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Artículo correspondiente al número 276 (20 de mayo al 4 de junio de 2010
José Zalaquett, premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, no sólo es un reputado experto internacional en derechos humanos y ética social. También es un reconocido crítico de arte, profesor venerado y una de las cabezas pensantes más admiradas del pais. Aqui habla de variadas crisis: la de la democracia y la de la Universidad de Chile, las originadas por los conflictos de interés y por el avance del populismo. Por Marcelo Soto; foto, Verónica Ortiz.
Si la palabra intelectual tiene aún cierta validez, José Zalaquett debe ser uno de los pocos chilenos que merece tal calificativo. Este abogado que fuera integrante de la comisión Rettig y la mesa de Diálogo, por dos décadas directivo de Amnistía Internacional, invitado frecuente a dar charlas y asesorías a lo largo y ancho del planeta, profesor de la facultad de Derecho de la Universidad de Chile, donde codirige el Centro de Derechos Humanos, y miembro del directorio de TVN, es también un reputado crítico de arte, además de un melómano refinado.
Pepe, como le llaman sus amigos, posee ese aire medio renacentista del hombre que se mueve con gracia en varios campos y disciplinas. Uno podría estar horas hablando con él de jazz o de música clásica. “Billie Holiday, Billie Holiday, Billie Holiday”, responde cuando le pregunto sobre su cantante favorito, aunque conoce al dedillo los últimos discos y lanzamientos, las nuevas tendencias y los artistas en boga. Si bien ya no ejerce formalmente como crítico de arte, se mantiene plenamente informado sobre la escena plástica. Durante la conversación no deja de hacer comparaciones como “prefiero mil veces a Caravaggio que a Rafael”, o “hay gente que se quedó con van Gogh y hasta ahí llegó”.
Si uno le da la oportunidad se interna en temas como la supuesta decadencia de Scorsese (que no es tal, según su opinión) o sobre el real valor de Wagner, la evidente calidad de la última novela de Philip Roth (pese a que la crítica la masacró) o el momento en que el free jazz se convirtió en una moda. A propósito, uno de sus músicos predilectos es Ornette Coleman, lo que da cuenta de que su gusto está lejos de ser conservador. Fanático de la ópera, tampoco cae en idolatrías. “Hay mucha ópera que es basura, yo diría que de todo el repertorio apenas un 10 por ciento vale la pena”, afirma.
Como si fuera poco, en el último tiempo se ha convertido en un entusiasta de las posibilidades comunicativas de Internet y escribe un blog que debe estar entre los más leídos y comentados del país. Allí ha enfrentado duras polémicas y ha planteado ideas que por lo general se alejan de la corrección política. Conversar con Zalaquett, en la misma facultad de Derecho donde hace clases, es todo un privilegio.
La amenaza del populismo
-En una columna reciente, usted propone que los antiguos tres tercios (derecha, centro, izquierda) han sido reemplazados por otros más transversales, que tienen que ver con la manera en que nos relacionamos con el Estado.
-No podría decir que estos nuevos tres tercios correspondan al 30 ó 33 por ciento, como en su momento correspondieron la derecha, la DC y la UP, pero sí tengo la convicción de que hoy la diferencia se da en otros ámbitos. Nuestra herencia ibérica nos ha conducido a compartimentos estancos. Por una parte tienes un sector privilegiado, que considera que sus privilegios son naturales. Personas que se encierran de manera endogámica en sí mismos, y que piensan que si cada tres o cuatro generaciones hay que dar un golpe, bueno, así tendrá que ser. Por otra parte, están las personas que se han acostumbrado a esperar todo del Estado. Daniel Kaufmann, del Banco Mundial, acuñó una expresión que se ha hecho bastante difundida y que se llama captura del Estado, que existe incluso en las sociedades más ricas. Hay dos tipos de captura. Por un lado, cuando los grupos económicos pueden asegurarse que no se tomen decisiones que afecten sus intereses. Por otro lado, existe una captura hormiga, la captura del Estado de los partidos en el poder, que agarran prebendas, becas, puestos, sinecuras, etc. Pienso que existe un tercer grupo, que es más transversal y corresponde a personas que entienden la premisa básica de que las sociedades están organizadas para mayor beneficio común y para resolver los conflictos en forma pacífica. Para que una sociedad sea sustentable tiene que funcionar generando riquezas, y al mismo tiempo compartiéndolas. Va a haber desigualdades, pero van a estar justificadas en la medida en que el conjunto se eleva. Los que entienden eso son un tercer grupo que me temo que sea minoritario. Como temo que sea minoritario, tengo también la apreensión de que con el trascurso del tiempo puedan generarse algunas tensiones sociales graves en Chile.
-¿Usted observa una tendencia a la demagogia y el autoritarismo?
-Hay una cita: “De la herencia ibérica hay cosas buenas y malas. Lo bueno es el idioma; lo malo, todo lo demás”. Si miras nuestro federalismo, el federalismo argentino, brasileño, mexicano, venezolano, es top down (que se diseña desde arriba). El federalismo alemán, canadiense, norteamericano, es bottom up (que se origina desde abajo). La idea de que el noble no trabaja viene de España. Velázquez tuvo que probar, para obtener la orden Santiago de Compostela, que tomaba los pinceles como entretención, porque el que trabaja es un villano. Esa idea del verticalismo, valiéndose de Max Weber, viene de la Iglesia Católica, a diferencia del protestantismo. Todo eso hace que en América latina debido a razones históricas, nuestra herencia cultural, etc., tendamos a afirmarnos en esas dos maneras de captura del Estado que te mencionaba. Cuando la idea de la democracia empieza a debilitarse, los neo populistas llegan al poder. Hablo de Chávez, de Correa, del súper corrupto de Ortega, que es uno de los casos más patéticos de desastre moral en América. El caso de Evo Morales es distinto.
-¿Por qué?
-Porque si bien muchas de sus visiones no se sostienen en una sociedad moderna, representa un clamor de una mayoría siempre excluida. Por lo demás esa mayoría existía en Venezuela cuando los partidos se farrearon el país, y la población buscó una solución desde fuera del establishment. Y existió en Perú, cuando eligió a Fujimori. Y esta solución desde fuera terminó siendo megalómana, colosalmente demagoga y, en el fondo, iliberal. Son democracias iliberales. Democracias en que llegas al poder por voto popular pero una vez allí te apropias de todos los poderes del Estado. La constitución venezolana en la letra es espectacular, pero en los hechos está todo el poder copado con secuaces de Chávez. Chávez es una repetición en clave de farsa de la tragedia de Castro. Una farsa bastante cruenta, y bastante desoladora para Venezuela. La democracia iliberal supone que te haces del poder por vía democrática, tienes una legitimidad de origen, pero no una legitimidad de ejercicio, porque no crees ni en el accountability o rendición de cuentas, ni en el control ciudadano, ni en la pluralidad ni en la fiscalización recíproca y autónoma de los poderes.
-¿En Chile ve ese peligro?
-Uno puede encontrar rasgos. Sin caer en complacencias, lo veo difícil. Me interesa mucho una literatura que se ha ido desarrollando en los últimos 25 años sobre las sociedades de la confianza y el ejemplo paradigmático que toman es la Holanda del siglo XV en adelante: un grupo de burgueses en las provincias que se unen y son capaces de detener los avances de Carlos V, de los prusianos, de los franceses, le conquistan al mar la mitad del territorio que les prodigó la naturaleza, y se las arreglan para establecer poderes coloniales en Indonesia, Nueva York, que se llamaba Nueva Amsterdam. ¿Cuál era el secreto? Se dieron cuenta de que la cooperación funcionaba. En América Latina no existen sociedades de la confianza, pero existen sociedades de media o cuarta confianza, y son tres: Chile, Uruguay y Costa Rica. Estos tres países son los menos corruptos de América, porque en ellos existe la opinión generalizada de que obedecer la ley no es de tontos y pagar impuestos no es de giles. A mí en Chile, en 20 años, me ha tocado participar en varias comisiones, la comisión Rettig, la mesa de Diálogo, la comisión anticorrupción, y en todas ellas ha habido una composición transversal, y todas han llegado a un acuerdo unánime. Es decir, en Chile tenemos un capital político que no es desdeñable. Eso hay que cuidarlo. Me preocupa que se despilfarre. En ese sentido, este gobierno tiene un desafío, que no sé si lo va a cumplir o no. Así como Lagos en un momento dado convenció a la opinión pública de que un gobierno socialista puede ser responsable, este gobierno tiene el desafío de convencer que un gobierno de derecha puede preocuparse y avanzar en asuntos fundamentales, profundizar la democracia, los derechos humanos, etc.
-¿Cómo evalúa al gobierno de Piñera?
-Yo creo que aparte de esta división Concertación-Alianza, hay otra división muy seria que es RN-UDI. Creo que la gente de RN está apostando a una recomposición del naipe político, en el mediano y largo plazo. Ya que las diferencias con la UDI son demasiado importantes, intentarán atraer el centro, específicamente la DC. No sé si se logrará o no, pero la posibilidad existe y la UDI lo percibe. La UDI vio como una necesidad conquistar el poder con Piñera, pero no es una cosa que los satisfaga, y están en estado de alerta. Creo que Piñera, que es una persona inteligente, lo detecta. El presidente entiende que su oportunidad histórica es moderar a la derecha y ponerla a tono con los tiempos. Pero al mismo tiempo ha formado equipos donde la dimensión política de aquello no está representada. Hasta ahora no sabemos qué tipo de bloque quiere formar para darle gobernabilidad a Chile en el largo plazo. Piñera, en todo caso, tiende a ser centrado en sí mismo, tiende a irradiar más que a tener feedback.
Los conflictos de interés
-Uno de los temas que usted ha abordado es el de los conflictos de interés. ¿Cómo se ha manejado Piñera en ese ámbito?
-Yo creo que el presidente Piñera ve en su pantalla de radar político una luz destellante que dice “conflicto de interés”, pero no lo internaliza. El dice: yo soy una persona honesta, no tengo conflictos. No entiende objetivamente el problema, no lo ha hecho suyo. Puede que maneje el concepto mecánicamente, pero de forma externa. No siente el deber republicano de evitar no sólo una acto incorrecto, sino las situaciones que pueden conducir a una persona a un acto incorrecto. Eso no lo entiende, por tanto es muy reactivo con respecto a eso, esa es mi impresión. El conflicto de interés supone entre qué intereses debes optar, entre el interés público que debes servir y el interés privado. El conflicto se resuelve de una o dos maneras: si tú eres funcionario de menor nivel, puedes resolverlo absteniéndote de participar en las decisiones que pueden generar conflicto, pero si eres un funcionario de mayor nivel, como ministro, presidente de la República, hay que desprenderse de uno de los elementos en conflicto, porque todas tus decisiones influyen en él.
-¿Pero no le satisface la venta de sus acciones de Lan?
-El presidente debería dar a conocer de modo transparente la negociación que hizo con Lan, de manera que la opinión pública pudiera estar segura de que no hay una cláusula de retro venta. No digo que la haya, pero es necesario saberlo, porque si es con elástico y hay una cláusula que te permite recuperar la propiedad en cuatro años, no tiene sentido. Mejor que quede claro para que no sospechemos. Lo mismo con Chilevisión, la idea de una fundación era como diciendo: guárdenme el asiento, y vuelvo en cuatro años, eso no es presentable. Así lo ha reconocido la gente de la UDI, y muchos asesores cercanos a él, aunque no lo pueden decir públicamente, y bastantes personas de RN y él, notando eso, se ha terminado por convencer, pero un poco a regañadientes.
-Ha dicho que uno de los problemas contemporáneos es cómo lidiar la crítica con la lealtad. ¿Por qué?
-La expresión “este es un gobierno de porquería, pero es mi gobierno”, se escuchó mucho 30 a 40 años atrás. Hoy lo pueden decir los venezolanos postergados que apoyan al gobierno de Chávez. Ese tipo de lealtad es peligrosa, porque se puede ser leal a una causa y ser crítico con aspectos que se han hecho en nombre de esa causa. La comisión de verdad de Sudáfrica incluyó los asesinatos cometidos por el Congreso Nacional Africano. A alguna gente del partido de Mandela le molestó, el mismo Mandela tuvo que hacer esfuerzos para convencer a sus partidarios de apoyar esta autocrítica. En nombre de una causa noble se puede cometer un acto terrorista que no es aceptable. Eso no le quita nobleza a la causa, pero la causa no condona el acto.