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Colombia más allá de la guerrilla

Artículo correspondiente al número 223 (7 al 20 de mar 2008)

“Yo soy paisa”, dicen los habitantes de la región de Antioquia, donde se sitúa Medellín. Los paisas tienen fama de agrandados, porque dicen que tienen las mujeres más lindas, la única ciudad con metro y la fiesta navideña más espectacular. Lo que es reconocido por todos es que son emprendedores y logran sus metas. Entre éstas, está el notable esfuerzo que han hecho por disminuir los niveles de violencia. En 1991, cuando aún existía el cartel que lideraba Pablo Escobar, la tasa de homicidios era de 381 por cada 100 mil habitantes, lo que convirtió a Medellín en la ciudad más violenta del mundo, ganándose el apodo de “Metrallín”. Hoy, en cambio, la cifra es de 24 asesinatos por 100 mil personas.

En el norte están los “costeños”, en las ciudades de la costa atlántica de Colombia, como Cartagena de Indias, Barranquilla y Santa Marta. Allí se mezcla la riqueza de la cultura antigua, como la ciudad amurallada de Cartagena, pueblos indígenas y el clima caribeño. Se trabaja, pero a un ritmo más pausado; se disfruta la playa, se toman jugos naturales, se come arepa de huevo y, por supuesto, se baila vallenato.

Esta es la zona de Colombia a la que llega el mayor número de turistas. Las playas más lindas de Cartagena de Indias quedan alejadas del centro. Se puede cruzar en bote a las islas del Rosario o viajar hasta la isla de Barú. Sin embargo, lo más especial y característico de Cartagena es la ciudad amurallada que aún conserva las construcciones de la época colonial española. Caminar por las calles antiguas, disfrutar el ambiente, maravillarse con cada detalle de puertas, ventanas y parques, entrar a las iglesias... todo resulta una experiencia inolvidable. Varias de esas construcciones se han convertido en lujosos hoteles y restaurantes con muy buena comida. Destacadas personalidades colombianas han comprado casas de veraneo aquí, como Gabriel García Márquez –Gabo, en estas tierras–, y fue la localidad elegida para filmar “Amor en los Tiempos del Cólera”, basada en su libro homónimo.



“Mira, en Barranquilla se baila así”



La música, los bailes y los movimientos de caderas de la colombiana Shakira han dado la vuelta el mundo. Pero en su tierra natal son muchos los que bailan así. Porque aquí no existe rumba sin baile. Es común que en un restaurante, en pocos minutos, los comensales se pongan de pie y bailen donde sea (incluido encima de sillas y mesas)

No escapan de la moda del reggaeton, pero se mantienen fieles a sus raíces y para ellos no hay nada como una clásica cumbia o un buen vallenato. El baile y la música han sido grandes exponentes de esta otra cara de Colombia, la que no tiene que ver con drogas ni guerra. Juanes, Shakira y Carlos Vives no sólo son grandes artistas, que han logrado poner de moda la música latina en todo el mundo, sino que además se han atrevido a hablar de la guerrilla y en defensa de las víctimas.

Pero no sólo los músicos han asumido la denuncia por el conflicto de Colombia. Otros artistas también lo han hecho; algunos, de forma más directa y otros, más abstracta. Fernando Botero ha retratado los rostros de la guerra, siempre dentro de su estilo de arte; Beatriz González se ha burlado de las malas prácticas políticas por medio del pop art, y Doris Salcedo, destacada artista contemporánea, ha hecho instalaciones que gritan y denuncian sin mostrar una gota de sangre.

La literatura colombiana ha sufrido una transformación en los últimos 10 años. Se ha alejado del realismo mágico, que lidera García Márquez, resultando más de una novela urbana cargada de la violencia, las drogas y los sicarios que enfrentó el país. Representantes de esta tendencia, son las obras “Rosario Tijeras”, de Jorge Franco; “Perder es cuestión de método”, de Santiago Gamboa, y “Satanás”, de Mario Mendoza.

Frente a esta diversidad cultural y a la contradicción de guerra y fiesta que se vive en el país, Jaime Andrés Monsalve ofrece una explicación: “si hay una característica casi generalizada en el colombiano, es su absoluto convencimiento de que nació o vive en el mejor país del mundo. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que durante la peor época de atentados terroristas, un buen grupo de la población estuvo más preocupado por la mala imagen que en el exterior se conocía acerca de Colombia, que por los hechos mismos”.

Porque los problemas subsisten. Que el país mejora, tal como lo reconocen las inversiones que llegan de muchos lugares del mundo (incluyendo, por cierto, a los empresarios chilenos), pero que la guerrilla y las fuerzas paramilitares subsisten gracias al financiamiento que obtienen del narcotráfico. No obstante, el colombiano no se desanima y defiende su país, convencido de que se trata del mejor lugar del Mundo. Y algo de razón tiene.

 

 



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