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Artículo correspondiente al número 264 (30 de octubre al 14 de noviembre de 2009)
El nuevo rector de la Universidad Finis Terrae proviene de una familia conocida y respetada: padre canciller, hermanos politicos y empresarios… En su caso, cambio una exitosa carrera ejecutiva por el competitivo mundo de la academia... y con planes de marcar la pauta. Por Patricia Arancibia Clavel. Foto, Verónica Ortiz.
Nicolás Cubillos Sigall es el nuevo rector de la Universidad Finis Terrae. Nos recibe en la casona central de la sede, en Pedro de Valdivia, con esa naturalidad y sencillez que sólo poseen quienes saben lo que son, lo que quieren y lo que valen.
Ajeno a toda pose, transparente y relajado, a sus 45 años este prestigioso abogado, formado en la Universidad Católica y con un master en la Universidad de Michigan, se apresta a liderar por cinco años el proyecto educativo de los Legionarios de Cristo, sin ser militante de la congregación. Pese a sus éxitos personales y profesionales, quien hasta hace dos semanas se desempeñaba como fiscal de Gener tiene la virtud de minimizar sus logros y no tomarse a sí mismo demasiado en serio.
Con fuerte vocación de servicio, aceptar esta responsabilidad ha supuesto un giro inesperado en su proyecto de vida, pero la asume con alegre serenidad, confiado en sus capacidades y en las del equipo humano que lo acompañará en su tarea de formar integralmente a las nuevas generaciones de estudiantes que pasarán por sus aulas.
Sin duda, no fue elegido al azar. Su carácter y manera de ser tienen la impronta que le dio la sólida formación que le entregaron sus progenitores. Su padre, Hernán Cubillos, fue marino, como su abuelo y bisabuelo y, ya en retiro, sostuvo con reciedumbre la independencia de El Mercurio, amenazada por la Unidad Popular. Más tarde, siendo canciller del gobierno militar, contribuyó decisivamente a vencer sin ceder, cuando Argentina nos arrastró a un conflicto que conducía fatalmente a la guerra. De su madre, Marcela Sigall, Nicolás ha heredado un gran señorío y ese fino y delicado sentido del humor que hace tan grato conversar con él.
-Hasta ahora, eras el miembro de la familia Cubillos Sigall de más bajo perfil público. ¿Cuánto ha pesado en tu vida ser hijo del canciller chileno que en 1978 tuvo –junto al general Pinochet– nada menos que la responsabilidad de manejar la crisis con Argentina?
-Imposible haber tenido mejores padres y hermanos. Crecí en una familia en que se valoraron siempre la libertad, el espíritu de emprendimiento, la diversidad y la autodisciplina. Mis papás nos formaron con su ejemplo: orgullo de ser chilenos, hacer bien las cosas, amor y respeto a la vida y a las personas, agradecer lo que uno ha recibido y… mucho sentido de humor. Nada de creerse cuentos…He intentado traspasar a mi propia familia estos mismos principios y valores que, sin duda, han marcado mi manera de enfrentar la vida.
-Formas parte de una generación –la de los 80– bastante singular. Tu vida universitaria se desenvolvió en pleno gobierno militar y, aparte de ser un muy destacado alumno de Derecho –premio Carlos Casanueva–, fuiste dirigente estudiantil.
-Siempre he sido súper independiente y se dio que algunos de mis compañeros me empezaron a convencer para dirigir el centro de alumnos de la facultad. Recuerdo que fue Rodrigo Alvarez el que comenzó a recolectar votos y, para mi sorpresa, salí elegido. Mi rival fue el actual diputado Jaime Mulet y uno de los delegados de curso, el alcalde Claudio Orrego, con los cuales mantengo una muy buena relación hasta hoy. Después de cumplir mi tarea de “servicio público” –cosa que siempre nos habían inculcado en la casa– pareció natural ir como candidato a la FEUC. En la campaña traté de ser lo más amplio y sumador posible; hubo buena convocatoria, pero al final me ganó Tomás Jocelyn-Holt, que ya en ese tiempo era todo un personaje. Estoy muy agradecido de que me hayan forzado a ser candidato, aprendí harto y es una etapa que recuerdo con mucho cariño.
-Tu nombramiento de rector llamó la atención en la comunidad universitaria ya que, si bien has sido profesor tanto en Chile como en el extranjero y desempeñaste diversos cargos administrativos en la facultad de Derecho de la Católica, te has dedicado más bien a ser abogado de empresas, primero en Enersis y luego en Gener.
-Claro, soy un rector un tanto atípico en cuanto que mi vida profesional se ha desarrollado principalmente en estudios de abogados y en empresas. Sin embargo, siempre tuve una especial atracción por el mundo académico. De hecho, yo trabajaba en el estudio de Marco Cariola cuando en 1995 decidí irme como profesor a la Católica por medio tiempo, para luego asumir la dirección de Asuntos Estudiantiles y la secretaría académica de la facultad. Para muchos, eso fue algo incomprensible, pero es que me tiraban la docencia, el estudio, la investigación. Más tarde, gracias a una beca Fulbright, fui alumno y luego profesor visitante de la Universidad de Michigan, lo que me dio una visión más global del mundo universitario, de las diferencias entre las universidades norteamericanas y chilenas. Esa experiencia quedó ahí sin saber que algún día iba a poder utilizarla, ya que –en verdad– yo había optado por mantenerme en el ejercicio de mi profesión y estaba feliz trabajando en Gener.
-¿Cómo fue que te ofrecieron el cargo?
-Todo partió con una pregunta muy informal que me hicieron en el colegio Cumbres, cuyo dueño, sabemos, es la congregación de los Legionarios. Mis hijos se educan allí y un día, en marzo, se me acercó uno de los sacerdotes y me dijo: ¿usted estaría dispuesto a cambiar de vida profesional? Me planteó que estaba terminando el período de Roberto Guerrero como rector y que buscaban nombres para reemplazarlo. Mi respuesta fue un no rotundo. Como dije, estaba feliz trabajando como fiscal de Gener, bajo excelentes condiciones, en un trabajo profesional muy desafiante, con personas de gran calidad humana y pensando que allí iba a jubilar… Pero, tú sabes el poder persuasivo que define a esta congregación. Me insistieron en que lo pensara. Esto fue un día viernes y durante todo el fin de semana, estuve conversando con Gloria, mi señora –que siempre ha sido absolutamente clave en todas las decisiones que he tomado– analizando el tema. Lo pensé harto y luego de un tiempo, decidí aceptar.
-¿Y qué fue lo que te convenció?
-En la vida surgen desafíos impensados y hay que saber tomar decisiones. Las cosas llegan en su momento y cuando uno cree que puede contribuir a una buena causa tiene que repensar sus proyectos personales. A mi juicio, hay mucho por hacer en materia educacional. Todos sabemos que este es el problema mayor que tiene Chile y, simplemente, hay que abordarlo. He sido una persona que he recibido mucho y, si bien este es un cambio imprevisto en mi proyecto de vida, lo asumo con mucha alegría.
-Se te ve muy motivado.
-Lo estoy. Lejos de pensar que estoy recibiendo una pesada carga –algunos piensan que no es accidente que carga y cargo se parezcan– siento que se me está dando la posibilidad de liderar un proyecto educativo de muchas proyecciones, con bases sólidas y atractivas.