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Artículo correspondiente al número 231 (27 de junio al 10 de julio de 2008)
Los países toman medidas para enfrentar el alza de precios y la menor oferta mundial de alimentos. En Chile, a pesar del incremento en la demanda, los valores de cereales tan importantes como el trigo no alcanzan a compensar el mayor costo de los insumos. ¿Resultado? Los agricultores están en problemas, aunque la decisión del gobierno es seguir apostando por la apertura comercial y el imperio del mercado. Por Cristián Rivas Neira.
Agricultor “tradicional” de Lautaro, Moisés Velasco confiesa que lleva varias décadas sumergido en el cultivo de sus tierras y las de su familia. Aunque sin desechar totalmente otras alternativas de negocio, el eje de su actividad siempre ha estado en el trigo. Al menos, hasta la temporada pasada. Ahora, iniciadas ya las siembras para la cosecha 2009, advierte que las cosas no marchan bien y que decidió jugársela por cultivos más auspiciosos. Calculadora en mano, y tras varias semanas de análisis, optó por dedicar sólo 400 hectáreas al trigo este año, una merma de 30% respecto al ejercicio anterior. Su vecino, Gastón Caminondo –agricultor reconocido en la Novena Región por liderar la Sociedad de Fomento Agrícola de Temuco (Sofo)– tomó un camino parecido. Pretendía sembrar unas 700 hectáreas de trigo este año, pero finalmente redujo sus aspiraciones a la mitad y dedicará parte de sus tierras a otras siembras, como avena, lupino o raps.
La decisión de Velasco y Caminondo no es muy distinta de la que, por estos días, está tomando la mayoría de los agricultores de La Araucanía, la región que muchos reconocen como “el granero de Chile”. Eso explica, en buena medida, que ahora se prevea una fuerte disminución en la producción chilena de trigo -que anualmente se ubica en torno al millón 200 mil toneladas–, presionando una mayor importación (vía por la cual el país ya debe satisfacer la mitad de su consumo) justo en momentos en que el mundo vive una escasez de oferta, un aumento en la demanda y la consecuente alza en los precios de los cereales.
Que los agricultores no quieran sembrar trigo resulta todo un contrasentido ante lo que se suponía un escenario de precios atractivos, demanda creciente y nuevas opciones de mercado (como la alimentación para salmones, por mencionar un ejemplo). Para que tenga una idea, en los mercados internacionales a comienzos de 2007 el valor del trigo se transaba en unos 180 dólares la tonelada y, en el margen de un año, superó los 405 dólares. El problema es que ese precio ha tendido a bajar en cuestión de semanas, situándose ahora en unos 260 dólares la tonelada, al mismo tiempo que subieron considerablemente los costos de producción.
¿Qué provocó este vuelco en menos de un año? Operó nada más que la lógica del mercado: el vertiginoso crecimiento de países de alta población, como China e India, sumado a los incentivos para producir combustible orgánico (particularmente, en Estados Unidos), generó un interés por aumentar las áreas de cultivo para cereales, se empezó a hablar abiertamente de crisis alimentaria, muchos cerraron sus fronteras a la exportación de granos y todo ello se tradujo en mayor demanda de semillas, fertilizantes, maquinaria, etc. Sume a lo anterior la conocida alza en los precios de la energía, obviamente necesaria tanto en la siembra como en la cosecha.
Como resultado, para que un agricultor local consiga aprovechar el buen precio mundial del trigo, tendría que invertir el doble de lo que gastó el año pasado, cuando la crisis alimentaria todavía no era un tema tan masivo.
Eduardo Meersohn, gerente general de la comercializadora de trigo Cotrisa, lo explica en términos simples. Para un agricultor con un nivel de tecnología medio, producir una hectárea hoy cuesta en torno a un millón de pesos, mientras que el año pasado la cifra no superaba los 500 mil pesos. Con el valor actual y un rendimiento en torno a los 70 quintales por hectárea (a nivel nacional hay agricultores que cosechan desde 30 hasta 80 quintales en promedio por hectárea), le significaría un costo por quintal de 15 mil pesos. El quintal importado –la competencia más importante para el productor local– cuesta hoy unos 17 mil pesos si proviene de Estados Unidos, incluido el flete. “Un productor mediano que no pueda competir con esta realidad tendría que optar por otro cultivo”, concluye. Y eso es lo que están haciendo los chilenos, en especial por el impacto que evidencia en los márgenes el incremento en el valor de los insumos.
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