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Artículo correspondiente al número 269 (29 de enero al 25 de febrero)
Que Chile no sea un país proclive a las ideas de derecha es algo discutible. Al menos, si se echa una mirada a su desenvolvimiento histórico, a las decenas de elecciones que perdió por muy pocos votos y a las innumerables ocasiones en que sus divisiones internas y caudillismos le impidieron convertirse en alternativa. Una tesis, con el debido respaldo de los hechos, de Patricia Arancibia Clavel.
La mayoría de los analistas políticos ha señalado que el triunfo de Sebastián Piñera es un hito histórico, dado que desde 1958 la derecha no había llegado a La Moneda por la vía electoral. Esto es efectivo, pero convendrían algunas precisiones y matices para dimensionar mejor este acontecimiento. Porque me parece que las fuerzas de derecha y sus ideas han estado mucho más presentes de lo que se supone en la historia política de estos doscientos años, y sus fracasos electorales han obedecido más bien a las divisiones y personalismos de sus dirigentes que al grado de vigencia de su cosmovisión.
Desde un punto de vista histórico, es evidente que las creencias y comportamientos, tanto de los actores sociales como individuales, se han modificado acorde con los cambios que ha experimentado el mundo. También, en la derecha chilena.
De partida, durante los primeros 100 años de nuestra existencia como país
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| Arturo Alessandri Palma Gobernó en 1920 y en 1932 |
independiente, la derecha tuvo la hegemonía social, económica, cultural y política que había heredado del período colonial y fue ella, como única integrante de la élite dirigente, la que dio su impronta a la nación chilena. Los conceptos de autoridad, orden, apego y respeto a la ley, junto a un ardiente patriotismo, caracterizaron a los forjadores de la República, quienes –superando algunos cortos períodos de anarquía– dieron a Chile estabilidad política y prestigio en el concierto de los países latinoamericanos.
Bicéfala desde su origen, la derecha surgió aglutinada en torno a dos sensibilidades: una conservadora y otra liberal que, mutatis mutandis, siguen siendo perceptibles en la actualidad. Ambas tendencias, representadas en el inicio por pelucones y pipiolos, y luego por conservadores y liberales, se disputaron el poder durante el siglo XIX y las primeras dos décadas del XX, prácticamente sin oposición. Ambas tendencias compartían, además, un mismo estilo de vida, una misma forma de hacer política, un fuerte personalismo y una misma concepción económica liberal.
Como era poco dada a organizarse en movimientos bien estructurados, sus simpatizantes tendían a agruparse en torno a figuras o caudillos locales independientes, quienes se bastaban a sí mismos y hacían valer sus pensamientos e intereses personalistas por sobre cualquier orden de partido. Junto con el “bicefalismo”, el carácter díscolo de sus miembros ha sido un rasgo constante de la mentalidad de derecha que, como veremos, permitió que fuerzas de centro y de izquierda –mucho mejor organizadas y con mayor sentido de disciplina– la desplazaran en su carrera para llegar a La Moneda.
Divididos hasta mimetizarse
Al igual que hoy, lo que diferenció a estas dos derechas en un comienzo fue el tema religioso o, expresado en términos modernos, su postura valórica frente a la familia y a la sociedad. Los conservadores, hasta entrados los años 30 del siglo XX, se sintieron interpretados por los principios de la Iglesia Católica y obedecieron fielmente las directrices que emanaban de la jerarquía eclesiástica. Ello los llevó a formar un partido confesional que luchó incansablemente por la defensa de la moral cristiana, el matrimonio indisoluble, la libertad de enseñanza y la mantención de la tradición. Los liberales, por su parte, de tendencia más progresista y laica, aspiraban a disminuir dicha influencia en la vida social y cultural del país, otorgando mayor peso en estas materias al discernimiento personal.
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| Gustavo Ross Santa María En 1938 fue derrotado por cuatro mil votos por Pedro Aguirre Cerda |
En materias políticas también hubo diferencias, porque el ideal conservador estuvo más cerca de los gobiernos fuertes, autoritarios y centralizadores. Ello se plasmó en la Constitución del 33 y en los decenios de Prieto, Bulnes y Montt, que encarnaron perfectamente ese espíritu, llamado más tarde portaliano. Los liberales, en cambio, preferían –siguiendo el modelo de la democracia europea– el régimen parlamentario en que las grandes decisiones son adoptadas en el Congreso –lugar de negociación por excelencia– pasando a ser el jefe del Ejecutivo quien las materializa. Entre sus figuras más emblemáticas se encuentran Domingo Santa María, Benjamín Vicuña Mackenna y Diego Barros Arana.
Estas diferencias provocaron fuertes tensiones al interior de la élite dirigente, pero se fueron resolviendo paulatinamente a lo largo del siglo XIX. El triunfo de la visión liberal respecto al tema religioso se formalizó a través de la promulgación de las llamadas leyes laicas en 1886, acatadas a regañadientes, pero acatadas a fin de cuentas por los conservadores. Las diferencias políticas, en cambio, tuvieron un desenlace mucho más dramático: la guerra civil de 1891. En adelante, y luego del triunfo congresista, nuevamente el pragmatismo de los conservadores los llevó a aceptar el hecho consumado. A poco andar, volvieron a participar activamente en el sistema, haciéndolo suyo. Atrás quedaron 10 mil muertos.
El período parlamentario fue la época de plenitud de la derecha histórica, la cual mantuvo, sin mayores variaciones y hasta 1920, un régimen político regular y estable, con todas las instituciones funcionando, en un clima de aparentes democracia, libertad y tolerancia. A estas alturas, ya nada esencial la dividía.
El control del poder político ejercido por esta élite, que en el intertanto ya había devenido en plutocracia, los ensimismó al punto de no advertir que, más allá de su mundo de privilegios, existía una inmensa masa popular que estaba tomando conciencia de sí misma y de su valor político, especialmente en los territorios ganados en la guerra del Pacífico.
Ni siquiera se sintieron amenazados cuando personas de singular mérito provenientes de la clase media, formada a su alero, accedieron a las fuentes del poder civil y militar. Con todo, fue precisamente una de éstas, Arturo Alessandri Palma, diputado liberal, quien encabezaría el proceso que en 1920 puso fin a la hegemonía de la tradicional y orgullosa aristocracia decimonónica. Efectivamente, acaudillando a las clases populares –su querida chusma– el candidato del “Cielito Lindo” se enfrentó a la “canalla dorada” en una elección cuyas consecuencias marcarían un hito en la historia política chilena. Nunca antes una elección había suscitado tanto entusiasmo y tantos temores. Luis Barros Borgoño, su contendor y representante del viejo estilo, fue derrotado por fallo fotográfico, discutiéndose hasta el último voto de los electores ante un tribunal de honor creado al efecto por insinuación militar.
Cambios y más cambios
Los acontecimientos de la década del 20 en Chile engranaron con la serie de cambios sociales, económicos culturales e ideológicos que se estaban produciendo en diversos lugares del mundo como consecuencia de esa catástrofe moral que fue la Gran Guerra de 1914- 1918. El Partido Comunista comenzó su expansión, entre otras zonas, en América latina; el sistema democrático perdió legitimidad frente al avance del totalitarismo fascista y comunista en Europa y la viabilidad del capitalismo fue puesta en jaque por la Gran Depresión del 29. En Chile, el año 1922 se creó la filial del PC; la continuidad democrática fue alterada por un golpe militar liderado por Ibáñez en 1924 y el problema social se agudizó con la desaparición del mercado salitrero, lo que obligó a la intervención del Estado para paliar la emergencia.
Frente a estos nuevos desafíos, la derecha no fue capaz de articular un proyecto de sociedad que la revitalizara y, por el contrario, se limitó a reaccionar defensivamente y a adecuarse a las nuevas circunstancias. De hecho, el único de sus hombres con estatura de estadista en este período fue Gustavo Ross Santa María, quien acompañó a Alessandri en su segundo gobierno (1932-38) como ministro de Hacienda. Es mérito suyo que los efectos de la crisis mundial no hayan devastado la capacidad productiva del país, llamado por ello “el mago de las finanzas”. Curiosamente, la elección presidencial de 1938 fue disputada entre dos ministros de Alessandri: Pedro Aguirre Cerda y el propio Ross.