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Artículo correspondiente al número 223 (7 al 20 de mar 2008)
En los sondeos mundiales sobre la satisfacción con el lugar donde se nace o se vive, es común que los colombianos aparezcan entre los seres más felices del planeta. Una característica que contrasta con las noticias que a diario nos llegan sobre violencia, secuestro, guerrilla y narcotráfico. Por María Luisa Vicuña.
Quizá sean los más de cuarenta años soportando a grupos guerrilleros como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) o el Ejército de Liberación Nacional (ELN), con sus amenazas de bombas y una política de secuestros que mantiene a más de 700 personas apresadas en medio de la selva.
Quizá sea una suerte de lamentable costumbre tras tantos años en que dominaron los carteles del narcotráfico –como el de Medellín, liderado por Pablo Escobar, y el de Cali, con los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez– con sus ataques terroristas y redes de sicarios, que asesinaron a miles de personas.
O el resultado de un efectivo proceso de control de la violencia y el vandalismo, que ha llevado a las principales ciudades de Colombia a disminuir considerablemencada vez que se entra a una oficina o centro comercial, cualquiera olvidaría que este país enfrenta a una guerrilla. Colombia es un país contradictorio, y es lo que ha experimentado también Fernando Cárdenas, un periodista chileno radicado en Bogotá: “nadie niega que exista una guerra en este país. Por eso mismo, se da la contradicción entre la mala fama que tiene Colombia por sus males y las buenas noticias que se presentan en otros aspectos, como el nivel cultural de las grandes ciudades. Yo prefiero hablar de la buena música, de las grandes zonas gastronómicas de Bogotá o de los grandes festivales de teatro o de rock que marcan la agenda”.
“Y tú, ¿qué sabes de Bogotá?”
Hace poco, la Alcaldía Mayor de Bogotá y el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, lanzaron una nueva campaña para la promoción turística de la capital colombiana. Bajo el nombre “Y tú, ¿qué sabes de Bogotá?”, pretende dar a conocer las transformaciones que ha experimentado la ciudad de los “rolos” – como llaman a los bogotanos– y cuánto ha cambiado respecto de la imagen peligrosa e inhóspita que se tenía de ella. Y los avances, en este sentido, no son te los índices de homicidio y secuestro.
Tampoco se puede descartar que se trate, sencillamente, de la fuerza interna que genera un carácter tan amable, encantador y bueno para la fiesta como el que caracteriza al colombiano. Pero lo cierto es que en este país no todo lo que se respira huele a guerrilla o violencia.
Aunque las noticias reflejen otra cosa, el progreso en ciudades como Bogotá es tan notable que si no fuera por los autos blindados, los guardaespaldas, los policías en las calles y la infaltable revisión Quizá el proyecto más conocido para ciales, que es necesario aprender, pero una vez sabidos, representan un sistema muy efectivo.
Respecto a la evolución y enseñanza en el ámbito cultural, tanto en Bogotá, como en el resto de Colombia, Jaime Andrés Monsalve, ex editor cultural de la Revista Cambio y hoy jefe de redacción de la revista Soho, ambas colombianas, señala: “es difícil establecer un programa de cultura que sea efectivo y de choque cuando hay una situación interna tan conflictiva. Sin embargo, en alguna etapa del camino muchos gobernantes descubrieron que había posibilidad de contrarrestar las balas con algo que no fuera un presupuesto mayor para la guerra, como la cultura. Si hubiera que ponerle fecha al asunto, diría que se puede encontrar en la década del 90, con el nacimiento del Ministerio de Cultura, en que se comprendió que la cultura debía llegar a la gente”.
Dentro de las políticas de este nuevo ministerio, se implementó en Bogotá una red de bibliotecas públicas y abiertas para todos sus ciudadanos. Tan destacados han sido sus resultados, que la UNESCO dio a Bogotá el título de “Capital Mundial del Libro 2007”, superando en la competencia a ciudades de Holanda, Portugal y Austria. Pero el esfuerzo no se agota en estas bibliotecas, porque si la gente no acude a ellas, entonces es la montaña la que va a Mahoma. Así, desde 2004 se lleva a cabo el programa Libros al Viento, en que cada mes se publica una obra de literatura clásica universal y se distribuye gratuitamente en diversos espacios de la ciudad.
“Bogotá, desde hace unos años, ha exterminado el rótulo de ciudad peligrosa; uno puede decir sin problemas que se puede vivir con gran calidad de vida. El Transmilenio sí funciona como medio masivo de transporte, los taxis son baratos, la movida literaria es ejemplar y la agenda cultural tiene muchos matices”, cuenta Fernando Cárdenas.
No se pueden olvidar –muy importante para los rolos y todos los colombianos – la entretención, la comida y la rumba. Se han desarrollado dentro de la ciudad distintos barrios destinados a restaurantes, bares y discotecas. Están el Parque de la 93, en el que durante el día se puede ver a ejecutivos y empresarios almorzando, y que en la noche se ilumina; y los restaurantes que ofrecen comida y baile.

Y barrios, como la Zona T (que lleva ese nombre por la forma de las calles), que combina restaurantes, cafés, centros comerciales y discotecas, o la Zona G, que reúne a la gastronomía más sofi sticada y exclusiva de la ciudad, con variados tipos de cocina internacional, italiana, peruana, francesa, y por supuesto, colombiana.
Mención aparte, por su verdadero carácter de icono de Bogotá y referente turístico, es el restaurante “Andrés, Carne de Res”. Mucho más que un restaurante, su oferta incluye baile, tienda y uno de los mejores lugares de rumba –si no el mejor– de Colombia. Centro de reunión para políticos, actores, escritores y todo tipo de famosos, comenzó a principios de los 80 como un restaurante de carnes. Tiene capacidad para 2.000 personas y otorga empleo a más de 600 empleados.
En la diversidad está el gusto
No es lo mismo ser de Barranquilla que de Cali, y eso los colombianos lo dejan claro desde el comienzo. Colombia es un país, pero a veces pareciera que fueran varios, debido a las diferencias que se dan en cada región. Son blancos, negros y mulatos. Los acentos cambian y las costumbres, los bailes y la comida, también. Se autodenominan de manera distinta según la ciudad a la que pertenecen, e incluso existe cierta competencia entre ellos. Una diversidad de culturas y costumbres que llena a este país de riqueza y contradicciones.