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De dulce y de Gras


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Artículo correspondiente al número 213 (21 de sept al 04 de oct 2007)

Eduardo Gras cuenta aquí su historia empresarial. Una historia que nada tiene que ver con oportunismo y especulación y sí mucho con perseverancia. Gras ancló los cimientos de Socovesa hace más de 40 años en Temuco y desde allí fue tomando posiciones que lo trajeron a Santiago. Hoy, desde los varios pisos con que cuenta su hazaña empresarial, mira al horizonte, que –en lo más inmediato– tiene por delante la apertura de la compañía en bolsa. Por Paula Costa R. y Roberto Sapag; fotos Verónica Ortíz.

 

A ratos, Eduardo Gras parece una persona candorosa. Habla sin aprensiones de su vida, sentimientos, preferencias políticas, y sus sueños. Y cuando lo hace se nota que lo que dice le sale de adentro, que no está repitiendo un discurso memorizado o promocionando una autobiografía cuidadosamente construida. Si le fue mal, dice me fue mal. Si metió las patas, dice metí las patas. No se anda con cosas.

 

Ahora bien, cuando se ven las cosas en perspectiva y se ponen en la balanza las mil y una decisiones y batallas empresariales que ha dado, se calibra mejor la puntería y se establece que la palabra que lo describe no es candor, sino que transparencia.

 

Con esto no pretendemos canonizar al hombre, sino sencillamente decir que al oírlo cuesta no creerle, que cuesta pensar que en sus palabras pueda haber una agenda oculta o un intento de manipulación. Tan simple como eso.

 

Eduardo Gras, es un hombre que supera por poco los 70 años, que muy joven tuvo 7 hijos, que casi a los 40 años –en plena UP– se puso a estudiar en la universidad, que se proclama a los cuatro vientos demócrata cristiano, y que desde la nada ha levantado una de las mayores inmobiliarias del país y una viña (MontGras) que ha tenido un interesante crecimiento en el último tiempo.

 

Eso, para decirlo resumidamente, porque Gras es también el hombre que acaba de adquirir la constructora Almagro, que se cuenta entre los pioneros en aplicar la entrega de acciones de su empresa a ejecutivos y que hoy está en tierra derecha para concretar la apertura de un 25% de Socovesa en bolsa.

 

Con esta colocación accionaria Gras no solo pretende lograr capital para seguir creciendo. Con la apertura busca también asegurarse que su obra trascienda, consolidando la profesionalización en la estructura y dándole vida a la compañía más allá de la familia. Es cierto que con él hoy trabajan dos de sus hijos (Javier y Rodrigo), pero aclara que internamente han conversado el tema y que todos tienen claro que aquí no se trata de cuidar “la empresa del Tata”. No señor.

 

Su historia en el negocio inmobiliario se inicia en la segunda mitad de los 60, aunque es evidente que en 1972, al entrar a estudiar Construcción Civil en la Universidad de la Frontera, cuando sus fuerzas se encauzan en la senda de emprender. Su emergente empresa constructora necesitaba entonces de un profesional titulado para ganar tamaño, su vocación política (era regidor por Temuco) lo tenía más bien aporreado y con ganas de colgar los guantes y las cosas estaban tan complicadas en la economía que en realidad era mucho más razonable estudiar que quedarse esperando a ver si resultaba algo.

 

 

 

-¿Y pudo estudiar?


-Sí. Es que tenía muchas ganas de ser profesional. Yo había estado en la universidad antes (dos años de ingeniería comercial en la Chile) pero tuve que volver a Temuco a trabajar con mi padre. Siempre me quedé con la inquietud de ser profesional, y estoy feliz de haberlo hecho.

 

 

-¿Cuando entró a estudiar, tenía claro que quería ser empresario?


-No, porque de hecho entonces yo estaba más involucrado en política. Pero eso se acabó el 73. Nos cancelaron la matrícula (ríe). Así que me dediqué a recuperar mi empresa que estaba muy complicada.

 

 

-¿Por qué tan complicada?


-Porque estaba sin trabajo y habíamos perdido prácticamente todo el capital. Teníamos un plan de negocio que no es muy distinto al de hoy: construíamos y vendíamos. Pero ese plan, en tiempos de la UP, con las restricciones que había y la escasez de materiales, exigencias y fijaciones de precios, era casi imposible de desarrollar. Terminábamos una casa... y nos faltaban los calefont o se nos exigía cumplir cosas que no había cómo. La empresa se achicó mucho, pagamos todo pero quedamos sin nada, absolutamente nada. El año 73 yo no tenía nada, ni un peso.

 

 

-¿Cómo fue el proceso familiar de entrar a la universidad, con 38 años y 7 hijos a cuestas?


-Complejo. Yo soy una persona bastante fuerte y trato de salir adelante en las coyunturas… pero, obviamente, con siete hijos era un paso difícil. Lo conversamos con mi mujer, porque las cuentas no cuadraban. Me acuerdo que teníamos una casa en Temuco y una casita en Pucón. Le dije a mi señora bueno, vamos a tener que vender una de las dos casas. Y me respondió sin pensarlo dos veces la de Pucón. Convinimos rápidamente el tema y salimos adelante. Fue una etapa dura y difícil, pero súper bonita.

 

 

-Y entonces vino el Golpe. ¿Marcó un giro en su vida como empresario?


-A ver, creo que ahí hay dos cosas distintas. Una cosa es el juicio histórico que uno tiene como ciudadano de este país y otra es cómo nos afectó en el negocio. La verdad es que eso significó un cambio en mi vida, porque yo seguí la línea empresaria y, bueno, me fue bien. Pero por otro lado, ese día yo estaba en clases cuando empezaron los balazos y las tropas salieron a la calle. Fue muy doloroso ver lo que estaba sucediendo, porque creo que un quiebre democrático es una cosa muy fuerte. Me acuerdo que me fui a la casa, y veía las noticias y no podía creer lo que estaba pasando. Obviamente, creo que esa fue la consecuencia de un país que se exacerbó, con ideologías que penetraron todos los estratos de la sociedad, en todos lados, hasta en las familias, los colegios, las empresas… en todas partes. Desagraciadamente, todos contribuimos un poco a eso y pasó lo que pasó.

 

 

-Después de eso no había más que poner en el congelador la política…


-Claro, porque la vida tiene que seguir, y yo en ese momento, tenía una familia numerosa. Pero desde el punto de vista emocional fue muy fuerte, me dolió.

 

 

-Leí que como ex regidor DC a usted lo hostigaron después del Golpe.


-O sea, no puedo decir que fui una víctima de la dictadura ni mucho menos. Eso sería una exageración. Pero sí experimenté esta división del país que permaneció. El 73 no se acabó la división entre los chilenos, al contrario, se profundizó… Recuerdo amenazas telefónicas. Recuerdo que cuando se murió Eduardo Frei, a quien por supuesto admiraba, yo puse la bandera a media asta y ahí tuve múltiples amenazas, que me iban a raptar a los hijos y qué se yo. Cosas muy propias del momento, pero que no fueron más allá.

 

 

 

Ganando escala

 

 

-¿En qué minuto cambió de escala para su empresa?


-Hace poco más de 20 años, al ingresar a Santiago. Temuco era mi lugar de trabajo, donde desarrollaba mi empresita, pero ciertas circunstancias me trajeron acá para arreglar un entuerto. Fue entonces que me encontré con un amigo que me dijo tú que estás en la construcción, por qué no le construyes 40 casas a unos trabajadores de Hilos Cadena. Ahí partimos, eso fue como el 83 u 84. Luego empezamos a tomar otros negocios acá y me di cuenta que estaba entrando a otra escala y que necesitaba un equipo de primera. Diría que eso le dio un giro a la empresa: cuando vimos que formar un equipo tenía mucho valor y que el capital humano era lo más importante. Ahí empezamos a crecer de manera importante. Una empresa puede tener muchos atributos, pero si no tiene un equipo comprometido, no vale mucho. En ese sentido tuve suerte, porque las personas que llegaron eran extraordinarias, de gran calidad humana y técnicamente súper calificadas. Todavía me acompañan.

 

 

-¿Qué era Socovesa antes de eso?


-Tendríamos unas 150 mil o 200 mil UF en ventas. Temuco era la base y Santiago la aventura. Mi socio, Justino Negrón se quedó en Temuco cuidando el boliche para que hubiera recursos.

 

 

-¿Y la crisis del 80 cómo la vivió?


-La verdad es que nos pilló sin grandes exposiciones. Tras salir el 73 de nuestra propia crisis, para el 82 no habíamos crecido mucho, estábamos empezando a agarrar vuelo pero con mucho cuidado, así que la crisis nos tocó de refilón. Eramos tan chicos que pudimos meternos debajo de la ola y cuando todos habían quedado revolcados en la arena nosotros salimos al otro lado con mucha más visión.

 

 

-¿De ahí en adelante se enfoca en el crecimiento orgánico?


-La verdad es que sí. El crecimiento se dio de a poco, aprovechando buenas oportunidades, haciendo las cosas bien, con seriedad y ética. Como empresa hemos cometido errores, como todos, pero lo importante es responder, siempre. Después ver cuál es la responsabilidad, pero siempre responder. La decisión de compra de una casa es algo demasiado importante y hay que estar a la altura de esa ilusión.

 



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