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Artículo correspondiente al número 245 (23 de enero al 19 de febrero de 2009)
Desde Punta Arenas al Cabo de Hornos y con la Cordillera de Darwin como centro de gravedad, durante cuatro días circunnavegamos la avenida de glaciares que descuelgan de sus montañas. Surcamos las gélidas aguas del Estrecho de Magallanes y el Canal del Beagle, hasta poner pie en la Isla Hornos. A bordo del Vía Australis pudimos sentir en carne propia el magnetismo que tienen estas agrestes tierras. Por Roberto Sapag.
Un viejo dicho marinero acuñado hace unos siglos sostenía que en los australes mares chilenos, al sur de la latitud 40 no había leyes y que al sur de la latitud 50 lo que no había era Dios... Para aquellos que navegaban sin radares, GPS, ni potentes motores, esa imagen probablemente era certera. Sin embargo, hoy el aserto luce deslavado y, por qué no, situado en las antípodas de la realidad.
En los canales patagónicos, a bordo del M/V Via Australis, lo que uno percibe es un mundo sabiamente regido por las leyes de la naturaleza y en donde para la gente de fe, Dios se manifiesta en toda su magnificencia. Un lugar en que la vida es capaz de sobreponerse a las condiciones más extremas, emergiendo bajo la forma de descomunales ballenas Sei o desplegándose como imponentes albatros.
Un territorio sobrecogedor, sin duda. Pero no se crea que visitamos la zona con anteojeras. No, porque teníamos claro que hubo una época en que aventurarse al mar en estas latitudes era una verdadera ruleta rusa: sólo en el Cabo de Hornos se contabiliza el hundimiento de más de 800 barcos y la muerte de 10.000 personas. También sabíamos, y en el lugar se nos hizo más evidente, que acá se produjo uno de los más detestables genocidios de pueblos originarios. De hecho, de los onas, patagones, yámanas y kaweskar, algunos de los cuales solían pintar sus cuerpos para representar fantasmas, sólo quedan sus espíritus.
Para quienes sufrieron ambas pesadillas debió ser cierto eso de la ausencia de leyes y Dios. Para quienes hemos tenido el privilegio de visitar cómodamente esta zona, el lugar donde los dos más grandes océanos de la Tierra se baten a duelo, como dijo Francisco Coloane, la experiencia no es sino de recogimiento.
Columna vertebral
El punto ancla de nuestro viaje fue la Cordillera de Darwin, cadena geográfica que alberga al más austral de los campos de hielo de nuestro territorio continental. Se trata de unos 2.400 kilómetros cuadrados de glaciar, el cual fue bautizado en honor a Charles Robert Darwin tiempo después de que el naturalista inglés visitara la zona a bordo del HMS Beagle, que capitaneaba Robert Fitz Roy. Fue en 1832 que ambos arribaron a la Patagonia, teniendo Darwin 23 años de edad.
Casi en todo momento tuvimos a la vista la Cordillera de Darwin, que cuenta no sólo con imponentes montañas que promedian unos 2.500 metros y que literalmente emergen del mar, sino que además deslumbra con sus glaciares que se abaten como verdaderas cascadas de hielo milenario.
El primer día de actividades tiene como telón de fondo la citada cordillera. Se trata de una jornada en la que se hace contacto con las más variadas especies que habitan la bahía Ainsworth y los islotes Tucker: Elefantes y lobos marinos, pinguinos, gaviotas, tiuques y los imperdibles delfines no faltaron a la cita.
La flora y la fauna de la zona resultan interesantes, aunque para algunos de seguro son el decorado obvio del viaje. Y probablemente lo son, pero a medida que los guías suministran información sobre cada una de las especies, se dimensiona el valor que ellas tienen. Que esté medido que un lobo marino, como cualquiera de los que vimos, tiene la capacidad de zambullirse ¡1.200 metros! en busca de alimento en aguas casi congeladas o que los canelos que repletan el paisaje toman 800 años en alcanzar su edad madura son datos que no pueden sino sorprender.
El día dos de nuestro periplo resultó sobrecogedor. Fue una jornada marcada por el paso por la Avenida de los Glaciares. Uno tras otro se desfila frente a los hielos de los glaciares Romanche, Alemania, Francia, Italia y Holanda, algunos de ellos desangrándose por colosales cascadas que caen desde alturas sorprendentes hasta el mar.