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Artículo correspondiente al número 269 (29 de enero al 25 de febrero)
Quizás no seamos la mayor preocupación de Obama, pero el triunfo de la centro derecha no pasó desapercibido en la capital estadounidense. Ya lo sabemos: Chile es visto como aliado y ejemplo para la región, pero hay que tomarlo con mesura. Piñera ya probó la ira de Chavez. Por Gabriel Sanchez Zinny y Viviana Giacaman
Gabriel Sánchez Zinny cuenta la historia del presidente de derecha que podría convertirse en un gran aliado para el mandatario demócrata. El primer aniversario del presidente Obama en el poder y la derrota demócrata en Massachussetts (que obligó a revisar la agenda de la Casa Blanca para 2010) han hecho pasar algo desapercibida en Washington la victoria de Sebastián Piñera.
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| Gabriel Sánchez Zinny es director de Blue Star Strategies y corresponsal de Capital en Washington. |
Sin embargo, tanto los medios de comunicación como analistas y think tanks han dedicado un sinnúmero de artículos al tema. Por su estabilidad política, económica y social, Chile es considerado casi “aburrido” desde el punto de vista geopolítico, si bien en realidad es uno de los principales aliados de Estados Unidos en América latina. A pesar de que se esperan algunas diferencias ideológicas con la administración demócrata de Barack Obama, los estrechos lazos entre ambos países y el panorama regional a largo plazo tendrán mucho más peso para la cooperación de Chile con Estados Unidos. El nombramiento de Arturo Valenzuela, de origen chileno, para manejar los asuntos hemisféricos en el Departamento de Estado y la presencia de ex canciller Insulza al frente de la OEA también son factores que construyen en esa línea.
La victoria de Piñera confirma la madurez política de Chile, de acuerdo a varios analistas locales. Riordan Roett, experto en América latina de la Johns Hopkins University, asegura que Piñera caracteriza “la llegada al poder de una derecha democrática”, finalizando una transición iniciada veinte años atrás. Shannon O’Neill, de la revista Forbes, explica que la victoria transformó a la derecha de Piñera como “una alternativa electoral viable, capaz de liderar un país abierto y dinámico, sin el miedo de volver al pasado”. Además, pareciera existir, tanto en Chile como a nivel regional, una notable disminución de posiciones radicales entre los votantes. Como afirma Marta Lagos, directora de Latinobarómetro, el centro político es la única parte del electorado que ha crecido en Latinoamérica en la última década.
En Estados Unidos, la llegada de la derecha al gobierno también se percibe como el resultado de una mayor preocupación por la economía entre los votantes. Roger Noriega, ex subsecretario de Asuntos Hemisféricos del Departamento de Estado, explica que “los chilenos sienten que el país ha empezado a perder el momentum económico de la última década, con el crecimiento anual desacelerándose a un 3,7%” el pasado año. Por ende, el voto por Piñera tuvo mucho que ver con hacer frente a la competencia de los tigres asiáticos y la reducción de ineficiencias que han mermado el crecimiento de la economía.
En términos de política exterior, el triunfo de Piñera también brindará una posición menos pasiva frente a los avances populistas del presidente Hugo Chávez en la región, por lo que podría presentar una oportunidad para el gobierno estadounidense de contar con nuevos aliados en la confrontación con el eje bolivariano en la región.
Otros logros recientes de Chile, como ser el primer país de Sudamérica en ingresar a la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) o la firma del Trans-pacific Strategic Economic Partnership Agreement (TTP) entre Chile, Brunei, Singapur y Nueva Zelandia, en el cual se ha involucrado Estados Unidos desde noviembre del año pasado, seguirán estrechando las relaciones diplomáticas con Washington, y consolidando el lugar de Chile como socio estratégico en la región.
Como lo expone Alvaro Vargas Llosa, la administración Obama debe estar preparada para “un extraño escenario en el que un presidente estadounidense de izquierda podría encontrar más puntos de acuerdo con líderes latinoamericanos de derecha” para ampliar el hasta ahora limitado compromiso de Washington con la región.

Viviana Giacaman escribe sobre el presidente que tendrá que evitar predicar las bondades de su modelo para entenderse con una región donde la izquierda predomina. El 17 de enero, las urnas dijeron que la renovación de la derecha es lo suficientemente creíble como para que Piñera sea presidente. Si a nivel nacional el nuevo gobierno necesita construir alianzas que le permitan gobernar, a nivel internacional el forjar relaciones constructivas será un imperativo.

Viviana Giacaman es directora para América latina de Freedom House en Washington, DC.
América latina, declarada prioridad por el presidente electo a pocas horas de su victoria, presenta un escenario complejo para un gobierno de derecha. La misma región que a comienzos de la década mostraba una inusual armonía y consenso en la Cumbre de las Américas de Quebec, ya para la de 2005 en Mar del Plata tenía divisiones indisimulables. La más reciente, en la caribeña Trinidad, evidenció la profundidad de las fracturas en la región, con una polarización que se manifiesta constantemente.
El escenario latinoamericano que recibe a Piñera se encuentra dividido entre tres tendencias:
1) Una izquierda ruidosa que mezcla recetas socialistas con populismo y nacionalismo, liderada por Venezuela y seguida por Ecuador, Bolivia, Nicaragua y, más tímidamente, Argentina.
2) En contraste, gobiernos de origen conservador o con políticas de derecha que están mejor representados en la Colombia de Uribe, el México de Calderón y el Perú de García, todos de estilo tan diferente como variopintas y diversas son sus sociedades.
3) En medio de los dos está la izquierda moderada que representan Lula en Brasil, Tabaré Vásquez en Uruguay, Bachelet y, en menor medida, Alvaro Colom en Guatemala y Mauricio Funes en El Salvador. Esta tendencia, la llamada “buena izquierda” (the right left) ha servido tanto de voz moderada en la región como de amortiguador del de otro modo inevitable choque violento entre los dos primeros grupos.
El peso de estas tres tendencias a nivel regional está sujeto a los resultados de la ola de elecciones presidenciales que desde octubre del año pasado está teniendo lugar en la región, y que tocan a Uruguay, Honduras, Bolivia, Chile, Costa Rica, Colombia y Brasil. De las siete presidencias que serán votadas, sin embargo, la chilena es la única que se anticipa genere cambios importantes en la configuración regional.
Las ya celebradas elecciones en Uruguay mantienen a ese país en la izquierda moderada. Sin novedades, Honduras se aparta de la era Zelaya con Pepe Lobo, mientras que Bolivia –que se ha vuelto más evista luego de las elecciones de diciembre— mantiene a ese país andino cerca de la izquierda populista. Al mismo tiempo, todo indica que la heredera de Arias en Costa Rica, Laura Chinchilla, ganará las elecciones de febrero. Alvaro Uribe se apronta a lograr su tercer mandato en mayo, luego que se hayan cumplido los legalismos que le permitirían ser candidato nuevamente. En Brasil, la popularidad de Lula no ha impedido que su rival, el gobernador de Sao Paulo, José Serra, lidere por mucho las encuestas y se apronte a llegar al sillón presidencial. No se espera que Brasil cambie de bando, aunque su alianza con el conservador Frente Liberal pueda cargar piezas clave del Ejecutivo hacia la derecha.
El giro a la derecha de Chile aparece entonces como el cambio más significativo de esta ronda electoral. La llegada de Piñera debilita por un lado al grupo de izquierda pragmática y moderada y fortalece al bloque de derecha. Sin embargo, si Chile mantiene un perfil bajo, es probable que el cambio de color político del país no genere transformaciones de balance importantes en la región. Si, por el contrario, el gobierno siente la tentación de ser vocero de su campo ideológico, Piñera arriesga subir la polarización del vecindario y dar combustible para una embestida mediática de la izquierda nacionalista populista. Al día siguiente de ser electo presidente, Piñera ya criticaba al hipersensible presidente venezolano y sólo la muy difícil situación doméstica que vive ese país impidió un retruque más agresivo.
Si quiere avanzar en su agenda de “diplomacia comercial” en la región, Piñera tendrá que evitar predicar las bondades de su modelo, mantener un estricto pragmatismo y cultivar buenas relaciones con la izquierda moderada. Su base de apoyo interna le da latitud para criticar a la izquierda populista sin arriesgar descontento en sus bases, pero abalanzarse contra la izquierda radical debilitará sus posibilidades de acercamiento con la izquierda moderada. Ella, a su vez, necesita que Piñera se desligue real y simbólicamente de la dictadura para bajar los anticuerpos y crear relaciones de colaboración.
A pesar de las diferencias ideológicas, hay señales que indican que Buenos Aires quiere mantener lo avanzado durante el gobierno de Bachelet. Piñera tiene una opción real de lograr entendimiento con la Casa Rosada y debe esforzarse, ya que una relación constructiva al otro lado de la cordillera le va a ayudar en la región.
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