperar la forma.

Por cierto, también están contempladas visitas al puente de mando y la sala de máquinas, con explicaciones detalladas sobre las tecnologías con que cuenta la nave, entre ellas una planta de tratamiento de aguas, que por la vía de filtros y microfiltros permiten que el impacto ambiental de la travesía sea imperceptible.

El Via tiene un hermano casi gemelo, el Mare Australis y espera pronto el “nacimiento” del Stella. La embarcación estará plenamente operativa en 2010, con capacidad para 210 personas en 100 cabinas, además de nuevas prestaciones, como un gimnasio.

 

Don castor

Tal vez uno de los mejores ejemplos que se pueda hallar para ilustrar las nefastas consecuencias de una decisión aparentemente inofensiva, sea el caso de la introducción del castor canadiense en Tierra del Fuego.

Fue en los años 40 que alguien tuvo el ingenio de traer cerca de 60 castores para desarrollar una nueva actividad económica en la zona: la peletería. En el papel, todo se veía bien.

Sin embargo, la Patagonia no es Canadá y en esta zona este “bicho” terminó desbocándose, hasta constituir hoy una plaga que supera los 70.000 castores, cada uno de los cuales con la capacidad de derribar más de 400 árboles por año, forjar represas y, por esa vía, interrumpir el ciclo vital de otras especies, como las truchas que ya no pueden ir río arriba a desovar.

Particularmente duros de matar han salido los castores, que tienen además la capacidad de dar a luz entre 4 y 6 crías por año. Cuando los habitantes de la zona se dieron cuenta que estos verdaderos ingenieros hidráulicos de la naturaleza estaban trastornando el paisaje, el ecosistema y el sistema económico, intentaron varios planes de control, todos con nefastas consecuencias. Y claro, es que, al traer al sur de Chile a los enemigos naturales del castor, lo que finalmente hicieron fue hundir más los pies en el barro.

Se probó con el zorro gris, que una vez acomodado en la zona, decidió sacar del menú al duro castor y agregar los huevos y polluelos de las aves que anidan en tierra, como el ganso. Luego fue el turno del visón, que se aficionó a las gallinas, y más tarde el del hurón, que encontró más sabrosas a las nutrias. Dicen las malas lenguas que a más de algún astuto se le cruzó por la mente traer osos grises o poner anticonceptivos en las cortezas de los árboles, ideas que no prosperaron... De la que nos libramos.

Hoy los chilenos estamos gentilmente invitados a cazar castores, el problema es que su carne no es muy sabrosa, su piel tampoco tiene muchos seguidores. Como sea, el tema necesita una solución urgente, porque ya se teme que la plaga avance con celeridad hacia el norte.

 

 



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